15.08.19
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#ASLTARANTINO | Kill Bill: Vol.1 | La novia que no vestía de negro, por Josefina García Pullés

La última línea del artículo que escribió Stephanie Zacharek sobre Kill Bill: Vol. 1 en 2003 dice: “Él (Tarantino) es el samurai que no para de hablar”. Gran frase, gran cierre de un genial texto, allí Zacharek hace referencia a la escena en donde, en esa película, O-Ren Ishii (Lucy Liu) decapita a un integrante del Consejo de jefes de la yakuza porque no se calla.

Nosotros, entonces, somos O-Ren. Y Tarantino es quien nos molesta con este homenaje al spaghetti western, al chopsocky, a los samuráis, a la yakuza, a la animación japonesa, repleto de citas y referencias cinéfilas, desbordante de snobeo, egocentrismo y amor propio. Tarantino parece no tener límite en su conocimiento y enamoramiento de las películas, pero tampoco carece de límite el trágico nivel de abandono al que somete su relato. Sí, él es un cineasta talentoso y tiene un increíble manejo de la puesta en escena, pero en Kill Bill: Vol. 1 le importa tanto mostrar, que se olvida de contar. Tanto que hasta vacía su relato.

Y eso nos enfurece tanto como enfurece a O-Ren que critiquen su linaje. ¿Por qué? Porque nosotros también amamos el cine (¿o tan único se cree Tarantino?), amamos ver películas, y más amamos ver buenas películas. Y esta es una muy buena película silenciada, vaciada. Vemos lo bueno de esta Kill Bill, lo notamos, lo agarramos en sus primeros minutos… pero se escapa. Y se escapa porque Tarantino no deja de hablar. Y no deja de hablar de él. Por eso deja atrás lo mejor de esta película, que está en una de sus primeras secuencias. Las escenas con más vida, las menos cool, las menos pedantes, las más graciosas, las menos autobesadoras de culo componen la secuencia en donde The Bride (Uma Thurman) –aka Black Mamba- llega a la casa de su antigua compañera Vernita Green. Ambas integraban el Deadly Viper Assassination Squad, una suerte de ángeles de Charlie comandado por Bill y cuya tarea era, obviamente, matar. Black Mamba y Bill habían sido amantes, pero ella terminó casándose con otro. Entonces Bill y su escuadrón irrumpieron en la ceremonia y perpetraron una matanza. The Bride estaba embarazada (de Bill, claro) y todos la creyeron muerta, pero sólo estaba en coma. Y así estuvo por cuatro años, cuando despertó para enterarse no solo de que su enfermero la violaba y la ofrecía a otros hombres repetidamente, si no también de que su hija había muerto (o eso creemos hasta el final de la película). La sed de venganza de Black Mamba-The Bride es inmensa. Y sus habilidades para matar, también. Entonces elabora una lista de gente a asesinar. Entre esas personas, además de Bill, está Vernita Green. Y por allí empieza.

Entonces volvemos a la mencionada secuencia de la batalla campal en el living. Black Mamba y Vernita se baten a duelo con cuchillos, muebles, partes de muebles y hasta con utensilios de chimenea. Pero, de pronto, el autobús (la palabra “colectivo” no pega en este contexto) escolar amarillo estaciona y, de él, baja una nenita de no más de seis años. Por la ventana, la vemos acercarse a la puerta de esa casa donde su madre y Black Mamba, ensangrentadas, pelean. También ellas ven llegar a la nenita. Una mirada (la mejor de toda la película) en silencio cierra el pacto maternal entre las enemigas: se suspende la lucha hasta que esa niña salga, al menos, del ring. Obviamente esta especie de ternura es revertida al final de la secuencia (¿cabía alguna duda de que Tarantino no era taaan políticamente correcto?), cuando la nenita ve a su madre asesinada, y a su asesina limpiado el cuchillo.

Eso es vida, eso es cine. Referencias cinéfilas en lo cotidiano. Eso es humor, eso es una película a la que le importa contar algo más que contarse a sí misma. Pero eso, en Kill Bill: Vol. 1, dura casi lo que dura esta secuencia. Ya después empieza el autobombo, el narcisismo inescalable de un Quentin Tarantino agotador. Entonces perdemos la esperanza, el relato se vuelve anoréxico y no hay de dónde agarrarse. Todo se le cae mientras vomita citas y referencias cinematográficas a mansalva para mostrarse sabihondo, superespectador y/o supercool. Y/o para hacernos sentir así a nosotros, los genios que captamos alguna que otra referencia. Pero ¿realmente vamos al cine para eso, para amarnos a nosotros mismos más que a la vida o a cómo nos la cuentan? Me suena que para eso está el diario íntimo, la abuela, o quizás algún padre o madre.

Kill Bill tiene entre manos una historia que trata sobre la venganza. Y quien se venga es una mujer, que descuartiza hombres y mujeres para lograr su objetivo. Kill Bill es una película cinéfila pero también es una película vidriera, un relato sólo para admirar un rato. No vive, no sangra (aun cuando se inunda de sangre y de miembros cortados por doquier), no siente. Y eso es lo peor que puede hacer una película porque, al no tener corazón, pasa a ser un frankenstein subemocional al que las partes ni siquiera convierten en un todo: es imposible que un relato que quiera tan poco a sus personajes pueda transmitir algo más que la firma de quien cuenta el vacío. Entonces, como escribió J. Hoberman allá por 2004 en The Village Voice, refiriéndose a los críticos que se batirían a duelo con Tarantino solo por captar todas las referencias de esta película: “El premio: un Ph.D. en Tarantinología”.Solo a eso apunta esta película, a hacer un culto no sobre el cine sino sobre este director.

Y sí, en Kill Bill: Vol. 1 Tarantino hace un show audiovisual que combina interesantes momentos musicales (el de la banda 5.6.7.8 a la cabeza), joyas actorales (Sonny Chiba -quien entrenó a Thurman y a Liu para las escenas de pelea de esta película- como Hattori Hanzo) y visuales (con Robert Richardson a la cabeza) con una lista de referencias que van desde la animación japonesa, Bruce Lee y The Green Hornet hasta algunas series de televisión, Francois Truffaut y Lo que el viento se llevó. Pero esta película que dura casi dos horas y que, originalmente, estaba pensada para durar casi cuatro (porque la 1 y la 2 iban a venir en una sola entrega, algo que el amoroso de Harvey Weinstein contraindicó) bien podría haber sido un mediometraje, o hasta un corto. Y ojalá lo hubiese sido.

© Josefina García Pullés, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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