14.06.19
Cine _ Estrenos _ Internacionales _ Series

Sobre “Chernobyl” (HBO), por Gustavo Noriega

Chernobyl debe ser el fenómeno “cinematográfico” más interesante de los últimos años. A diferencia de la “serie-evento” Game of Thrones, a quien sucedió como atracción en la cadena HBO, su difusión se dio por el boca a boca. De pronto, sin mucha publicidad previa, en las redes sociales todos estaban comentando sobre una miniserie de cinco capítulos, que contaba un caso real, conocido, de una tragedia provocada por el hombre. La miniserie tenía una cuidada reconstrucción de época pero carecía de todo glamour especial: no había romances y el ambiente era sombrío y angustiante. Los motivos de este inesperado éxito pueden especularse pero lo más probable es que se aplique la fórmula del guionista William Goldman cuando analizaba por qué una película era exitosa a mediados de la década de los 80 en Hollywood: NADIE SABE NADA (así en mayúsculas le gustaba expresarlo).

Desde que el consumo predominante de las producciones audiovisuales pasó a los hogares y con la decisión de las plataformas de no hacer públicas sus mediciones de consumo, ya no tenemos forma de medir el éxito de una producción sino indirectamente. Estamos viviendo el momento en que mejor se puede medir el consumo de una película (incluyendo en qué minuto alguien la dejó de ver o cuántas veces se vio en un determinado televisor) pero la menor disponibilidad pública de esos datos. Aun con estas reservas, no hay dudas de que Chernobyl se convirtió en un suceso.

Se escribió mucho sobre los evidentes méritos de Chernobyl, me interesa más ahora concentrarme en su recepción. Siguió el modelo de recepción crítica que se da en grupos, antes en revistas y foros, ahora en redes sociales. Me refiero a distintas oleadas relativamente homogéneas. La primera oleada –ante una película de la cual no se sabía mucho previamente— es de sorpresa (mala o buena). Se torna casi inevitable que posteriormente venga una oleada de gente que ya no ve esa producción de manera desinformada sino con la carga que tiene que ya hubiera una mirada pública, favorable o desfavorable. Esa segunda oleada generalmente tiene la forma “eh, che, no era para tanto”.

Lo interesante de Chernobyl es que esta reacción negativa tuvo un condimento fuertemente político. En ciertos sectores identificados como progresistas la miniserie, y especialmente su celebración, causaron un cierto malestar. Algunos lo intentaron desde una perspectiva formalista (como la nota de Alejandro Turner en Infobae que intenta explicar el éxito y desarrolla algunas ideas muy confusas sobre las películas basadas en hechos reales) y otros más abiertamente mostraron su incomodidad ante el “anticomunismo” de Chernobyl.

“Es demasiado anticomunista” es el “che, no era para tanto” de este caso particular. Es un rechazo especialmente disparatado. Nadie rechazaría a La lista de Schindler por “demasiado antinazi”. Tampoco tendría sentido rechazar a The Insider, la película de Michael Mann sobre las trampas de las tabacaleras por “demasiado anticapitalista”. Las películas expresan ideas sobre el mundo y lo hacen bien o mal. El régimen soviético no parece haber sido lo suficientemente exitoso como para escapar a la mirada crítica de las películas.

En la discusión sobre el malestar que provocaron en ciertos sectores las ideas que expresa Chernobyl, vale la pena detenerse en el usuario de Twitter @cosovschi, quien desplegó un elaborado hilo para fundamentar ese desagrado. En su actividad tuitera, este usuario a menudo intenta matizar las críticas a los regímenes comunistas normalizándolos y poniéndolos en algún tipo de pie de igualdad con las democracias liberales. Lo hace con solvencia y conocimientos históricos, de manera civilizada, por lo cual vale la pena intentar refutarlo.

En el hilo, @cosovschi cuestiona la identificación que la serie hace con el régimen soviético y la mentira. Resumidas por él mismo las objeciones que hace son dos:

a) [Chernobyl] Atribuye al comunismo el monopolio de la mentira, como si las democracias occidentales tuvieran el monopolio de la verdad.

b) Resume la experiencia comunista a un enunciado moral, y que en cierta medida está basado en la experiencia histórica de los años 80, un momento de crisis terminal del comunismo.

Es interesante ver que el “che, no era para tanto” de este usuario es el dictum de Dr. House: “Everybody lies”. Todos mienten y por supuesto que tiene razón, los seres humanos mienten por conveniencia ya sea que estén en un sistema o en otro. Lo que hace la diferencia es justamente algo que no tiene nada que ver con la moral (aunque tiene consecuencias morales) y que es distintivo de las democracias liberales: la libre circulación de ideas. Esto no existe en los regímenes autoritarios, de izquierda o de derecha, y eso es exactamente lo que muestra Chernobyl. En la URSS podría haber gente heroica y gente mezquina, mentirosos y defensores de la verdad, burócratas y científicos. Lo que llevó a esa central al desastre –y contribuyó a que todo el sistema político y económico colapsara—no fue la cualidad moral de quienes tomaban las decisiones sino justamente la incapacidad de poner en discusión en el debate público distintas ideas y verificaciones y chequeos de las afirmaciones. En la URSS no había división de poderes, prensa independiente, libertad de expresión, debate público. Ni en los 80 ni en las décadas anteriores. Mentirosos hubo siempre y hay en todos lados, lo que era imposible en el régimen era exponerlos.

De manera imperfecta, cruzado con intereses económicos, sujeto a presiones de todo tipo, las democracias liberales intentan garantizar que en el debate público se intercambien todo tipo de ideas y que se puedan poner en consideración las afirmaciones del mundo real. En algunos casos eso no tiene consecuencias políticas inmediatas (el gobierno que venía falseando las estadísticas fue premiado con el 54 % de los votos) pero la verdad suele estar a disposición de los ciudadanos para que la tomen cuando les resulte adecuado.

Basta para terminar esta revisión con el ejemplo paralelo de las usinas nucleares en los EEUU. Es sabido que en 1979, la usina de Three Mile Island, en Pennsylvania sufrió un accidente que implicaba la fusión del núcleo, algo que podría haber terminado con consecuencias tan desastrosas como el accidente nuclear soviético. Curiosamente –y como consecuencia de la libre circulación de ideas propia de las democracias– doce días antes se había estrenado una película que predecía un accidente de ese tipo. Se trataba de Síndrome de China, protagonizada por Jack Lemmon, Michael Douglas y Jane Fonda, quien además produjo y fue la promotora intelectual del proyecto. La opinión pública recibió el accidente de Three Mile Island en estado deliberativo como consecuencia de la película y la seguridad de las centrales nucleares pasó a ser un tema de discusión nacional. Síndrome de China no podría haberse realizado en la URSS ni antes ni después del accidente de Chernobyl. Tampoco ahora, en la Rusia de Putin.

© Gustavo Noriega, 2019 | @Gus_Noriega

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.