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El Castillo de Cristal (The Glass Castle)

(Estados Unidos, 2017)

Dirección: Destin Daniel Cretton. Guión: Destin Daniel Cretton y Daniel Lanham, basado en el libro de Jeannette Walls. Elenco: Brie Larson, Woody Harrelson, Naomi Watts, Ella Anderson, Max Greenfield. Producción: Gil Netter, Ken Kao. Distribuidora: BF París. Duración: 127 minutos.

Cuando se trata de historias con títulos grandilocuentes, por lo general podemos esperar que haya personajes bastante extravagantes detrás de estos relatos. Tal es el caso de Rex, un padre de familia con una personalidad única y anclaje en una historia de vida real. Woody Harrelson encarna a este renegado de la sociedad que no encaja porque no quiere, ya que cualidades le sobran. Pero Rex y su esposa Rose Mary (Naomi Watts) son espíritus libres eligiendo un modo de vida poco convencional, que funciona para ellos pero no tanto para sus hijos.

En el drama familiar está el alma de esta historia, protagonizada por una sobria pero magnífica Brie Larson, desde cuyo punto de vista somos testigos de las desventuras de los Walls. Larson interpreta a Jeanette Walls, una famosa periodista de espectáculo que escribió sus memorias sobre una familia disfuncional y pintoresca, alcanzando la lista de best sellers del New York Times durante siete años seguidos. Después del éxito de su libro, Jeanette se retiró de Manhattan a las afueras del país para continuar su carrera como escritora, abandonando para siempre los chismes sobre celebridades.

No todos pueden elegir su carrera, algunos son elegidos por las circunstancias. Jeannette navega las aguas torrentosas de su destino con las mejores herramientas de las que puede disponer, dado el contexto extraordinario en el que se encuentra durante su infancia y adolescencia. La película lo cuenta de una manera inteligente, con flashbacks que conectan su presente de éxito en la New York de los años ochenta con su pasado de carencias a través del país, según los caprichos de su familia. Una tribu tan disfuncional como querible, tan extremista y desconectada de la realidad como se puede concebir.

Quienes amaron Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) seguramente apreciarán la ternura y el crudo humor de esta película, que a su vez conviven con una amargura digna del relato basado en la realidad, apenas romantizado pero sin dejarse engañar por la nostalgia, manteniendo el espíritu de una historia llena de necesidades, tristeza e incluso violencia y abusos. La vida pasa por la pantalla como un retrato perfecto de los recuerdos de esta mujer compleja con un pasado persistente, que intenta dejar atrás en lugar de reconciliarse con todo lo que la llevó hasta el lugar donde está. Los puntos de quiebre elegidos para la narrativa son tan acertados como el tono en el que está contada, actuada y dirigida.

Si alguna vez leyeron El Plan Infinito, de Isabel Allende, esa novela donde la vida de un soldado es contada a través de su repaso por una infancia de pobreza y abandono, a pesar de su posición privilegiada en la escala social, es probable que su eco resuene en la historia de vida retratada en este film, guiada por el mismo delirio místico y casi mágico de un patriarca en busca de algo más, de algún diseño superior y divino a expensas de sus hijos y de su propia cordura.

 

 

© Ana Manson, 2017 | @CapitAnna

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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