12.02.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Antonio Gil, por Eduardo Elechiguerra

(Argentina, 2018)

Guion, dirección, producción y edición: Lía Dansker. Fotografía: Alejandro Nakano. Duración: 83 minutos.

La imagen de un muerto es muy poderosa

La devoción es una reverencia en gran medida invisible. Imaginamos por mucho tiempo que creer consistía en acudir a la misa dominical para escuchar el sermón del párroco y persignarse frente al ritual de la comunión, en medio de los feligreses. Pero Antonio Gil está apuntando a un vínculo más profundo con los santos, como si la fe se hubiese gestado inicialmente en los hogares.

Aunque la pregunta ¿quién es Antonio Gil? recorre todo el documental, la búsqueda de Lía Dansker elide la respuesta fácil. Más bien aprovecha para hermanar ese interrogante con la inquietud por la manera en que el ser humano cree a partir de la palabra. Las narraciones de cada entrevistado tienden más hacia experiencias personales con el santo antes que a un acercamiento histórico

Y la directora no opta por mostrar los altares de estos creyentes o sus casas, sino que construye una propuesta audiovisual para aludir a esta devoción íntima e invisible. Por una parte, sólo conocemos a los entrevistados por su voz. Escuchamos fragmentos de las que, imaginamos, fueron conversaciones sobre la experiencia de cada creyente con el Gauchito Gil. En cada voz intuimos una edad, un ritmo y una perspectiva precisas; pero prevalece la parsimonia acompasada con leves descubrimientos visuales.

Hay voces que escuchamos mientras la pantalla está a oscuras. Son las experiencias más fervorosas frente al santo. De pronto uno siente que estas palabras son dichas en medio de una sala a oscuras, como si se tratase de una fe a ciegas que pronuncia un salmo. Probablemente asemejar la experiencia cinéfila con la fe pueda ser sacrílego para algunos, pero ya las posibilidades asomadas por estos incisos a oscuras, como paréntesis para remarcar  la voz del creyente, son prueba fehaciente de que arte y religión están íntimamente ligados a la concepción de un ritual. Creer va más allá de ver. Es escuchar atentamente también. De hecho nunca vemos una imagen del Gauchito Gil, pero cómo no imaginarlo con cada una de las narraciones.

Y ya que estamos ante la evocación de un santo, tenemos que verlo de una manera, o siquiera intuirlo. Para esto, Dansker propone un vaivén visual. Cada pasaje de voces está acompañado por travellings hechos en el pueblo de Mercedes, en la provincia de Corrientes. Algunos de estos movimientos van hacia la derecha. Otros van hacia la izquierda. Y unos pocos, los de las procesiones, van hacia el espectador. Así pareciera de pronto que estamos en una embarcación en medio de un oleaje persistente y donde hay una escultura del Gauchito Gil que se bambolea con las olas. No es una imagen fortuita ya que es un ritual muy frecuente en los pueblos religiosos situados cerca de las costas. Lo paradójico en el caso del documental es que deje esta sensación con rituales de tierra firme.

Al final, la edición contribuye a esta idea de movimiento cíclico. Si bien la recurrencia demanda mucha paciencia, a medida que transcurre el documental se va manifestando una suerte de inconsciente colectivo en torno al santo Antonio Gil. Entre saludos a la cámara, el paso de carros, las procesiones y los eventos conmemorativos del gauchito; surge una complicidad de leves descubrimientos como si la rutina manifestara, entre la dinámica cotidiana, un vínculo con la manera de acercarse a esta figura. Algunas reflexiones de los creyentes, además, aprovechan para abordar la naturaleza comulgante de tal creencia. Como en un coro donde detallamos la voz y la mirada de cada integrante, Antonio Gil nos brinda el retrato a ciegas de una fe orquestada.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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