01.02.19
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Crítica: Beautiful Boy: Siempre serás mi hijo (Beautiful Boy), por Marina Locatelli

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Felix Van Groeningen. Guion: Luke Davies, Feliz Van Groeningen. Elenco: Steve Carell, Timothée Chalamet, Maura Tierney, Julian Works, Timothy Hutton. Producción: Dede Gardner, Jeremy Kleiner. Distribuidora: Diamond. Duración: 120 minutos.

A su pesar

¿Existe mayor impotencia que no poder ayudar a un hijo? Si para un padre, desde el comienzo mismo, resulta desesperante no calmar el llanto de un recién nacido, no saber si tiene hambre o sueño, cuán inconmensurablemente más trágico es no ser capaz de socorrerlo de estar su vida en juego. ¿Es posible un sentimiento más desgarrador? Uno desearía robar el dolor de los hijos, llorar en su lugar, sufrir en su lugar, hasta morir en su lugar. Hay algo de la magnitud de esta fatalidad que Beautiful Boy triunfa en transmitir de tanto en tanto… a pesar suyo. Y es a pesar suyo porque en muchas ocasiones la sutileza dramática y la potencia emocional de algunas escenas se ven ahogadas en un mar de florituras vacuas. Aquellos momentos que logran salir a flote (los hay y son varios) hablan de lo que pudo ser y no fue debido, en particular, a un erróneo afán de sofisticación mal entendida.

La película –basada en hechos vividos por un padre y un hijo (publicados en sendas memorias)– relata la adicción a las drogas, sobre todo a la metanfetamina, de un muy joven Nic Sheff (Timothée Chalamet) y la lucha de su progenitor, David Sheff (Steve Carell), por tratar de ayudarlo en sus recaídas, internaciones, desintoxicaciones y demás. Como un patchwork, esas mantas americanas que se cosen uniendo retazos de tela disímiles, así la narración, que comienza in medias res, va entretejiendo diferentes y breves recuerdos, sin orden cronológico aunque privilegiando las reminiscencias del personaje de Carell. Algunos son recuerdos de situaciones felices, idílicas. Allí la relación filial se pinta indestructible, ideal, envidiable. Pero otros, muchos otros, son de una tristeza profunda, descarnada. Y, de vez en cuando, algunos de ellos se manifiestan con una exuberancia dramática rica en matices.

Comentaba una crítica de cine amiga, luego de ver el film, que la música es un protagonista más de la historia; que funciona aquí como otro personaje. No le falta razón. Sin embargo, esa importancia radical conferida por los realizadores lastra el relato y lo acerca a todos esos clichés de películas de adicciones que tanto ha tratado de evitar. Es verdad que no hay golpes bajos; es verdad que hay diálogos logrados; es verdad también (aunque haya opiniones en contrario) que, si bien los protagonistas pecan, quizás, de cancheros y progres, las actuaciones son ajustadas (Carell mejor que Chalamet y Maura Tierney mejor que todos), pero la música…

La banda musical reitera, comenta, subraya cada escena. La música –todas hermosas canciones, cierto– es de una insistencia agotadora que no hace más que borrar con el codo la delicadeza conseguida con la mano. Por su culpa, en ciertos momentos de la puesta en escena lo sutil deviene en el famoso trazo grueso. El problema parece ser que el director y su equipo decidieron que EL recurso creativo, ingenioso, astuto era sumar capas de significación mediante la utilización de la música (idea sumamente original, por otra parte) y, una vez de acuerdo en esto, no pararon hasta el último minuto de metraje. Entonces, la película que comenzaba con mucha fuerza se va desinflando a paso seguro y el uso de la música, que resultaba atractivo en un principio,  termina agotando (al recurso y a los espectadores) por su repetición desmedida. Beautiful Boy parece esforzarse demasiado en ser inteligente y, disculpas por la mala palabra, cool. En cambio, a su pesar, hace sospechar de cierta ñoñería.

 

 

© Marina Locatelli, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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