12.01.19
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLROCKY | Rocky III | Escrito en el cuerpo, por Josefina García Pullés

ESCRITO EN EL CUERPO

Hay algo singular en el rostro de Sylvester Stallone. Su cara es angulosa, geométrica, como pocas en Hollywood. Verlo a Sly en sus años de Rocky es casi como observar un cuadro cubista colgado de la frente de un actor. En este caso, estamos ante la tercera entrega que, como la anterior, fue escrita, dirigida y protagonizada por él. Esta vez Rocky se ha confirmado como campeón del mundo frente a Apollo Creed y disfruta de su fortuna y de su fama. Ya en los primero minutos vemos, en una gran secuencia inicial musicalizada con “Eye of the Tiger” del grupo Survivor (tema compuesto especialmente para esta película), al boxeador triunfar en distintas peleas, salir en varias tapas de revistas, hacer comerciales, participar de eventos a beneficio (entre ellos, una divertida pelea contra Hulk Hogan quien, parado frente a Stallone, hace que este se vea diminuto en una genial escena donde los ojos del protagonista llegan a la altura de los pectorales de Hogan) y hasta aparecer en el show televisivo de los Muppets. Rocky es una celebridad, con los pros y los contras que ello representa. Su personaje despierta amigos y enemigos, además de los celos de su cuñado Paulie, quien se muestra reacio a aceptar la nueva vida de su amigo. Pero las cosas mejoran entre ellos, Paulie se incorpora al equipo de trabajo del deportista y todo marcha sobre ruedas hasta que, un casi ignoto, Clubber Lang (un enojadísimo Mr. T.) desafía a Rocky y pide pelear por el título. Mickey se opone a concederle esa pelea pero Balboa, chicaneado por Lang, termina aceptando. Entonces llega el show mediático de los entrenamientos de Rocky, con firma de autógrafos, venta de souvenirs, fotos en pose de campeón y un Mickey refunfuñando a lo loco. Toda una secuencia algo innecesaria y ridícula que solo sirve para contarnos lo distraído que está el campeón. Encima, cuando llega la pelea, Mickey tiene un infarto y Balboa llega aún más desconcentrado a ese ring. Por supuesto que pierde, su entrenador muere y la vida deportiva (y emocional) de Rocky empieza acaer en picada. Entonces aparece Apolo Creed en el antiguo gimnasio de Mickey, ofreciéndose a entrenar al solitario y afligido Italian Stallion para su revancha con Lang.

Ahí es donde el rostro de Stallone empieza a recordarnos que siempre tiene nuevos ángulos protagonistas, nuevo material para ofrecer a su actuación. En cada escena, si una de las líneas de su cara se mueve medio centímetro, pasa a decir algo completamente diferente a lo que venía diciendo minutos atrás. En Rocky III esto se exacerba porque el actor está mucho más flaco que en las películas anteriores (en una entrevista con Johnny Carson en 1982, Stallone admitió haber bajado más de trece kilos para la tercera entrega y sostuvo que eso le permitió que esta película fuera “visualmente diferente” a las otras) y esa pérdida de peso acentúa los ángulos de su cara haciendo que cada centímetro de ella actúe como nunca (cuánto se echan de menos los rostros sinceros hoy en el cine hollywoodense).

Dicho todo esto, Rocky III es, sin embargo, la que más se distancia del rostro de Stallone. Esta película es la que abre paso (y planos) a su cuerpo, entero. Sin ir más lejos, en la I y en la II era notorio –nos lo hacían notar–cuán golpeada terminaba la cara del protagonista luego de las peleas finales. En esta secuela, en cambio, eso no sucede (al final él no tiene la cara deforme sino dos cortes y algo de sangre en ella). Es que aquí no hay que derribar el rostro, hay que atacar al cuerpo para obligarlo a actuar. No por nada la primera y la segunda película de la saga terminaban, ambas, con una imagen congelada de la cara de Balboa en un plano muy corto, y en cambio, Rocky III termina con un plano general de su cuerpo (y el de Creed) en un ring. La imagen se detiene en pleno movimiento, por eso se congela borrosa, como firmando una declaración de principios: aquí reina la acción, eso imprime el tono a esta película. Es más, en esa imagen final Balboa ni siquiera está de frente (le vemos la nuca), porque lo que importa es el cuerpo, inclinado, pegando, en movimiento. Aquí todo termina con dos cuerpos enfrentando una pelea de la que nunca conoceremos el resultado porque, otra vez, no importa. Lo que importa es la acción, lo que importa es que Rocky y Apollo estén peleando.

Mucho se ha atribuido esa primacía visual del cuerpo y la musculatura en esta película a algo propio de los ochenta: tipos grandotes haciendo culto de sus músculos. Puede ser, seguramente… Pero creo que además tiene que ver con la necesidad de renovar un poco a Balboa luego de dos grandes películas, y de darle más armonía al personaje completo. Es que, de verdad, la cara de Stallone solía pesar mucho, llevarse casi todo. Claro que eso no era un defecto sino una virtud de las películas y del actor. Sin embargo, Rocky no deja de ser un relato sobre un deporte y, si el personaje es un boxeador, hacía falta que sus brazos, sus pies y sus piernas también fueran protagonistas. No en vano Apollo quiere enseñarle a Rocky a bailar en el ring (mientras un Paulie gruñe alegando que su amigo nunca tendrá el ritmo de un negro). Y luego Balboa lo aplica a la perfección frente a un durísimo Clubber. Nos damos cuenta de eso y recordamos cada entrenamiento en esa pelea final (una de las mejores de la saga) donde el Stallone director nos hace mirar todo el cuerpo de este boxeador: sus piernas inquietas, su torso esquivo, sus pies ligeros. Es que a lo largo de la hora y media que va de película nos ha mostrado varios entrenamientos, sabemos lo que el boxeador aprendió y qué tiene que usar, y tratamos de buscar cómo lo aprovecha en ese momento.

En todo este relato se nota que Stallone busca remarcar eso, y que su intención está prevista no solo desde la planificación visual de la película sino también desde lo narrativo. Es que en las dos anteriores –de nuevo– todo se concentraba más en la cara de Rocky. Si vemos las secuencias de entrenamiento (que son muchas menos que las que incluye esta entrega), qué siente Balboa, qué le pasa y su nivel de esfuerzo se mostraban en la expresión de su rostro, que era el centro narrativo de aquellas secuencias. Aquí, en cambio, eso se descomprime. Claro que una cara tan expresiva nunca puede dejarse de lado, pero hay muchos planos de las piernas (la escena del festejo con Creed en la playa, de hecho, las tiene como protagonistas en un plano detalle en donde las piernas hablan por sí solas), de los pies y hasta de la espalda del protagonista… Toda esta película tiene que ver con observar el cuerpo, y ahí es donde también entra la intencionalidad narrativa que acompaña a esas decisiones visuales: por primera vez todos los entrenamientos de Rocky son presenciados por su mujer y por su cuñado, quienes se acomodan para atestiguar esas prácticas como si fueran un espectáculo más. En esta entrega, entonces, Stallone nos deja claro que el cuerpo es materia de culto y observación permanente.

Todo lo antedicho tiene que ver con que, en Rocky III, aunque la emoción está (sobre todo en las escenas vinculadas a la muerte de Mickey y el duelo de Balboa), el deporte es –mucho más que en las anteriores– el centro de la película. Es que los deportes son relatos concentrados en lo que dura esa entrega (un partido, una pelea, una carrera o lo que sea). Cada encuentro deportivo es una historia, tiene una historia y cuenta una historia y cientas, convirtiéndose en una suerte de Aleph narrativo. Por eso cuando, en 2015, le dan a Stallone el Globo de Oro a mejor actor por Creed y él recibe un premio así después de casi cuarenta años (en el 77 recibió su único Oscar), dice: “Quiero agradecerle a mi amigo imaginario Rocky Balboa por ser el mejor amigo que he tenido en la vida”. Ahí el actor le está agradeciendo el poder narrativo que ese personaje, que creó en tres días, le regaló de por vida. Porque nosotros vemos que los años, y sobre todo el botox, han borrado la prominencia de los ángulos del rostro de Stallone. Porque nosotros vemos que Stallone es y no es el que alguna vez ha sido. Pero también vemos que en su cuerpo sigue pesando el puño del deporte y que, entonces, todavía carga con cientos de historias porque, para nosotros, Sly nunca dejará de ser Rocky Balboa.

 

© Josefina García Pullés, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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