09.03.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Alicia, por Carla Leonardi

(Argentina, 2018)

Dirección: Alejandro Rath. Guion: Alejandro Rath, Alberto Romero. Elenco: Leonor Manso, Patricio Contreras, Martín Vega, Paloma Contreras. Distribución: Santa Cine. Duración: 72 minutos.

Momento de despedida:

La voz desde fuera de campo reivindica la lucha obrera y recuerda a los mártires de Chicago. La situación es un acto del 1ro de Mayo, donde se reúnen militantes del partido obrero. La cámara los registra en estilo documental y allí se insertará un personaje de ficción, que será sacado de la manifestación por un llamado telefónico. La conversación telefónica da cuenta de los arreglos por la contratación de un flete, de que ha fallecido la madre del joven y que necesita tiempo para desmantelar la casa porque desde su muerte no ha podido tocar nada.

Este prólogo de Alicia (segunda película del realizador argentino Alejandro Rath, luego del documental ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?, 2013); ya anticipa varias cuestiones: la adhesión del protagonista a ideas políticas de izquierda, que darán cuenta de su ateísmo religioso; la problemática de la desigualdad social entre los grandes capitalistas y la clase trabajadora y la temática del trabajo del duelo ante la pérdida de un ser querido, especialmente la madre, que es el de los primer vínculos afectivo. Estos elementos se irán entrecruzando a lo largo de la trama.

Jotta (Martín Vega) va vaciando con parsimonia y dificultad las distintas habitaciones de la casa de su madre. El encuentro con una foto de ella en medio de las hojas de una agenda, llevará la narración hacia atrás en el tiempo, metiéndose en los recuerdos del protagonista en torno a los últimos momentos compartidos con Alicia (Leonor Manso), su madre, cuando su cáncer ya se encontraba en una etapa avanzada, esa donde ya no es posible hacer nada más que paliar el dolor con morfina y donde la muerte aparece como una realidad cada vez más cercana.

La familia de Jotta es una familia de trabajadores, que recurre al hospital público para el tratamiento de Alicia, dado el alto costo de los mismos. Aquí el director aprovecha para dar cuenta de la mercantilización de la medicina, donde se pagan precios altísimos por prestaciones deficientes y también de la profunda desigualdad entre una medicina para ricos y una medicina para pobres, donde las condiciones de infraestructura, la escasez de medicamentos y de personal, influyen en la calidad de la atención brindada. En el caso de Alicia, además de su sufrimiento físico, tiene que soportar a una mujer a la que le han amputado la pierna (y no lo sabe), que grita llamando a los médicos permanentemente. Es claro que para Alicia se trata de sus últimos momentos, y que la muerte misma en tanto “para todos”, borra las desigualdades sociales y es cierto que no se trata de un mayor confort, lo que cambiaría su destino; pero no obstante insiste la pregunta: ¿No merecemos todos una muerta digna? Y será esta dignidad del sujeto ante la muerte lo que determinará que Jotta, con la cómplice ayuda de la enfermera (Paloma Contreras), decida en cierto momento sacarla del hospital y llevarla a su hogar. La decisión de Jotta de que su madre muera en su habitación, rodeada de sus cosas y sus afectos, se constituye entonces en un acto ético, en tanto no concierne al prejuicio moral de las buenas costumbres que estipularía como algo horrible morir en un hospital público, sino a la dignidad subjetiva.

La muerte es un agujero en trama de las representaciones, pues como ya lo dijera el viejo Freud, no hay representación de la muerte en el inconsciente. Ningún ser humano puede dar cuenta de la experiencia de la muerte, pues no la atravesó y quien ha muerto tampoco puede decirnos nada acerca de ella. Frente un acontecimiento como es la muerte, entonces, es inevitable que se conmuevan tanto las convicciones que uno tenía como así también que surja la necesidad de buscar respuestas que intenten explicar este suceso inexplicable. En este sentido, la muerte es el amo absoluto por excelencia, pues es la marca de un límite a nuestro goce y además no sabemos ni podemos calcular cuándo ni cómo acontecerá. En esta línea es interesante destacar el nombre de la protagonista: Alicia, que proviene del griego aletheia, que significa verdad. Alicia encarna entonces aquello difícil de soportar, la verdad de la castración, esa que de la cual generalmente no queremos anoticiarnos.

La muerte permanece entonces como un misterio, un enigma imposible de descifrar, pero que no obstante pone en movimiento al aparato psíquico en un intento siempre fallido por hallar respuestas a aquello que está por fuera de toda simbolización posible. Los padres de Jotta son intelectuales y militantes de izquierda y están separados hace ya un tiempo. Aunque Julio, su padre (Patricio Contreras), opera como un soporte que acompaña tanto a su hijo como a su ex-pareja, esto no ahorra el proceso individual que Jottta tendrá que realizar ante la inminente pérdida de su madre. Jotta aquí representa al héroe trágico que avanza solo en su periplo en busca de repuestas. De ahí que en cierta escena de ensoñación aparezca con los estigmas de Cristo. Jotta transita el calvario interior de quien afronta la muerte de un ser querido y se entrega al trabajo de duelo. Puestas en cuestión las convicciones políticas de izquierda, que nada pueden hacer y en nada pueden dar cuenta de la muerte de Alicia; Jotta peregrinará buscando consuelo en la trama simbólica ya dada por distintas religiones como ser la católica, la evangélica y la judía. En este punto, resulta interesante contrastar la posición de cada una respecto de la muerte: la creencia católica en la trascendencia en el paraíso y su devoción por los santos, la mercantilización de la creencia en la evangélica (destaca aquí la aparición estelar del pastor Giménez) y la mesura de la religión judía. Al final del recorrido Jotta obtendrá cierto aprendizaje y crecimiento, lo que permite situar la película en el terreno de las historias de iniciación.

Alicia, a diferencia de Jotta, es plenamente consciente del momento que está atravesando y lo acepta de manera pacífica (a pesar del sufrimiento físico) como un momento más de la vida. Nuestra posición a la hora de afrontar la experiencia de la muerte, en tanto acto último, dará cuenta de cómo hemos vivido y le dará un sentido a nuestra vida. Alicia dice que a una cierta hora los sonidos del hospital se van y aparece “el sonido de lo que queda”. Desde el punto de vista de Alicia, Rath aporta lo sobrenatural de la experiencia de la muerte para los que aún están del otro lado.

Es de destacar el acertado abordaje que Alejandro Rath realiza del tema de muerte. En ningún momento cae en la solemnidad ni el efectismo emocional de la tragedia y el melodrama. Jotta es un personaje contenido en sus emociones, tanto porque tiene que sostener a su madre como también porque a Rath le interesa enfatizar el proceso interior del protagonista. Además se permite el recurso al humor negro; y estos toques de comedia que funcionan muy bien, sin banalizar ni caer en la burla, permiten al espectador abandonar los pañuelos llenos de lágrimas y transitar la película desde el costado del disfrute y la reflexión.

La película en su estructura se construye en el cruce entre el realismo documental con que aborda la marcha de trabajadores, las distintas celebraciones religiosas, las particularidades del hospital público; y la ficción del proceso interior de Jotta y del vinculo entrañable con su madre, donde hibrida el drama, la comedia y hasta un viraje hacia lo onírico-fantástico en cierto pasajes y además juega con la alternancia temporal entre el presente y los recuerdos del pasado, volviéndola más rica e interesante.

Que la muerte sea un enigma al ser irrepresentable no implica sin embargo que algo pueda hacerse ante ella, pese a todo. El agujero que deja la pérdida de un ser querido e irrepetible como es la madre, no podrá ser colmado por ninguna otra persona, pero no obstante, un agujero puede bordearse, puede elaborarse mediante el trabajo de duelo, que consiste en poder ir tejiendo un entramado de ficción que permita trascender el dolor y continuar viviendo. Que Jotta pueda anticipar la muerte de su madre, implica que puede comenzar el trabajo de duelo antes de que acontezca la muerte en sí, pero no necesariamente que esté preparado para saber hacer con ella. Ninguna de las ficciones Prêt-à-porter tomadas de las religiones le servirán. Jotta deberá hallar su propia solución. Habrá entonces un pasaje desde una búsqueda de respuesta que es imposible desde el vamos, a la invención de una ficción que tejerá evocando los momentos felices compartidos, aquellos donde su madre le ha transmitido sus pasiones como son la militancia política y el cine.

El director Alejandro Rath ha expresado en la conferencia de prensa que uno de los disparadores de Alicia, fue el fallecimiento de su propia madre. En última instancia Alicia, no es sino el ejercicio en acto del propio trabajo de duelo del director. Alicia es la ficción cinematográfica que Rath se ha inventado, hallando un saber hacer con ese real imposible de soportar.

La película cuenta con un elenco donde destaca Leonor Manso y con el atractivo de ver a la familia Manso-Contreras trabajando juntos. Rath aborda un tema difícil y delicado. Su acierto es la decisión de incluir elementos de la comedia y de lo fantástico que le permiten eludir los clishés del dramatismo patético ante la muerte, sin perder por ello sensibilidad.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

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