14.08.19
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#ASLTARANTINO | Jackie Brown | Jackie, la mejor de todas, por Natalia Trzenko

En 1997, cuando se estrenó Jackie Brown, el tercer largometraje de Quentin Tarantino como director, yo, como todos, me había contagiado el virus Tarantino. Los síntomas era inconfundibles: escenas de violencia explícita, diálogos perfectos repletos de referencias culturales y protagonistas moralmente cuestionables además de un humor tan negro como los trajes de los muchachos de Perros de la calle o la tintura de Vincent Vega en Pulp Fiction. Después del cataclismo que provocaron sus dos primeros films la solidez de Jackie Brown nos tomó desprevenidos y, por lo que se vio hasta ahora de su filmografía, casi da la impresión de que a Tarantino también. Un relato a fuego lento contra los fuegos artificiales anteriores, uno que no aportaba la satisfacción epidérmica de sus primeras dos películas pero que, a la larga, se aloja en un lugar mucho más profundo que el resto de sus pirotécnico cine.

Pero lo cierto es que en aquel entonces tal vez por esa triste y a veces inevitable tendencia a buscar lo conocido aun en los artistas más originales y a decepcionarse si uno no encuentra exactamente lo que supone que fue buscar, Jackie Brown se archivó en mi memoria como la menos emocionante de las películas de Tarantino. Qué criatura hermosa y fundamentalmente corta de miras es la juventud y qué sabia la madurez. Como bien saben Jackie y su cómplice Max Cherry y como Tarantino intuyó aunque apenas tenía 34 años cuando rodó su homenaje al cine blaxplotation de los años 70 y su mejor película hasta la fecha.

“Era el tercer hermano de cinco, haciendo lo que tenía que debía para sobrevivir”, canta Bobby Womack en la secuencia de apertura al tiempo que Jackie Brown encarnada por la magnífica Pam Grier, literalmente se desliza dentro del cuadro. La canción de 1973 será el leitmotiv de toda la película a la que aporta no solo su ritmo adherente sino también su credo. Cuando todo haya terminado, en la prodigiosa escena del epílogo, la protagonista maneja su auto hacia el aeropuerto y su nueva vida habiendo hecho, como dice la canción “lo que debía para sobrevivir” aunque supiera que no estaba bien lo que hacía. El plano de Grier manejando y moviendo los labios al compás de la letra de la canción tiene la contundencia de una obra de arte. Una rareza en la filmografía de su director por unas cuantas razones.

Para empezar esta es, hasta ahora, la única de las nueve películas de Tarantino que no cuenta con un guión original escrito por él. Y se nota. El menos declarativo de sus films, Jackie Brown está basado en la novela Rum Punch, de Elmore Leonard publicada en 1992. El director caníbal de géneros y estilos curiosamente respetó casi al pie de la letra el contenido de la novela aunque decidió trasladar la acción de Florida a California y convertir a la azafata de mediana edad y blanca en una mujer negra tan corajuda como ingeniosa.

La primera protagonista femenina de Tarantino va mucho más allá del merecido homenaje y los guiños al lugar de ícono de la cultura pop norteamericana que tiene Grier. Jackie es una heroína que funciona tracción a desesperación y una política de cero tolerancia para los que se quieran aprovechar de ella. Una mujer harta de su presente chato como azafata de una aerolínea de tercera categoría y mula de efectivo para Ordell, el traficante de armas de poca monta que interpreta Samuel L. Jackson.

Si Pulp Fiction había probado la disposición de Tarantino para devolverle a un actor en decadencia como John Travolta su estatus de estrella “Jackie” Brown demuestra que el ojo del director para seleccionar a sus protagonistas es una de sus habilidades más destacadas. Grier, que en los años setenta era la estrella femenina indiscutida del género Blaxplotation, una mezcla de acción, comedia y referencias a la cultura negra de los Estados Unidos, es la Jackie perfecta. Hermosa y feroz, visiblemente más perspicaz e inteligente que todos los hombres que la rodean, ya sea el vociferente Ordell o el agente Ray Nicolette que interpreta Michael Keaton con la solvencia acostumbrada y que, por esas cuestiones de Hollywood y su máquina de adaptar, un año después interpretaría al mismo personaje en Un romance peligroso (Out of Sight), la adaptación de Steven Soderbergh de las novelas de Leonard sobre Karen Sisco que comparte universo ficcional con Rum Punch.

Y si Grier es magnética siempre que está en escena nunca lo es más que en las secuencias que comparte con Robert Foster, el actor que interpreta a Max, el hombre que vive de adelantar el dinero para sus fianzas a los detenidos que no pueden pagarlas. Un señor que necesita pocas palabras y apenas un puñado de gestos para expresarse. Lejos de los aires amenazantes de la mayoría de los personajes que habitan el planeta Tarantino, Max transmite en una frecuencia mucho más calma, casi estoica que necesitaba de un actor a la altura de esas peculiares características. Y Tarantino lo encontró en Foster, un veterano intérprete que estaba en franca decadencia después de años de interpretar a los matones, policías y detectives que su fisonomía le facilitaba cuando el director vino a tocar a su puerta. Un encuentro casi tan brillante como la interpretación de Foster en la escena en la que se sienta a tomar un café en la cocina de Jackie y en el tocadiscos suena el tema “Didn’t I (Blow Your Mind This Time)” de la banda The Delfonics. “Te di mi corazón y mi alma a ti, cariño”, dice la canción que reproduce exactamente lo que le está sucediendo a Max desde que conoció a Jackie a la salida de la cárcel. Que Robert Foster haya sido nominado al Oscar como actor de reparto por este papel tiene gusto a justicia.

La excepcionalidad de Jackie Brown dentro del canon de Tarantino va más allá de sus protagonistas maduros, callados y reflexivos, algo que no había sucedido antes en su cine y que no volvería a suceder después tampoco. También en términos formales esta película marca diferencias con su filmografía anterior. El relato es más bien lineal y respeta la cronología de la acción, un estilo narrativo muy diferente al de Perros de la calle y Pulp Fiction. Pero, claro, porque Tarantino es Tarantino sí utiliza recursos visuales como la pantalla dividida y diferentes puntos de vista que funcionan como flashbacks explicativos para completar algunas lagunas narrativas que dejan las varias elipsis en el relato. Hay, por ejemplo, tres versiones, tres puntos de vista diferentes de la escena del intercambio del dinero. Momento clave de la historia que en manos de otro director no habría tenido la emoción, la gracia y el tempo que le imprime Tarantino. Ahí está entonces el monstruo cinematográfico de tres cabezas cuando nos muestra todo lo que sucede desde la perspectiva de Jackie, Max y Melanie y Louis, el par de infelices que intepretan Bridget Fonda y Robert De Niro.

Pocas cosas dan mejor testimonio del nivel que había alcanzado Tarantino en la industria del cne después de Pulp Fiction que la presencia de De Niro en esta película. Con el aspecto de un Max Cady, su personaje en Cabo de miedo, algo envejecido y reblandecido, el personaje es también una rareza en la filmografía del actor. Un papel secundario en el que apenas emite algunas palabras y que siempre lo muestra reaccionando frente a los deseos, las demandas y las órdenes de los demás. Ya se trate de Ordell, su ex compañero de celda y nuevo jefe, o Melanie, la amante de Ordell, un personaje de esos que justifican las numerosas acusaciones de misoginia que sobrevuelan a Tarantino. De hecho, revisar Jackie Brown desde la perspectiva actual demuestra que el noventa por ciento de los diálogos del film, especialmente las largas diatribas de Ordell, hoy difícilmente llegarían a filmarse. Los estereotipos raciales y de género resultan hoy tan anacrónicos que los pocos teléfonos celulares que aparecen en pantalla.

Aunque Jackie Brown es sin duda la película menos declarativa, la que cuenta con menos de esos parlamentos pontificadores que el director suele asignarles a sus personajes, lo cierto es que Tarantino, excelso escritor de diálogos de impacto cultural, no se priva de filtrar sus puntos de vista en la trama. Lo hace a través del esperpéntico video que Ordell le muestra a Louis como prueba de su ingenio. En “Chicks who love Guns”, se ve a mujeres hermosas en biquinis mínimas cargando armas de asalto, una crítica mordaz a la sociedad norteamericana y a Hollywood que estuvo un par de décadas adelantada a su tiempo. Con habilidad aunque sin demasiada sutileza el director utiliza ese pasaje para responder a las críticas sobre el exceso de violencia de sus dos películas anteriores. Ordell suelta una larga perorata sobre como los programas de televisión y las películas inspiran a los compradores de armas y le llenan los bolsillos a otros criminales como él. Más adelante en el relato Jackie y Ordell discutirán sobre los diferentes porcentajes que los agentes y los representantes les cobran a sus artistas, una disquisición que tiene mucho más que ver con la vida de Tarantino que aquella sobre el significado oculto de “Like a Virgin” de Madonna en Perros de la calle o las diferentes nomenclaturas de una hamburguesa de McDonalds en Pulp Fiction.

“Estás haciendo las preguntas equivocadas”, le dice Jackie a Ordell cuando los planes del criminal empiezan a desbaratarse. Y de alguna manera parece que al momento de su estreno muchos espectadores le hicimos todas las preguntas equivocadas a Jackie Brown. Quizás porque esperábamos el mismo caos perfectamente coreografiado de sus dos primeras películas y en cambio Tarantino nos dio su film más equilibrado, sensible e introspectivo, unos adjetivos para nada tarantinescos y que sin embargo en este caso se le ajustan como los guantes de cuero de Ordell a sus manos antes de matar. Puede que sus otras películas sean más llamativas y explosivas pero ninguna, como les sucede a los personajes de la película, supera a Jackie Brown.

© Natalia Trzenko, 2019 | @nataliatrzenko

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