12.01.19
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLROCKY | Rocky II | El pugilista de todos, por Roger Koza

EL PUGILISTA DE TODOS

El niño tenía unos 10 años. Su musculatura y estructura ósea poco tenían que ver con la de un pugilista. Sin embargo, a las 7 de la mañana salía a correr, días tras día, en invierno o en verano, a bajas o altas temperaturas. Su papá, cada tanto, lo miraba desde el balcón del piso 12 de la avenida Luis María Campos, entre Virrey del Pino y José Hernández. La vista privilegiada del departamento alquilado prodigaba un campo visual extenso. Desde ahí se divisaba tanto el Río de la Plata como el modesto estadio del club Excursionistas, de tal forma que observar a su hijo encarando el regreso a casa por la avenida Libertador era una cuestión de estar atento al tiempo y calcular correctamente el circuito recorrido por el chico. Desde el balcón, el padre validaba el esfuerzo inaudito de su hijo, no del todo un debilucho, pero sí disminuido por su sistema respiratorio. A partir de los 6 meses de vida sufría de asma, una maldición psicosomática o genética que frustró el placer de los deportes a lo largo de toda su vida.

Aun así, el chico corría, lo intentaba, insistía, quizás porque había visto en un cine a un hombre con un buzo gris y una vincha que corría alegremente por las calles de su ciudad y muchos chicos lo seguían sin poder alcanzarlo y ni siquiera mantener su ritmo. Este chico, en cierta forma, era uno de esos chicos que admiraban instintivamente a un hombre de 31 años llamado Rocky Balboa, quien se desplazaba a toda velocidad y nada lo detenía, porque aquel luchador de Filadelfia se había propuesto vencer las limitaciones que determinaban su lugar en el mundo. Ese chico pude ser yo, el lector en su infancia, mi hija, un alumno o cualquier persona de mi generación, es decir, todos aquellos que crecimos con Sylvester Stallone encarnando a Rocky, a tal punto que el actor y su personaje ya no eran del todo indistinguibles. Es que, en otro barrio, en otro tiempo, no faltará quien sienta la seducción que emana del boxeador que estaba entre nosotros. Sin duda, Rocky es en sí un mito del cine, pero es asimismo un mito que lo trasciende. ¿De qué tipo?

Rocky es la versión más elemental de un mito que define un imaginario social y una modalidad subjetiva, muy propio de los Estados Unidos. Llamémosle el mito de la voluntad individual, el cual se repite por diversos caminos y puede asumir expresiones más sofisticadas o grotescas, menos apegada a las convenciones o mecánicamente fiel a las tradiciones. En Rocky todo se simplifica. El mito postula una forma de acción interior en la conciencia de cualquier hombre ordinario que puede encender una reserva espiritual en la propia naturaleza misteriosa de la voluntad y es entonces capaz, por ese plus, de superar impedimentos que lucen invencibles. Cuando en Rocky II el boxeador retirado pierde su trabajo en el frigorífico por recortes, la explicación que ensaya frente a su esposa es situar el problema en la economía, una variable exterior, sentida como algo inconmensurable a su tesón. Esto explica, además, la ostensible superioridad de los contrincantes de Rocky. Apollo Creed, Clubber Lang, Drago, son siempre más vigorosos y parecen máquinas de luchar concebidas por un demiurgo impiadoso, pero la fuerza física de los dotados contrincantes no es el único requerimiento para la victoria. A la condición física adversa le corresponde un esfuerzo que no viene del organismo, una cierta acción de la voluntad que empujará el propio cuerpo a lo imposible y nivelará así las asimetrías entre los contrarios. Es justamente ese plus aludido la fuerza que al conteo de diez le permite a Rocky incorporarse. Creed puede tener piernas y brazos de acero, pero ante ciertas circunstancias eso no es suficiente. Un golpe certero puede acabar para siempre con él, no así para quien, como Rocky, detente “el ojo del tigre”, una metáfora con la que se indicará más tarde la voluntad individual que surge en la lucha.

Rocky II arranca resumiendo la contienda con la que finalizaba el primer film de la serie. Apollo Creed ha vencido por puntos al desconocido retador, pero su prestigio y reputación están en duda. ¿Ganó realmente? Vencer no es el móvil principal de Rocky, y tampoco lo será en la segunda entrega, incluso si el abracadabra nacido de la boca de su mujer para que este pueda volver a pelear se sintetice en el verbo ganar. A punto de ser padre y con un sombrío futuro económico, el regreso de Rocky al cuadrilátero es de índole económica. La supervivencia y un bienestar discreto están en juego.

La sensibilidad social de Stallone no fue en el principio de su carrera un involuntario comentario al pasar, un reconocimiento ocasional acerca del orden del mundo. Después de la primera película de Rocky que había escrito y no dirigido, como sí pasó posteriormente con la segunda, tercera, cuarta y sexta, Stallone protagonizó F.I.S.T, un polémico film dirigido por Norman Jewinson en el que interpretó a un obrero que llegaba a ser presidente de su sindicato en un contexto de criminalidad. Todos recuerdan el Jimmy Hoffa de Jack Nicholson, pero aquel papel de Stallone, poco conocido, lo invocaba sin vacilación alguna. Antes de dirigir Rocky II, Stallone escribe, dirige y actúa en La taberna del infierno, otro film sobre luchadores articulado en el deseo de ascenso social.

Si los primeros minutos de Rocky II son cinematográficamente contundentes, acaso los mejores, se debe a la pregnancia de un orden social que está antes de la épica del pugilista. La dimensión laboral está presente, y también la vida de los trabajadores; la dignidad de todos aquellos que viven con lo mínimo se advierte en un pasaje ligero en el que un grupo de hombres cantan en una esquina al caer la noche, al lado de un improvisado fuego. El ocio de los asalariados es discreto, pero no por eso menos gozoso respecto de los que tienen. Sin esos minutos, la ya mencionada mañana en la que Rocky sale a correr y todo Filadelfia le brinda su apoyo no sería lo mismo. La razón por la cual el pueblo ama a Rocky, declaración no exenta de enigmas que se escucha en la voz de los comentaristas televisivos, se explica con total eficacia en la primera media hora.

A esta altura es difícil decir algo sobre Rocky II que ya no se haya dicho. Talia Shire es hermosa, Burt Young un chanta querible, Carl Weathers un villano decoroso y el gran Burguess Meredith un cascarrabias de una nobleza en extinción. Todas las secuencias de boxeo, como también las del entrenamiento, ostentan la clásica virtud del ritmo, tanto en el interior del plano como en las relaciones entre estos. Stallone supo de inmediato cómo filmar el microcosmos de un ring, trabajando con perspectivas diversas y combinadas que transmitieran la percepción del pugilista, la de sus seres queridos y la del público entregado al dramático espectáculo de dos hombres librados a la fuerza de sus puños. Los momentos en los que elige introducir las cuerdas de Bill Conti en el transcurso de la pelea o los ralentís son prueba de un saber cinematográfico que dejó una huella estética en la materia. En el inicio, Stallone lejos estaba de ser un director rudimentario, y hasta aquí, los papeles y las películas que había tenido y dirigido poco tenían que ver con el imperativo del espectáculo.

La emoción estética suele buscarse en picos dramáticos en un relato y en situaciones donde la curva narrativa llega a su cúspide. La escena más hermosa de Rocky II transcurre a los quince minutos. Después de su recuperación de la primera pelea, Rocky sale del hospital junto con Adrian. Dos publicistas lo esperan para ofrecerle una tentadora oferta para hacer comerciales, pero Rocky no parece valorarlo; su interés está en otro lado. Del hospital, Rocky y Adrian visitan el zoológico de la ciudad. Llegan hasta ahí caminando, porque la tenue nieve no les impide disfrutar de un simple paseo. El paso de la salida del hospital al zoológico es imperceptiblemente finísimo, como lo será también la elipsis que va de ahí a la iglesia semivacía en la que el boxeador se casa con la tímida empleada de la veterinaria. La economía narrativa es ejemplar. En cuatro minutos ocurre de todo. Y no menos notable es el inicio de la escena del paseo, cuyo plano secuencia inicial provee la intimidad y la distancia justas para observar la propuesta de matrimonio e introducir en el cuadro a un tigre solitario en el fondo del plano, que será amablemente incluido en la resolución de la escena. El tiempo y el lugar elegidos, la delicadeza de los gestos y las pausas en la conversación resumen lo mejor de Rocky II, unos minutos disociados del mito del individuo y comprometidos con la misteriosa gramática de los sentimientos.

 

© Roger Koza, 2019 | @rogerkoza

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

Post scriptum

En Rocky II ya se preanuncia, casi imperceptiblemente, un cambio de registro y una “americanización” excesiva y reduccionista del mito de la voluntad individual ya codificada como puro y espurio éxito, vindicado enteramente en la cuarta película de Rocky donde resplandece de modo obsceno un costado político ridículo, justo en el momento en el que Rocky se enfrenta a una “máquina” soviética y retoma así en una versión involuntariamente paródica la Guerra Fría. Al respecto, no se puede dejar de lado la aparición trágica y reaccionaria del otro personaje que nunca llegó a definir del todo a Stallone, pero que trastocó el semblante inicial que le otorgara Rocky. Es obvio que se trata del excombatiente de Vietnam. Si bien Rambo puede ser considerado como un personaje trágico que no pudo rescatarse a sí mismo y redimirse entonces por su propia voluntad individual, el plus vitalista de Rocky deviene en Rambo en goce tanático justiciero (y asimismo se radicaliza una deriva política que dejará a Stallone del lado más retrógrado de la cultura estadounidense). Habrá que ver si algo similar sucede con Creed y la segunda parte que está a punto de estrenarse, puesto que la primera entrega fue una legítima rareza en el tardío y definitivo orden simbólico que Rocky como figura perpetuó.

 

Visualizá el índice del dossier completo en el siguiente LINK.

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