21.02.19
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Crítica: Arabia, por Carla Leonardi

(Brasil, 2017)

Guion y Dirección: João Dumans, Affonso Uchoa. Elenco: Aristides de Sousa, Murilo Caliari, Gláucia Vandeveld, Renata Cabral, Renan Rovida. Distribuidora: Cinetren. Duración: 97 minutos.

Esta es la historia de un laburante:

Un adolescente pedalea su bicicleta por la carretera. Al comienzo lo hace relajado, pero el camino es sinuoso y por momentos lo veremos pedalear con mayor esfuerzo. El plano general de una fábrica en funcionamiento de noche, nos sitúa en un pequeño pueblo del Brasil, que más adelante sabremos que es Ouro Preto, en el Sudeste de Brasil. Allí vive André (Murilo Caliari), que tiene dotes como dibujante y que desde la ventana de su habitación divisa el paisaje y la fábrica. Sus padres pasan temporadas afuera y lo dejan solo al cuidado de su hermano pequeño, que tiene problemas respiratorios. La escasez de la medicina del pequeño y de la leche para el desayuno, ya los sitúan en una condición social vulnerable, pese a que la juventud es la etapa de la vida de las promesas donde todos los sueños parecen posibles.

André, de tanto en tanto, recibe la ayuda de su tía Marcia, la enfermera del pueblo. Que la puesta en escena la ubique fuera de su auto justo debajo de la cruz del rosario que está en el interior del vehículo, la sitúa como la buena samaritana que asiste a los más vulnerables del pueblo. Será así que se ocupará del cuidado de Cristiano (Aristides de Sousa), un trabajador de la fábrica de aluminio que ha entrado en coma y este suceso hará que André tome contacto con el cuaderno en el cual fue volcando episodios de la historia de su vida, a pedido del taller de teatro de la factoría.

Este es el comienzo de Arabia (2017), segundo largometraje de la dupla de realizadores brasileños João Dumans y Affonso Uchoa, que tiene todas las características de una fábula lírica hibridada con elementos del road movie y del drama social.

Es interesante el recurso de que el testimonio escrito de Cristiano sea retomado por André, de quien sabemos que tiene dotes artísticas por su dibujos y su afición por la lectura, información que los directores nos hacen saber con los planos detalles de los dibujos y de un libro de Cortázar en su escritorio. De este modo, crean la ambigüedad de qué tanto de esa historia es la biografía que escribió Cristiano leida por André y qué tanto es la narración de ficción creada por André a partir de la notas que ha hallado. Al mismo tiempo, establecen cierta continuidad entre un personaje y otro. Es que Cristiano perfectamente podríamos considerarlo como un alter ego de André. André se encuentra en los comienzos de su vida donde todo parece posible, pero vive una dura realidad social donde resulta más facil creer en el demonio que en Dios (como le dice su pequeño hermano durante el desayuno), de manera que no es improbable pensar la historia de Cristiano, que relata sintiéndose viejo (aunque no lo es) y cansado, como la futura vida de André.

El tono literario que remarca el carácter de ficción, alejándose así del documento social, es preservado por los directores mediante el recurso de la voz en off del narrador en primera persona de Cristiano, narrando elementos de su peripecias y reflexiones sobre su vida, sin resultar excesivo ni tedioso. Estos pasajes están bien matizadas con la ficción y los momentos musicales que van puntuando los elementos emocionales de la trama con música tradicional de estilo country, ya sea que se trate de la protesta social o del melodrama amoroso, siempre teñidos de una aura de melancolía y de saudade propia del aire del Sertón brasileño. De esta manera los directores en cierto sentido, logran trasponer el imaginario de Joao Guimaraes Rosa respecto de la dura vida del yagunzo en el sertón al contexto actual de la vida un trabajador precarizado en épocas de políticas neoliberales.

La historia de Cristiano comienza en los suburbios de la ciudad de Contagem (Belo Horizonte), cuando, sin nada que perder y que temer, realice fallidamente con un amigo el robo de un auto, de lo cual resultará su paso por la prisión durante un año y unos meses. Aquí ya podemos pensar la estructura del camino del héroe que cae en desgracia y que luego de aprender la lección, emprendería un camino de redención. Cristiano cuenta que luego de salir de la cárcel, al comienzo creía que trabajo lo dignificaría y lo redimiría. Así se transforma en lo que podemos llamar un trabajador golondrina, moviéndose siempre donde aparezca una oportunidad laboral, y aquí es donde la película toma el sesgo de la road movie. Cristiano siempre camina a la vera de las rutas y sube a camiones que lo dejan en parajes cercanos. El camino toma entonces la dimensión metáforica del camino de la vida y el camino del héroe, donde el mismo nombre de Cristiano lo constituye como un personaje con características cristicas. En su periplo, soportará la explotación y humillación del patrón de la finca donde recolecta mandarinas, soportará la dureza del trabajo en la construcción de una autopista, insistirá cargando el peso de los males del mundo cuando trabaje en la descarga de camiones, hasta dar con un trabajo con mejores condiciones en una fábrica textil, donde conocerá el amor. La relación con Ana (Renata Cabral), empleada administrativa, será el mejor momento de su vida, hasta que ella pierda un embarazo. En momentos de crisis, una mujer lo que más necesita son las palabras de amor de su partenaire. Cristiano, acostumbrado a ser fuerte y al trabajo duro, no podrá emitir palabra alguna y su silencio hermético será lo que determine el distanciamiento entre ambos.

Será así como finalmente terminará trabajando como peón en la fábrica de aluminio de Ouro Preto. Pero a esta altura, ya no será el joven optimista del comienzo. La puesta en escena lo enmarcará en la ventana, marcando el encierro en la precariedad social cuando caiga en la cuenta de que la idea de progreso o ascenso social por medio del trabajo es un engaño, la quimera de un futuro mejor que nunca llega; cuando el sistema está planteado para que sigan ganando los mismos pocos de siempre. Ouro Preto se convierte entonces en la Arabia del título, que refiere a un chiste entre obreros que revela el espejismo del oasis en medio del desierto.

En Arabia no hay redención posible (al menos en esta vida), cuando los vínculos están mediados por el capital. Un aura de amargura y desaliento se instalará al final. Mediante la historia de Cristiano, los directores aciertan en su intención de visibilizar la vida de tantos obreros que son olvidados por la política neoliberal, ya que lo hacen sin caer en golpes bajos ni en un estilo panfletario al acentuar el lirismo de la imágenes, las palabras y el sonido, lo cual se hace más evidente en el tramo final.

calificacion_4

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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