15.08.18
Cine _ Dossier _ Películas

#ASLTiburones | Míralas vivir, por Daniel Alaniz

Escoltada por la paz de una canción hawaiana (Mar abierto debería estar más valorada en el recuerdo de las bandas sonoras), Susan se entrega, en sus propios términos, a la manada de tiburones que la tiene cercada. Si la muerte de su marido fue mucho más desesperada, casi histérica, la de ella es determinada y en su ley. Susan sabe que llegaron sus últimos segundos de vida y está dispuesta a vivirlos. Se saca de encima los tubos de oxígeno, su equipo de buceo y se sumerge en el agua hasta desaparecer, ya sea para regalarse a las mandíbulas desgarradoras de las bestias o para presentarles batalla. No lo sabremos: como el mar, el final es abierto; como el mar, el cine es inmenso.

En las películas de terror las mujeres suelen tener razón y los hombres suelen no creerles. Sobre todo en las de fantasmas. Recuerdo que siempre me irritaba cuando un tipo le respondía a su mujer “seguro fue el viento” frente a la inquietud de ella de ver sillas volando, sombras de cuernos deslizarse por las paredes, sangre brotando de los desagües y coros de niños cantando a las tres de la mañana. ¡No es el viento! Pero lo que más me molestaba era la actitud del varón: es su pareja, podría creerle y ya.

Algo de estas tensiones matrimoniales intentan dirimirse en Mar abierto. Las vacaciones como ilusión del reencuentro, de tiempo de unión y privacidad, se convierten en la peor de las convivencias, en el más amenazador de los aislamientos. Susan y Daniel discuten como una pareja de muchos años, se olvidan del contexto en el que se encuentran (solos en el medio del mar y rodeados de monstruos marinos), y otra vez la música amable funciona como un separador malvado del desencuentro.

Mar abierto tiene un título que la identifica a la perfección. Su economía de recursos narrativos y de producción es tan vasta que todo le pertenece: puede hablar del matrimonio, del hastío, del cine de terror de los setenta pensado desde el incipiente digital del 2000, y hasta del duelo, sin perder tensión, gracia y ser a la vez uno de los más tensos exponentes del cine escualo. Como en los mejores relatos, cada pequeño gesto puede decir mucho; cada idea, como la sangre en el mar, puede desparramarse hacia impensados territorios de la ficción. Mar abierto es una gran película chica cobre una gran chica, desesperadamente viva, que decide guardarse su último momento solo para ella, fuera de campo y dentro del agua.

En Miedo profundo, en cambio, son los primeros momentos los que condensan, con despreocupación playera, los conflictos y las fortalezas del personaje que Blake Lively encarna con dominio surfer. Esos minutos iniciales no parecen tan importantes, pero generan una identificación y empatía tal con la protagonista que hacen posible que el resto de la película (pura acción y movimiento) lo vivamos con una tensión límite, no solo por la destreza narrativa de Jaume Collet Serra, sino también por la identificación fanática con Lively (gran y oportuno apellido).

 

En su camino a la playa para ir a surfear Nancy (BL) chatea con su amiga resacosa que la dejó plantada, a la vez que habla con el conductor nativo que la acompaña, un encantador Óscar Jaenada (el so hot right now Luisito Rey) el cual le advierte que levante la vista del teléfono: acá es todo para mirar, para vivirlo. También le dice (en un chiste que ella no logra comprender por diferencias idiomáticas) que es obstinada, lo cual demostrará luego en una batalla cuerpo a cuerpo con un tiburón blanco. Cuando ya llegan a destino, ella señala una isla y le dice al Rey “se parece a una mujer embarazada”; él le responde que nada que ver, y quizás es cierto que no son similares, pero basta con que Nancy diga “ a mí sí me lo parece” para que, desde ahí, veamos todo a través de sus ojos.

Collet Serra comienza su relato con un personaje que va a reencontrarse con sus ganas de vivir en la que supo ser la playa favorita de su madre, ahora fallecida. En apenas minutos sabemos eso, también que quiere dejar su carrera y que le pesa conectar con su padre. Todo esto musicalizado con “El lado más bestia de la vida”, la versión en español de “Walk on the Wild Side” (Lou Reed) de Albert Plá, una elección para nada arbitraria de una canción sobre la pulsión y la vitalidad. ¿Cómo no vamos, entonces, a vivir con tanta intensidad la lucha sangrienta de Nancy frente a la bestia dentada? Si sabemos que además del cuerpo y de la continuación de esta enorme mujer en el mundo, en esa contienda se libran duelos, cicatrizaciones de más de una herida, pérdidas y, al fin, la capacidad de seguir adelante.

Si alguien dice que el cine de género es superficial, seguramente no vio estas dos películas, tan profundas y con tantos tesoros escondidos como solo puede contener el fondo del mar. Películas de acción condensada y emociones expansivas, que nacieron chicas pero se hicieron superpoderosas.

© Daniel Alaniz, 2018 | @avientapelucas

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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