14.01.19
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLROCKY | Creed | El otro, el mismo, por Juan Villegas

Muchas de las escenas de Creed son directas, llegan al punto sin dobleces. Su trama desprecia la ambigüedad y las complejidades. A los pocos minutos sabemos casi todo lo que va a pasar y efectivamente todo eso termina pasando. Pero Ryan Coogler, su director, parece controlar todo el tiempo ese supuesto saber del espectador. Él sabe que el espectador sabe, pero no lo disimula. Por eso, tal vez, las escenas de conflicto son cortas y concretas. Las intrigas apenas se esbozan, pero tardan nada en desarmarse. A poco de empezar, una mujer llega a visitar al chico peleador en el reformatorio. La escena juega con el misterio acerca de su identidad. ¿Es la madre, una asistente social, una mujer que lo quiere adoptar? El misterio se devela través de un diálogo corto y preciso. Mucho más avanzada la trama, Rocky se desmaya y vomita en medio de un entrenamiento. Una rápida elipsis nos lleva a una sala de hospital, con Rocky ya estabilizado pero enchufado a sueros y vigilado por una doctora. En la escena siguiente ya salió del hospital y parece recuperado. La tensión se afloja, pero Coogler no especula con esa distensión. Enseguida sabremos que Rocky tiene cáncer. La escena en que se nos informa esto es notable. Si alguien nos pidiera determinar cuál es el segundo punto de giro de la película, de acuerdo a la ortodoxa fórmula de los tres actos, no tendríamos dudas de que se trata de este momento. La planificación es extremadamente simple. Un clásico plano y contraplano para narrar un diálogo informativo (pero clave en la trama) de poco más de un minuto. La escena es efectiva precisamente por la ausencia de énfasis. Cuando se nombra la palabra cáncer, la cámara está sobre el rostro de Stallone. Su reacción es leve pero clarísima. No se subraya el dramatismo, la cámara no se mueve; apenas se llegan a escuchar unos suaves y como lejanos acordes musicales. Coogler, un director que demuestra en muchas escenas virtuosismo, recursos heterodoxos y creatividad visual, filma este momento como si fuera una transición banal. Al contrario, en varios momentos en los que ningún conflicto está en juego, opta por enrarecer la escena. El ejemplo más claro es la corrida alucinatoria acompañada por los motoqueros, que casi parece de otra película, pero al mismo tiempo es coherente con la heterodoxia formal de toda la película. Y en un sentido parecido funciona la mejor escena de la película: la pelea contra Sporino, narrada en tiempo real, a través de un plano secuencia que no solo es un prodigio técnico, porque sostiene el realismo de una pelea violenta sin cortes, sino también una decisión creativa e inteligente. Lo que la escena narra es simple (Donnie entra nervioso, va perdiendo la pelea, comete errores, no puede pensar, hasta que logra tranquilizarse un poco y gana con un golpe que es también un poco un golpe de suerte). Eso se podría haber contado con elipsis y en pocos planos cortos. Pero Coogler, otra vez, desafía las necesidades narrativas y privilegia la potencia cinematográfica.

En cierto modo, toda la película pareciera ir contra la lógica del argumento. A partir del momento en que Rocky acepta ser el entrenador de Donnie, el guion pone en su boca una y otra vez frases casi de manual de autoayuda. De hecho, el lugar que tiene como mentor es más el de motivador que el de maestro de boxeo. Sin embargo, Stallone dice sus aforismos edificantes sin cargarlos de un supuesto valor de verdades absolutas. Al contrario, termina sus parlamentos y enseguida se va a un costado, casi como si no creyera del todo en la utilidad de lo que dice. En toda la saga de Rocky hay una homologación entre la biografía del personaje y la del actor, como muy bien lo señala Quintín en su nota acerca de Rocky en este dossier. En Creed, ese correrse a un costado de Rocky puede leerse también como un corrimiento de Stallone. El que sale a pelear ahora es Michael B. Jordan, es Donnie. Lo que Coogler y Stallone entendieron es que esta es una clásica historia acerca de encontrar la propia identidad. Como escribe Borges en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Por eso la metáfora del entrenamiento frente al espejo, aún en su obviedad y simpleza (o tal vez precisamente por eso), es perfecta. Rocky encuentra su lugar, encuentra una nueva familia. Sabe quién es, pero sobre todo sabe quién ya no es. Y eso está muy bien.

 

© Juan Villegas, 2019 | @JuanVillegas19

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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