13.01.19
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#ASLROCKY | Rocky V | Sangre, sudor y lágrimas, por Marina Locatelli

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

If we go back and think over the movies we’ve enjoyed –even the ones we knew were terrible movies while we enjoyed them– what we enjoyed in them, the little part that was good, had, in some rudimentary way, some freshness, some hint of style, some trace of beauty, some audacity, some craziness.

Pauline Kael – “Trash, Art, and the Movies”

En un primer momento puede pensarse que, en la repartija de Rockys para conformar este dossier sobre El semental italiano, quedarse con la cuarta secuela es equiparable a que te toque bailar con la más fea (aunque algunos opinen lo mismo en relación con Rocky II o Rocky III). A casi dos décadas de su estreno, la quinta entrega de la saga del boxeador más famoso del cine ha permanecido en la memoria de muchos como una de las menos logradas, quizás un tanto insustancial, tal vez un poco burda. El caso es que Rocky V, que tiene lugar inmediatamente después del histórico triunfo en tierras moscovitas, parece adolecer de la falta de grandilocuencia o de sentido de la epopeya que en mayor o menor medida coloreaba a sus predecesoras. Llegado este punto en la historia del boxeador (han transcurrido 5 años entre esta y la película anterior pero aún es 1985 para la ficción), Balboa ya ha conquistado su mayor victoria, nada le resta por lograr y no debe superar ningún gran desafío. Es un ganador famoso en todo el mundo; es popular, el favorito de la gente; y es, hasta el momento, considerablemente rico. Esa épica que lo envolvía en su primer enfrentamiento con Apollo Creed, al que llegaba siendo un perfecto desconocido, o en la emblemática pelea contra el archienemigo ruso, donde no combatían solo dos hombres, sino dos naciones, esa épica no es nada sencilla de reproducir. A primera vista, entonces, Rocky V encuentra a Balboa escaso de heroísmo.

Si en vez del púgil de Filadelfia el protagonista fuese un Nicolino Locche o un Ringo Bonavena, lo suyo en este nuevo capítulo de la franquicia se podría titular como un volver con la frente marchita. Aunque más que marchita, la frente y toda la humanidad de Rocky regresan a la pantalla grande, primero, machucadas, magulladas, estropeadas por los nudillos de Ivan Drago; puños de hierro que le han ocasionado una suerte de traumatismo cerebral, de lesión interna irrecuperable, que lo obliga a retirarse del deporte en plena gloria. Así, el destino le hace morder el polvo otra vez. Luego, como si tamaño revés de la suerte no fuera suficiente, las calamidades se amontonan en el sinuoso camino del relato. Malas inversiones y un contador inescrupuloso fuerzan a la familia Balboa a subastar su mansión y muchas de sus posesiones, y frente a la ausencia de recursos económicos deben regresar a los suburbios, a la pequeña casa en el antiguo barrio, al viejo gimnasio en el que Mickey Goldmill entrenara a Rocky.

Como en todo melodrama digno de esta clasificación –¡y vaya si esta película lo es!– el desdichado personaje principal no para de acumular disgustos: a la amenaza de un daño grave y permanente en su salud si vuelve a luchar y a la bancarrota que lo ha dejado igual de pobre que en sus comienzos se le suman un mercachifle promotor de boxeo, sosías de Don King, que lo atosiga para concretar un combate con su representado; el regreso de Adrian al puesto de dependienta de la tienda de mascotas que supo esgrimir en los setentas; su nuevo protegido, un tal Tommy Gunn, quien al principio lo idolatraba y estaba ansioso por aprender todo de su mentor, lo traiciona y, de yapa, lo enfrenta a puras piñas en una insólita pelea final; y, por último, su púber hijo, al sentirse desplazado en el afecto de su padre por este nuevo hijo putativo, deja de ser el niño bueno y educado que solía ser para convertirse en un pichón de rebelde sin causa (en la escalada de trazos gruesos propiciada por el film, el podio lo consigue el arito que cuelga de una de las orejas de Robert Balboa Junior –interpretado por Sage Stallone, el hijo de Sylvester– como símbolo de rebeldía).

Alcanzada esta altura del texto, se debe introducir el gran pero. Aquí va. Pero, a pesar de todas estas tosquedades, o quizás justamente debido a ellas, Rocky V es (por momentos) una gran película. Dentro de la franquicia es especial, por un lado, porque es la única cuyo combate final no sucede en un ring, sino en el rrioba, en la calle, en la entrada del bar. La contienda no se ciñe a las reglas del pugilismo y da lugar a un enfrentamiento movedizo, serpentino y coreografiado, en el que todo está permitido, desde golpes por la espalda hasta patadas al estilo catch. Por otra parte, aquello por lo cual se puede criticar a esta secuela y menospreciarla es también aquello que la distingue del resto: en la mejor tradición griffithiana, su exceso melodramático, tan cerca de lo grasa o de lo kitsch, no puede más que (probablemente) resultar entrañable (visto, vuelto a ver, a la distancia). Se ha dicho del melodrama que “aborrece el justo medio” y que “privilegia la exaltación”, el pathos; por eso, mucho más aún que las películas anteriores, este episodio de la saga merece encuadrarse en el popular (mal entendido –antes y también ahora– como populachero) género. No hay aquí nada de medido, todo es énfasis e hipérbole. Su maniqueísmo, su visión dicotómica del mundo, con sus malos muy malos y sus buenos muy nobles, es, en las mismas proporciones, tan simple como empática.

Noventosa hasta la médula, Rocky V rebosa de camperas nevadas, equipos de gimnasia de tela de avión y horrorosos cortes de cabello. Es indudable que un aire de época, un zeitgeist –dirían los estudiosos–, la envuelve. Por momentos, se torna anacrónicamente machista: sin contar algún que otro chiste impensable para esta época, las mujeres se dividen en santas (Adrian) y putas (las otras); las demás, las del medio, no tienen cara. También, por momentos, funciona menos como cine que como un vehículo publicitario del Stallone estrella: se muestra su torneado y bello cuerpo desnudo bajo la ducha y se lo pasea por las distintas secuencias con esas insufribles remeras cortas, arriba de la cintura, vintage las llamarían hoy, que dejan entrever sus firmes abdominales.

Dicen los que saben que el melodrama se caracteriza por una doble teleología, una finalidad moral y otra emocional, pues todos los elementos que lo componen se encuentran orientados al mismo tiempo a exprimir la emocionalidad y a resaltar una suerte de visión moral del mundo. Tales características se cumplen a rajatabla en esta película. Entre secuencias de montaje (sí, hay más de una) que tematizan el entrenamiento físico, el ascenso de Tommy Gunn como boxeador, el resentimiento de Robert Junior por la falta de atención de su padre, el fastidio de Adrian por la misma razón, la ceguera de Rocky frente a la volátil lealtad de su protegido, entre todo esto hay dos líneas argumentales que corren en paralelo. De un lado, el creciente conflicto entre Rocky y su hijo. Del otro, la progresiva distancia entre Rocky y Tommy. La primera trabaja a destajo lo emotivo; en la segunda se juega con mayor énfasis lo moral. Las dos apelan a consciencia a la simpatía del público. La película sentencia –literalmente– que Rocky ha sido y es un campeón porque no gana con su físico, sino con su corazón (algo que cualquier espectador más o menos avezado en la saga tiene grabado a fuego).

Parafraseando a Pauline Kael, lo atractivo de esta buena mala película, lo que de ella se disfruta, es su desmesura, su osadía trash. Las calles de los suburbios, por ejemplo, están sucias, repletas de basura y hojas secas, de vagabundos y edificios derruidos, de negocios cerrados y locales desvencijados. No parece la Filadelfia de 1985 sino la Nueva York de los treinta, en plena Gran Depresión. Empeñados en recuperar algo del espíritu de la primera película, aquí se optó por volver a contar con la dirección de John G. Avildsen, quien otra vez eligió escasear la iluminación para favorecer cierta crudeza, cierta estética rústica que había sido bien recibida en Rocky. Mientras que el guion de Stallone privilegia el drama al ahondar en las diferencias entre padre/hijo, mentor/protegido, juventud/adultez, fortuna/infortunio, la puesta en escena, sin lugar a dudas, lo potencia al subrayar el melo. De la batería cinematográfica de recursos enfáticos, el relato no olvidó utilizar ninguno: planos inclinados y perspectivas distorsionadas; banda sonora omnipresente que da con la cuerda justa en la escena emotiva precisa; cámaras lentas y cámaras aceleradas entremezcladas; fotografías fijas; close-up cuando rueda una lágrima por la mejilla del protagonista al recordar las enseñanzas del viejo y querido Mickey; el dramatismo del blanco y negro en algunos planos.

Entonces, postulaba Kael (a quien no podía interesarle menos esta saga después del primer film), las películas que nos gustan, aún a sabiendas de que son malas –flojas, fallidas, como se prefiera denominarlas– tienen algo que a Rocky V le sobra. A ese algo ella alguna vez lo llamó kiss, kiss, bang, bang. También se lo puede pensar como sangre, sudor y lágrimas. Ese algo es la capacidad de algunas películas para no despertar una fría admiración intelectual sino una calurosa empatía, por más tonto o perezoso que pueda resultar su argumento. No es su artisticidad lo que atrae, es su afabilidad lo que subyuga. Rocky V –y para el caso, todas las demás también– está hecha de eso con lo que se tejen muchas de las historias que perduran en la memoria colectiva. Los materiales con los que trabaja son la nobleza de sus protagonistas, los sufrimientos superados, los obstáculos vencidos, los amores verdaderos, alguna que otra dosis de humor y los finales victoriosos. Encontrarse nuevamente con un personaje querido es un poco como volver a casa. Y si encima este hogar familiar, para complacer a las visitas, se decora sin refinamientos pero con extravagancia y con audacia, solo aquellos duros de corazón podrán resistirse a semejante atractivo.

 

© Marina Locatelli, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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