11.01.19
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLROCKY | Rocky | Un musical de incógnito, por Quintín

UN MUSICAL DE INCÓGNITO

Los setenta fueron los años italoamericanos. El padrino es de 1972, Taxi Driver de 1976, igual que Carrie. Pero ese año también se estrenó Rocky y Sylvester Stallone se hizo más famoso que Robert De Niro o que Al Pacino. La película no la dirigió un descendiente de italianos como Coppola, Scorsese o De Palma sino John Avildsen, un americano más autóctono si es que tal cosa existe, que tenía entonces 41 años y murió en 2017 después de haber dirigido dos Rockys y tres Karate Kids, otra saga muy popular. Incluso ganó un Oscar a la mejor dirección por esta película que, si los films tienen propietario, fue más de su guionista, productor y actor principal que del director. Stallone es tan Rocky que hasta hizo trabajar a su perro y su hermano compuso una canción. Pero al volver a verla después de cuarenta años, descubrí con sorpresa que el Oscar para Avildsen no era inmerecido: la película fluye, es visualmente elegante y sus tomas en espacios abiertos están muy logradas. Narrada con sobriedad y eficacia, la pelea final es menos ostentosa que las de Toro salvaje (un film que vendría a ser su contraparte trágica) y su filmación combina la intensidad propia de la circunstancia con la particular ligereza que caracteriza la película.

Aunque es una historia de boxeo, aunque su tema subyacente es el sueño americano con sus famosas segundas oportunidades, Rocky es más bien una comedia romántica y hasta un musical de incógnito que transcurre en la Tierra de las Hadas bajo el nombre de Filadelfia, símbolo de la independencia, la constitución y la grandeza de los Estados Unidos. En Rocky no hay villanos ni penas, no hay derrotados; como si sobre ese barrio sórdido de vagos y pequeños delincuentes poblado por italianos sin esperanza, hubiese aparecido un día el ángel de la clemencia y la prosperidad encarnado en uno de ellos, Rocky Balboa, un muchacho algo tonto, amante de los animales, boxeador de escasa ambición y oculto talento, pero con los modos de un dandy y los movimientos de un bailarín.

El entorno de Rocky Balboa es deprimente. Vive en una pocilga, cobra una miseria por sus peleas, entrena en un gimnasio mugriento, trabaja de cobrador para un usurero. Paulie, su mejor amigo, es un patán violento y rencoroso, interpretado para colmo por Burt Young, secundario desagradable si los hay. Algo parecido puede decirse del insufrible Burguess Meredith, que hace del entrenador resentido y miserable, o del empresario boxístico y del usurero, dos personajes tallados en madera. Sin embargo, el buen corazón de Rocky termina redimiendo a todos, luego de que el protagonista establece dos conexiones con el lado sublime de la vida. Una es con la delicada Adrian (gran papel de Talia Shire), la hermana de Paulie: Rocky y Adrian son dos tímidos que se enamoran y se protegen contra todas las adversidades. Hay una ternura muy especial en la pareja y grandes momentos de humor en la intimidad. En uno de ellos, cuando Rocky está a punto de salir hacia el ring, ella le dice: “te espero acá en el camarín” y él le responde “mejor salí vos a pelear y yo te espero”. Una réplica digna de Ringo Bonavena.

La otra conexión es con el campeón Apollo Creed, inspirado en Mohamed Ali, en su ingeniosa retórica y su talento para el show business, que le ofrece a un desconocido como Rocky la posibilidad de una pelea por el título. En realidad, el brillante Apollo (dentro y fuera del ring) es una versión dulcificada y patriótica de Ali, una especie de Rey Mago que representa el buen humor y la dicha para todos. El día de la pelea aparece disfrazado de George Washington y regalándole dólares a los espectadores: no hay una mejor síntesis de los símbolos americanos. Rocky se molerá a trompadas con Apollo, pero nunca dejará de admirarlo: su categoría como deportista es un motivo de felicidad general.

El destino de Rocky Balboa en el boxeo será el mismo que el de Sylvester Stallone en el show business: para el actor, la película representó una oportunidad equivalente a la que tiene el personaje. En ese momento Stallone era un profesional de tercera línea, pero logró que su guion se filmara sin tener que renunciar al papel protagónico que lo haría célebre. Con su parálisis facial congénita y su modo de hablar heterodoxo, Stallone se pasea por la película como una futura estrella: su Rocky baila, corre, tira golpes al aire en los escenarios de la Historia americana. Creo que nunca advertí que esta era una película singular.

 

© Quintin, 2019 | @quintinLLP

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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2 respuestas a “#ASLROCKY | Rocky | Un musical de incógnito, por Quintín”

  1. Mariela kowal dice:

    Soy una gran fanatica de rocky ..mil veces miro la pelicula sin cansarme se me sigue poniendo la piel de gallina mis hijos miran rocky usan remeras con su foto ..lo admiro ..lo idolatro silvester stallone el mejor de todos los tiempos ..mi sueño conocerlo en persona ..que dios te de larga vida rocky .

  2. Pablo Srur dice:

    Stallone será un eterno tilingo, pero nos dejó esa obra maestra

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