10.08.19
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#ASLTARANTINO | Introducción | El hombre que construyó su propio mito, por Guido Segal

No es extraño que los directores más reconocidos fuera de los círculos cinéfilos sean también aquellos que traen aparejada una mitología propia: Kubrick el huraño perfeccionista, Coppola el megalómano dispuesto a dilapidar su fortuna por una película, Scorsese el cronista del mundo Ítalo-Americano, Spielberg el prodigio que todo lo que toca es oro… Por supuesto que todos ellos cultivaron un gusto por lo popular, sintetizando ese ímpetu de masividad con un altísimo grado de dominio de su oficio. Pero ningún director trabajó tan meticulosamente para imponer su propio mito como Tarantino. Su extremo manierismo siempre fue autoconsciente, cada una de sus películas pide a gritos ser reconocida tanto dentro de una tradición como un objeto a la vanguardia de la industria. ¿Qué otra finalidad tendría numerar a sus películas antes de anunciar el título? Tarantino se propuso ser el arquitecto de su propio canon, de piezas autónomas que a la vez forman parte de un universo completo donde todos los géneros son fagocitados y regurgitados en el tono tarantinesco. Quentin forjó su propia leyenda, y en cada entrega nos recuerda que solo hay un Tarantino. Que nos guste o no, él diseñó un conjunto de referencias culturales que vinieron a marcar nuestras vidas por siempre y que él sabe lo que queremos. Es un curioso caso de un hombre que quiso ser mítico y lo logró, en base a talento, originalidad y tenacidad. Quizás sea por ese titánico esfuerzo que hoy repite sin cesar que está a una sola película de retirarse.

Mucho se ha dicho sobre Tarantino y su amor por el cine, sobre todo por los géneros marginales y habitualmente desdeñados por la crítica erudita, como el exploitation, las películas de artes marciales o el giallo. Creo que esa apreciación no hace justicia a sus películas. Tarantino nunca fue meramente un compilador o un citador serial. Sus locuaces soliloquios jamás fueron homenaje ni préstamo, son autoría propia de un guionista extraordinario. Porque más allá de sus evidentes virtuosismos visuales, incluyendo grúas que sobrevuelan decorados montados en estudio o que atraviesan auto-cines para llegar a casas rodantes, Tarantino es principalmente un eximio guionista. Evidencia de ello es su constante experimentación con la estructura clásica (de Pulp Fiction a la más reciente Había una vez…) y su absoluto manejo de los tiempos. ¿Cuántas escenas en su filmografía son apartes o disgresiones que nada tienen que ver con el relato central? ¿Y qué importa? Es tal la convicción del cineasta en que sus personajes son fascinantes que hasta se permite escenas de cinco o veinte minutos de duración basadas en un intercambio verbal. Un gran narrador no necesita de un relato, le bastan sus dotes de dialoguista y su entendimiento de los arquetipos humanos para tenernos agarrados. En eso, Tarantino es bien clásico: jamás renuncia a la tensión, y es un maestro a la vieja usanza en el arte del suspense. Nos entrega la información para que sepamos por qué el héroe está en peligro y luego lo lanza al foso de los leones. Luego sus protagonistas, que siempre son el epítome de lo cool, pueden hacerse paso a tiros o ser masacrados, pero la tensión dura hasta el último momento.

Sería erróneo pensar que hay un solo Tarantino. Una de sus virtudes, la cual comparte con su amigo y contemporáneo P.T. Anderson, es que jamás se repite. Sí, hay patrones como la violencia desmedida, el fetichismo por los pies o el uso casi arbitrario de textos insertados en pantalla o voces en off casi accesorias. Pero Tarantino fue madurando película a película. Ha cambiado su estilo más de una vez. A la chispa entre punk y rockabilly de Perros de la calle siguió la fragmentación infinita y el refinamiento clase B de Pulp Fiction, a la cual le siguió una película increíblemente madura y melancólica como Jackie Brown, quizás su obra más acabada junto a Había una vez… Sin spoilers, ambas películas hablan sobre lo difícil que es envejecer y darse cuenta de que quizás la vida nunca sea lo que deseamos. Que nos da para esto y que hasta acá llegamos, que quizás habrá que conformarse y seguir como se pueda, a riesgo de ser olvidado. Digo, para quienes ven en Tarantino solo un espejo de la cultura pop, hay mucho más. El hombre tiene algo para decir más allá de sus meta reflexiones sobre el cine. Y, cuanto más maduro se pone, más se explaya en esos aspectos que lo humanizan, lo muestran vulnerable. Quentin también teme que todo haya sido en vano, más allá del indudable éxito de su mitificación.

Nunca hubo dos Tarantinos iguales, decía. Quizás Bastardos sin gloria sea su punto de quiebre más marcado, que da inicio a sus reinvenciones históricas. Es un verdadero acto de genialidad permitise matar a Hitler en una sala de cine o darle a Django la oportunidad histórica de vengarse de quienes lo esclavizaron allí mismo, en el momento histórico donde los tiranos se salían con la suya. ¿A quién más se le ocurriría que el cine puede vencer a la historia fáctica de hechos cuyo descenlace todos conocemos? Al introducirse en estos mundos que cambian al mundo tal como lo conocemos, Tarantino también evolucionó en su estilo. Sus escenas se volvieron más largas, empezó a experimentar con un modelo más teatral: largas secuencias con escasos cortes, donde el peso lo pone el actor y el desarrollo dramático más que el montaje. ¿Qué es Los ocho más odiados sino una larga obra teatral en espacios reducidos? Solo un narrador en la cima de su capacidad tiene la confianza para enfocarse en lo minúsculo más que en lo global. Porque es en esa especificidad y en esa minucia donde Tarantino se vuelve Tarantino. Es en esos diálogos furiosos e irreproducibles donde se distancia de sus imitadores.

Pero hay otra evolución en Tarantino de la que poco se dice. Cuando apareció, a comienzos de los 90, Quentin marcó el ritmo de su época. Era el futuro, o la nueva versión del presente. Estaba un paso adelante que todos los demás. Hace ya un par de películas que Tarantino ha quedado detrás de los tiempos, diría que intencionalmente. Cada vez mira más hacia el pasado, hacia tiempos “mejores.” Cada vez se refugia más en su imaginario y le da la espalda a los cambios sociales. Se lo ha acusado de conservador, pero creo que más bien se trata de una forma de nostalgia, de una idealización de décadas pasadas donde los héroes eran héroes, el sexo era sexo y la estilización era más importante que la corrección política. Siempre hubo un aspecto un poco infantil en Tarantino, el adolescente encerrado en un videoclub absorbiendo una mirada cinematográfica del mundo; pero a esa aspecto se le ha ido sumando una mirada cansina y más madura, como si el cineasta mítico fuese también un hombre que ve a la sociedad cambiar y se siente fuera de ella (a Harvey Weinstein, su eterno y despreciable productor, sin dudas le llegó la hora de pagar por perpetuar los vicios de la vieja masculinidad). Por eso sospecho que insiste tanto con el retiro: está cansado Quentin, siente que pasó de moda. Lo triste de ese anuncio es que también John Ford se sentía cansado y desencantado en sus últimos años, y nos dio las que quizás sean sus mejores películas.

Los textos que siguen exploran esa suma de contradicciones, mitos autoimpuestos y retazos de cultura pop amalgamados que construyen a un mundo único, pregnante y siempre espectacular. A la vez que intentan hilvanar el hilo oculto (o no tan oculto) que une a las nueve piezas existentes, desgranan qué hace a cada película una obra absolutamente original y señada por la mano que la creó. ¿Hay más de un Tarantino, así como hay tres o cuatro versiones de los hermanos Coen (el policial de época, la comedia chabacana, la peliculita melancólica sobre mundos íntimos)? Y si es así, ¿Cuántos hay? ¿Cómo reconocemos los diferentes pasos de la transición de un cineasta que pasó de la pura superficie a la profundidad, expandiendo sobre ideas que están desde el comienzo de su cine? ¿Y qué determina su supervivencia como autor total en un mundo donde las pantallas están plagadas de superhéroes, su status de culto y su masividad en un mundo que avanza en una dirección estética e ideológica tan opuesto al cine que QT hace?

A continuación, profundizamos en la obra del hombre que construyó su propia leyenda. Hay mucho que decir, rasgo que distingue a los buenos cineastas. Porque, para que continuemos esa sana costumbre de discutir las películas y analizarlas hasta el cansancio, necesitamos directores que nos fascinen, nos contradigan, nos pongan en aprietos y nos sorprendan. Ese es, tanto para los fans como para los detractores, Quentin Tarantino. Larga vida al mitificador por excelencia, al gran fabulador, al hombre que se comió al cine entero y lo vomitó en versión propia, reinventando a la mismísima historia en el proceso.

© Guido Segal, 2019

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