15.09.19
Cine _ Festivales

19 Festival de cine alemán – Trautmann, por Eduardo Elechiguerra

“¿Qué hacemos con el dolor frente a la muerte?” es una pregunta que se le escurre de las manos a Trautmann (2018). Y si bien estamos de acuerdo con que no es una inquietud fácil de resolver, el biopic está más interesado en retratar varias décadas en la vida del portero alemán Bert Trautmann (David Kross) antes que en darnos siquiera un asomo de respuesta frente al luto, no sólo personal para el protagonista, sino bélico para Alemania.

Ya desde el comienzo, la película de Marcus H. Rosenmüller opta por incluir dos o tres momentos muy puntuales de Bert durante la guerra antes de hacer una elipsis a cómo consiguió jugar fútbol en Manchester, primero en un equipo local donde el entrenador era el padre de Margaret (Freya Mavor), su posterior fijación amorosa. En esas primeras escenas bélicas, una toma donde el protagonista ve la cabeza degollada de un ciervo pierde toda la potencia posible porque se nos obliga a sobreentender el dolor del soldado, pero no a hacer verdadera empatía desde lo que estamos viendo. Es un plano que recuerda de forma distante a una escena similar en Sin novedad en el frente (1930) de Lewis Milestone, pero la diferencia es palpable y no precisamente por el animal que se muestra frente a cada soldado. En el clásico bélico, una mariposa se detiene en el casco durante un momento de batalla, como si se tratara de una breve visita de la belleza posterior al horror vivido por Paul (Lew Ayres), el protagonista. En Trautmann, la cabeza degollada del ciervo es un mal augurio que no plantea salidas frente al dolor que conoceremos paulatinamente.

En ese sentido, los guionistas recurren a las facilidades de los biopics para hacer un repaso somero en la vida del arquero alemán que llegó a jugar para el equipo Manchester City, y también para esmecharnos distracciones posibles frente al dolor, mas no verdaderamente asibles. Entonces, con el logro deportivo, vienen los logros sentimentales. También, lo intuimos porque no es el primer biopic que vemos, vienen los fracasos, las tragedias y los traumas persistentes. En el punto en que aparecen las tres últimas, sospechamos que nos están manipulando porque hay un desbalance entre la primera parte de la película (las escenas bélicas son verdaderamente pocas frente a los logros) y la segunda, muchísimo más gris. Incluso el recurso del fantasma personal que se entromete en la realidad cotidiana de Trautmann (un niño que jugaba fútbol en la zona donde estaba la tropa del protagonista) es una mera constancia que hila ambas partes.

No se puede negar que es una película correcta. Aprovecha efectos visuales, diseño de producción y vestuario para ambientar una época con aparente exactitud. El compromiso de David Kross (sí, aquel lector cómplice en medio de los crímenes de Kate Winslet en la película de Daldry) llega a tal punto que hasta en su rostro podemos ver los tics nerviosos de la angustia como rastros de la guerra. Un filólogo incluso destacaría con mayor precisión el nivel de rigor en el acento inglés del intérprete. Y los partidos de fútbol nos distraen de las preocupaciones centrales del personaje principal, a la par que se esboza una asociación, al menos en los diálogos, entre el baile, el hobby de Margaret, y el fútbol. Pero qué se gana siendo correcto frente al dolor. Además, toman lo más desechable del Hollywood aleccionador e incluyen varias escenas donde se pretende que los discursos elocuentes de los personajes harán “caer en cuenta” a quienes no están de acuerdo con que un alemán juegue en el Manchester. El problema es, por un lado, que esos discursos no están sostenidos con actuaciones tan elocuentes como los diálogos. Y por otro, los guionistas sostienen el engaño de que frente al dolor y la indignación podamos ser elocuentes.

Al final, parecería que mientras más eventos de la vida de una persona se toman para adaptar a una obra, menor es la posibilidad de ser fieles a esa vida. Y mayor será también la tentación de cerrar la película con un final que englobe todos sus aspectos. Una mente brillante (2001) se hermana muy bien con estas tentativas que Trautmann propulsa: ambas vidas estuvieron en medio de la guerra y ambas intentaron dejar una huella en sus contemporáneos, cada uno en dos áreas diferentes de la cultura. Ambas pecan también de un final placentero para que nos sintamos tranquilos en medio de las inquietudes de la conciencia.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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