14.01.19
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLROCKY | Rocky Balboa | Vivo y vital, por Javier Porta Fouz

Hubo una Rocky V, sobre la cual el consenso indicó que se trataba de la peor de todas. No voy a ir en contra del consenso. Ni el propio Stallone lo hizo. Y tardó nada menos que dieciséis años en volver al personaje de Rocky Balboa. O, mejor dicho, en revivirlo, porque nadie creía que estuviera realmente -o sea, cinematográficamente- vivo. En Rocky Balboa (la sexta, pero sin número) directamente se saltea a la quinta, esa película carente de energías; de hecho, hay datos argumentales que directamente se ignoran. En cuanto a la estética, Rocky Balboa -es decir el primer Rocky modelo siglo veintiuno- contactó más con la uno y con la dos que con la tres y la cuatro, relatos estelares estridentes, bombásticos, abrumadores e inyectados de potencia ochentosa. Stallone alternaba rambos, pósters, escándalos, banderas, otras películas como director y esas Rockys que muchos de nosotros veíamos a repetición y revivíamos desde el casete con la banda sonora.

Rocky Balboa es un regreso impensado, una resurrección y una vuelta a la luz de los setenta, a los desafíos del personaje consigo mismo, a caminos distintos a los de los ochenta, que apostaban a la revancha como motor ígneo. Stallone, director, guionista y actor, apostó a una narrativa menos pirotécnica, más simple, a una película de 100 minutos en medio de un cine de Hollywood virado a las duraciones extra large, apostó a no estar de moda. Y se jugó con aplomo para regresar y hacer un relato sobre resistir y no tanto sobre la seguridad de ganar, un planteo no tan distinto al de la primera Rocky, esa película que le cambió la vida y que sigue siendo hoy un hito único en términos de producción, perseverancia y confianza. Rocky Balboa podría verse como una suerte de remake de algunos aspectos de la Rocky de 1976, por la valoración de la resistencia y también por algunas características que el antagonista, el contrincante, comparte con Apollo Creed. O, con algunas licencias interpretativas, directamente podría leerse como una continuación directa de la primera: ahora tampoco hay números presentes en el título, y a Rocky se le suma el apellido Balboa. El personaje ha madurado y ha obtenido el derecho de sostener, desde el título de la película, su nombre completo: este es un relato acerca de un hombre que ha aceptado el legado que lo precede y sus circunstancias actuales, pero no para resignarse ante ellas sino, tal vez, para desafiarlas.

El desafío para Rocky, retirado y cerca de los sesenta años, consiste en pelear contra el joven campeón de peso pesado Mason “‘The Line” Dixon, a quien le recuerdan todo el tiempo que en realidad no se ha medido contra nadie de verdadera jerarquía boxística; nadie como Rocky Balboa. Este desafío que en el deporte siempre es pura especulación un tanto estéril (¿qué pasaría con Nadal frente a Vilas?) se origina en una de esas ocurrencias tan frecuentes en el siglo veintiuno: un canal de deportes presenta una pelea virtual y en ella Rocky, en su juventud en modo de bits, le gana al actual campeón. Pero el Rocky real -o sea, el cinematográfico- ya no es joven. Ahora la pelea real es desigual, pero el orgullo lleva a la resistencia, a ir más allá, a la necesidad de estar en el presente, y no solamente vivo sino sobre todo vital.

Final. Pelea. Dos primeros rounds de cine deportivo en modo fascinante: piñas, tiempo, ritmo, impacto, concentración, sensaciones. Los rounds siguientes se acortan, se apuran, como si no confiaran en la devoción atenta del espectador, y hay algunos inserts extemporáneos que nos distraen. Pero las emociones de máxima nobleza vuelven al final de la contienda. Y allí estamos, exhaustos junto a Rocky que, en lugar de sentarse a vivir de los recuerdos lejanos, decide crear nuevos, tanto para el personaje como para los espectadores. Y la película termina ahí, al concluir el match, cuando tiene que hacerlo, con los músculos todavía en actividad: tremenda osadía en un siglo veintiuno en el que el mainstream insiste en cargosear con películas hechas para aturdirnos con finales apilados, flácidos babosos y anti cohesión (dos ejemplos cercanos de esta peste son Wifi Ralph y Spider-Man, un nuevo universo). Como dice el propio protagonista: “nada se termina hasta que se termina”, pero Rocky Balboa termina cuando tiene que terminar y no media hora más tarde.

Más allá de los años sin interpretar a Rocky, Stallone volvía a la dirección de cine luego de más de dos décadas, y volvía a sus modos energéticos sostenidos por sus golpes directos, sin sofisticaciones pero sin engaños. Su Rocky siempre tuvo como estilo boxístico pegar poco pero duro, y con una extraordinaria capacidad de aguantar los golpes. Resistencia, fuerza, y el montaje de entrenamiento, imágenes y sonidos icónicos del personaje agigantados por “Gonna Fly Now” y mucha otra música que vuelve. Rocky Balboa confiaba en la concentración en un conflicto principal, en las preguntas que se hacía un personaje que quería saber cuánto más tenía para dar y si podía estar a la altura de los tiempos y sus nuevas circunstancias y, sobre todo, si esos desafíos podía aceptarlos con dignidad, lo que lógicamente incluía la posibilidad de una o varias derrotas. En esa pelea por la dignidad estaban, de un lado, los arreglos faciales de Stallone -que no eran tan fuertes en 2006- y del otro los entrenamientos, las escalinatas, los golpes a las medias reses, la idea de pegar fuerte porque ya no hay velocidad, el desafío imposible y, claro, la música de Bill Conti. El lado que elegimos para alentar estaba y sigue estando bien claro.

 

© Javier Porta Fouz, 2019 | @JavierPortaFouz

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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