02.04.19
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Crítica: 4×4, por Carla Leonardi

(Argentina, 2019)

Dirección: Mariano Cohn. Guion: Mariano Cohn, Gastón Duprat. Elenco: Peter Lanzani, Dady Brieva, Luis Brandoni. Producción: Gastón Duprat. Fotografía: Kiko de la Rica. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 90 minutos.

Estado de descomposición social:

Un montaje sucesivo de primeros planos de elementos de seguridad (alarmas, cámaras de vigilancia, alambre de púa, perros, etc) que se va acelerando, da comienzo a 4×4, la ultima película de la dupla de realizadores argentinos Cohn-Duprat, esta vez con Cohn en el rol de dirección y Duprat en la producción. Este comienzo ya sitúa la cuestión del derecho a la propiedad privada y la pregunta eje del film: ¿Hasta dónde es justo defender la propiedad privada?

Un joven camina por la vereda con aire relajado. Cuando ve una lujosa 4×4, ingresa a ella con la intención de robar el centro musical o computadora de a bordo. Cometido el acto, se sienta al volante y se calza los anteojos de sol que halla ahí, con un gesto de complacencia y superioridad por ocupar ese lugar. Seguidamente mea en el asiento trasero, en señal de desprecio a la clase dominante. Cuando quiere salir con el botín, no puede. El objeto de codicia se rebela como una trampa mortal. Por más intentos que realiza el joven Ciro (Peter Lanzani) por salir o pedir ayuda, nada da resultado pues la camioneta está insonorizada, polarizada y blindada, es una suerte de bunker, como le hace saber su dueño, el Dr. Enrique Ferrari (Dady Brieva), que aparece como una voz en la computadora de a bordo.

A partir de aquí, el robo pasa a un segundo plano, y el carácter policial del comienzo vira hacia el thriller o el tour de force. Entre el médico y Ciro se va estableciendo un vínculo a través de las sucesivas apariciones del primero con carácter de voz, e iremos conociendo algunos aspectos de sus vidas. El Dr. Ferrari, en su tono seco e inquisidor, se rebela como una presencia inquietante y de carácter sádico, pues al mantener a su rehén encerrado durante cinco días en la camioneta, este deberá pelear por su vida. Ferrari es un médico obstetra de situación acomodada que ya ha sido víctima de veintiocho robos, que ha sufrido enormemente el robo a punta de pistola a su hija y su nieto (quienes debido a  este suceso decidieron emigrar al exterior) y que además, al padecer una enfermedad terminal, está jugado y por lo mismo dispuesto a todo. Esto lo sitúa como un personaje con características psicopáticas, border y kamizaze. El robo lo lleva al umbral de un límite que desencadena su locura.  Llama la atención que en algunas ocasiones este hombre cruel haga ciertas concesiones, indicándole a su presa donde encontrar agua o un alfajor, o disponerse a concederle el último deseo de fumar un porro. Esto podría leerse como cierto sesgo paternal del personaje (ya que el joven podría ser su hijo), pero también como el objetivo de producir un sufrimiento eterno, pues si el joven muere rápidamente el placer sádico (y la película) encontraría su fin. La 4×4 deviene así una suerte de caja de tortura, como lo indica el significativo nombre de la camioneta inscrito en el manual de instrucciones: “Predator”. Ciro se convierte en un personaje con características crísticas, como lo señala la escena en la cual se encuentra recostado en el asiento de atrás, solamente con su calzoncillo blanco y los brazos a ambos lados. La tensión intenta ser rebajada con momentos de humor negro e irónico en la voz de Ferrari, pero más que descomprimir en el contexto de situación, pueden tomar el sesgo de la burla y la provocación. Estas escenas de encierro, lejos de producir un efecto de suspenso o de desesperación en el espectador, lo dejan más bien como testigo de la escena sádica del más poderoso sobre el más vulnerable, como suele suceder en las películas de Cohn-Duprat como El hombre de al lado o El ciudadano ilustre.

Ciro no encarna el estereotipo del pibe chorro de baja condición social, sino que tiene cierta sofisticación que se deduce de su vestimenta y de la música que escucha. Aquí el director da cuenta de su posición ideológica al plantear el patrón del delito de robo que se daría en cualquier clase social como herencia directa;  única herramienta conocida y aprendida a partir de la transmisión en un linaje. Se trata de aquellos que lo han adquirido a partir de un padre, que no se muestra como garante de la ley, del limite al goce que supone la función paterna, sino como un padre que desafía a la ley y que se coloca en el lugar de la ley misma, ya sea porque no pudieron acceder nunca a un trabajo formal o  porque desde un trabajo formal y acomodado han cometido actos fuera de la ley. El problema es que plantea la transmisión recibida en la familia como un destino férreamente marcado, como si se tratara de la única influencia que un sujeto recibe en la vida y como si no hubiera posibilidad de elección subjetiva sobre las determinaciones recibidas.

Dentro de la camioneta también está encerrado con Ciro un grillo. Al comienzo apunta a matarlo, luego cuando sufre el hambre está tentado a comerlo, pero en ambos casos se contiene. Hay una superioridad de condiciones entre el grillo y Ciro. El insecto se muestra frágil e indefenso, pero sin embargo, Ciro reprime sus pulsiones de muerte sobre él. El grillo deviene así el soporte de su supervivencia, suerte de “Wilson” del naúfrago que interpretaba Tom Hanks (así como los crayones que encuentra y con los cuales dibuja).  El grillo y los crayones son elementos que, habilitando la palabra y la creación, sostienen a Ciro del lado de lo humano y no lo dejan caer en la animalidad depravada y la locura. El grillo como personaje tiene además un significado particular: es un símbolo de la buena suerte, que anticipa un final posible a la encerrona trágica de Ciro; y a la vez es aquello que encarna la voz de la conciencia moral. Así el pequeño insecto pone en boca de Ciro diversos lugares comunes de la sociedad: la xenofobia contra aquel de condición social inferior, o el ya mencionado prejuicio de la ecuación sin salida que iguala a abuelo chorro, padre chorro e hijo chorro.

La linea que emparienta a ambos personajes es una de las más interesantes de la película. Los dos, que están fuera del sistema por diversas razones, no tienen nada que perder y son tanto víctimas como victimarios. Pero el encierro del otro diferente, de menor condición social o menores recursos simbólicos, da cuenta del encierro del propio Dr. Ferrari al no poder abrirse a lo otro, a sus circunstancias; y en este punto revela que el mal no está realmente afuera, en el otro, sino que el otro es el soporte de la proyección del propio mal, de las propias miserias y crueldades ignoradas.

Hay una desproporción muy grande entre el delito cometido por Ciro y el castigo de muerte que le quiere imponer el médico, y aquí es donde precisamente surge la pregunta de hasta dónde es justo defender por mano propia la propiedad privada en un mundo marcado por tanta inequidad. En este punto es cuando la película extrapola la situación a escala social y retoma entonces la linea del policial – judicial. El Dr. Ferrari mantiene a Ciro encañonado como su presa rehén mientras la policía lo rodea y el tribunal del pueblo lo vitorea y alienta al grito de: “Entran por una puerta y salen por la otra”, “la culpa es de los que defienden los derechos humanos”, en tanto el negociador policial Julio Amadeo (Luis Brandoni) intenta mediar en la situación. Si bien las tres primeras partes del film, obviando el punto de vista adoptado por el director, se sostenían principalmente por la interpretación de Peter Lanzani y en cierto desarrollo del suspenso, la secuencia final decae porque tanto los parlamentos como las interpretaciones de los personajes resultan poco convincentes y forzados.

Aquí Cohn se sirve del formato de los exitosos programas de opinión que pretenden dar cuenta de “todas las voces todas”, apuntando a crear debate y controversia entre amigos o familiares,  al movilizar al espectador a sumarse al circo romano situándose ya sea del lado del garantismo o del lado de la mano dura fascista. La película da cuenta así de la profunda descomposición del tejido social que es signo de los tiempos de arrasamiento neoliberal, donde valores simbólicos como la justicia y la empatía se encuentran degradados. 4X4 pretende no tomar posición y mostrar el estado de situación social, retratando las diversas opiniones sociales, pero no obstante revela su posición ideológica en su decisión de darle relevancia y lugar al comité moral de ciudadanos de clase media y alta que, con su linchamiento y el vitoreo que instala como héroes a los justicieros mediáticos, ilustra la animalidad depredadora del que tiene más poder sobre aquel en inferioridad de condiciones, apto para ser objeto de sus apetitos de agresión, explotación, abuso, y degradación. No es necesario que la película subraye el estado selvático de la sociedad, que ya conocemos y que se respira diariamente en la indiferencia del anonimato en las calles y en los medios de comunicación que lo fogonean constantemente, mostrando hasta el hartazgo los casos de inseguridad e incitando a tomar partido por la solución violenta. En el estado de situación en que estamos, donde la pobreza y la exclusión social alcanzan picos alarmantes, la obra de arte tendría un efecto más subversivo e interesante si fuera a contrapelo del neoliberalismo financiero que destruye los valores sociales, abogando por una historia que recupere la empatía y la solidaridad social.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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2 respuestas a “Crítica: 4×4, por Carla Leonardi”

  1. Juancito Jones dice:

    Esta lleno de buenistas prendeveles criticando esta pelicula que muestran la cara pro chorros al toque. Asco da la gente como vos.

  2. Esteban dice:

    Lo mejor que leí al respecto.

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