05.08.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Años Luz, por Soledad Bianchi

(Argentina, 2017)

Guion y dirección: Manuel Abramovich. Elenco: Lucrecia Martel, Daniel Gimenez Cacho, Lola Dueñas, Gustavo Bohm, Juan Minujín, Daniel Veronese Marcelo Sein, Rafael Spregelburd, Matheus Nachtergaele, Nanego Lira, Evandro Melo. Producción: Benjamin Domenech, Santiago Gallelli, Matías Roveda, Manuel Abramovich, Lucrecia Martel. Duración: 72 minutos.

El placer de observar(la)

Diez años pasaron luego del estreno de La mujer sin cabeza para que Lucrecia Martel realice Zama, basada en el libro homónimo de Antonio Di Benedetto.  Manuel Abramovich, por una amiga en común, consiguió el mail de la directora y le propuso registrar el rodaje; ella, con humildad y algunas dudas, aceptó. Así surgió Años luz, cuya búsqueda no está enfocada en dar a conocer los pormenores de la filmación como se podría sospechar, sino en retratar a la responsable de esta  manifestación artística, para desentrañar desde un punto de vista privilegiado su esencia creativa. Gracias a la idea, perseverancia y agallas del director de Soldado, podemos sentirnos cerca de su naturaleza en acción, como nunca antes lo estuvimos y nada menos que al momento de realizar esta gran y esperada obra. Lejos de ser un making of, es un documental que comparte una experiencia única, un encuentro con una persona que admiramos (con sobradas causas), tanto nosotros como él, que dedica la preponderancia de sus encuadres  a descubrirla. Es estar ahí, en el detrás de escena que tanto intentamos  imaginar,  potenciado en su momento con El mono en el remolino, aquella crónica de rodaje que anticipó el propio estreno de la película. Es comprobar desde un vouyerismo ideal el fulgor que desprende su cine, ese toque imperceptible que sentimos al verlo, más allá del hecho estético. El resultado termina siendo una revelación, y al mismo tiempo, una ratificación de su genio.

La creación de un universo palpable es la mayor característica del cine de Martel, forjado desde una cadencia particular tanto en el transcurrir de las imágenes como en los textos, en el devenir de los personajes que se desenvuelven encerrados en su propio silencio, en el influjo del sonido que atraviesa las figuras y el paisaje , en el uso laberíntico del espacio. Años luz añade el vector que falta. Se dedica a dilucidar lo imperceptible, aquello que otorga una sensibilidad implícita, que no podemos explicar desde lo técnico o lo narrativo, sino que tiene correlación con la notable influencia personal y artística de la directora. Con una construcción que realmente termina emocionado, el documental refleja lo sintomático del arte, donde queda demostrada su capacidad para dirigir no solo una película, sino un equipo que está a disposición de la creación de su imaginario. La impasibilidad que mantiene aún en los momentos más tensos, su humor, su forma de ver y hacer las cosas, es de otro planeta. Con esto demuestra que formalmente sus obras son como es ella en su rol activo en dirección, en consonancia con el ritmo, la armonía, la profundidad que estas desprenden. Su labor se manifiesta completa, desde el trabajo con la cámara, los encuadres, la luz, el sonido, los actores, los diálogos. Años luz refleja su fundamental incidencia en cada rubro y la contemplación que ella impregna, verificando que el resultado es calculado, como si todo estuviese resuelto y fuera tangible aún antes de estar terminado, desde su propia percepción. Es inevitable pensar en Leonardo Favio en este punto. Sin embargo, hay una diferencia en la concepción: él, sabemos, lo hacía desde lo visceral, ella desde su capacidad sensorial, que aquí queda demostrada.

Luego de un escueto intercambio de mails directos entre el portador de la idea y la musa inspiradora que dejan en evidencia que la idea es ajena a la producción de la película, estamos en el rodaje, observándola a Lucrecia Martel en sus gestos, sus ademanes, sus preocupaciones, siempre con una mirada profunda y vehemente. Por momentos,  el personaje forastero parece no ser notado. Pero la presencia de Manuel está ahí a pesar de su omnisciencia, desde una cámara estática, donde el uso del teleobjetivo lo mantiene lejos, pero cerca. Él solo contra el mundo. Lucrecia demuestra por momentos el disgusto de su proximidad, de su existencia persiguiéndola desde el lente de su cámara atenta. Es así que deja constancia en más de una ocasión sobre la molestia que representa este invasor en su set, y hasta lo pone a prueba. Pero podemos suponer que la protagonista juega con esta presencia. Sabemos que accede a ponerse un corbatero, porque escuchamos su voz pese a la lejanía de la cámara. Al fin y al cabo, podemos creer aunque está atenta a un asunto de no menor importancia, este hecho la divierte y hasta quizás  también es consciente de la puesta en escena del documental, como algo dentro de su esencia que no puede evadir (de hecho sabemos que tuvo incidencia en el corte final del documental).

Años luz es cronológica a la filmación de Zama y va siguiendo la transformación de los escenarios y de los personajes. Los planos se dedican a contemplar el trabajo de la directora, pero también hay encuadres que muestran desde otro punto de vista la misma película con la voz en off de ella dando indicaciones, entre ensayos, repeticiones, hasta el resultado final. No quedan afuera las problemáticas que van desde un avión pasando, hasta un caballo que se escapa. Hay momentos sublimes, como la elucubración y la actitud de ella frente a algunas escenas o la intensa mirada a cámara de Daniel Giménez Cacho (Diego de Zama).  El uso del sonido es impecable, como corresponde a una película donde ella es la protagonista. Es así que Manuel Abramovich evidencia que el goce de disfrutar el cine de Lucrecia Martel se manifiesta por lo excelso de su técnica, por las historias cargadas de una densidad notable, pero también por algo más, que es su mirada ante el mundo. Por eso, el gran logro del documental es,  sin ánimo de spoilear, el sueño de conocerla en acción con el de fin de entender la magia silenciosa que desprende su filmografía, algo que no solo se disfruta plenamente, sino que también se agradece.

 

 

© Soledad Bianchi, 2018 | @soleddub

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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