07.01.20
Cine _ Estrenos

Crítica: Cats, por José Tripodero

(Reino Unido, Estados Unidos, 2019)

Dirección: Tom Hooper. Guion: Lee Hall, Tom Hooper. Elenco: Francesca Hayward, Judi Dench, Jennifer Hudson, Jason Derulo, Ian McKellen, Idris Elba, Rebel Wilson, Taylor Swift, Robert Fairchild. Música: Andrew Lloyd Weber. Dirección de Fotografía: Christopher Ross. Producción: Tim Bevan, Tom Hooper, Debra Hayward, Eric Fellner. Distribuidora: UIP. Duración: 110 minutos. 

Inefable

El problema mayor de Cats está en la operación transpositiva, es decir en el pasaje del musical teatral a un musical realista mainstream. El realismo, en un musical en el que todos los personajes son gatos que bailan y cantan, no podría ser más que la idea del enemigo o un riesgo suicida tomado por ejecutivos a la caza de un éxito inmediato. El teriomorfismo de los actores y actrices, al encarnar a gatos, tiene una perfección que opera en un sentido opuesto al buscado, el realismo del CGI no hace más que desnudar el truco ficcional porque, además, tal transformación no es completa ya que las manos y los pies son perfectamente advertibles en numerosos planos. Decisión poco menos que risible si pensamos que el género musical parte del artificio más profundo, y si el realismo es el tono elegido para un escenario dentro de otro, ¿por qué se elige hacer a medias lo verdadero y lo sintético?  

En Golpe al corazón (1982) Francis Ford Coppola construyó un set para recrear la ciudad de Las Vegas, lo que podía entenderse como una ecuación de artificio al cuadrado. Tom Hooper, que es un director mucho más limitado, no tiene la destreza para el trash que sí mostraba FFC para hacer un musical donde sus personajes cantaban y bailaban mal en un contorno de luces de neón con los espacios icónicos de la “ciudad del pecado” de fondo. La diferencia entre ambas películas es el tono, en Cats se canta durante todo el metraje pero se teatraliza cada palabra, se la pronuncia fuerte, se gestualiza al borde del ridículo y, lo peor de todo, se cree de verdad absolutamente todo lo que se dice. Las canciones, lejos de tener alma (una palabra clave dentro de la narración), se ajustan a la fórmula del género musical, están bien anquilosadas a esa pertenencia del Broadway más clásico, sin un gramo de particularidad. Todos los intérpretes parecen salidos de algún reality del estilo American Idol, en el que tienen por criterio que un participante canta bien porque sostiene lo más alto posible una nota. Así son todos los momentos en este bochorno: ruidosos, saturados de color (no existe la dirección de fotografía aquí) y cargados de personajes que siguen una coreografía igual de prefabricada, extraída de cualquier góndola de Broadway o, mejor dicho, de alguno de los tantos musicales de Andrew Lloyd Weber, que es por supuesto el autor original de la obra en la que se basa la película.

Momentos de vergüenza son los que sobran pero uno de los favoritos será, sin dudas, el de la presentación del personaje de Ian McKellen, un gato actor (¿?) que es introducido en plano lamiendo leche de un tacho. No hay que dejar de mencionar el número de Rebel Wilson (qué año, si pensamos también en su papel de Jojo Rabbit…) en el que aparecen cucarachas humanizadas y adiestradas por su personaje, que reúne los lugares comunes de una gata obesa y torpe a la que cuesta moverse. En Cats todas las fallas posibles chocan entre sí, aunque Tom Hooper (no hay que olvidar el nombre del responsable de este engendro) se supera con la asquerosidad que rodea a algunas escenas, no solo en la de Wilson sino también en la de la presentación del personaje de James Corden. Como si no fuera suficiente con estos dos nombres sobrevalorados del espectáculo anglosajón más vernáculo, aparece nada menos que Jennifer Hudson para sufrir una y otra vez con su canción Memory que suena ¡tres veces!, Acaso buscando generar un efecto de inducción al lagrimeo. Cada versión es más pomposa, empalagosa y estruendosa que la anterior, sin ahorrar lágrimas y mocos en detalle. Si hablamos de cámara, no se puede entender el uso de movimientos frenéticos en algunos pasajes como si se estuviera narrando un documental de guerra.

La última pregunta que surge de este aborto artístico es: ¿Cuán diferente es el musical de donde salió el texto fuente de esta película? El género musical teatral tiene sus procedimientos y dimensiones bien delimitados, y dentro de sus características está el trazo grueso con el que se pintan las situaciones y los acontecimientos. El cine no es teatro, los intérpretes no necesitan gritar y exagerar sus movimientos porque los espectadores vemos y escuchamos lo mismo más allá de la distancia con la pantalla, lo que no sucede en el escenario teatral. Cats exacerba las desventajas del pasaje del teatro al cine, no diferencia entre la dinámica de un espacio fijo y el lenguaje cinematográfico. Lo que sucede en varios espacios podría suceder en uno y eso es un (nuevo) problema que se suma al pilón. Si algo más podría pasarle a esta tragedia (porque ni siquiera da para la comicidad involuntaria) es que todas las canciones, con el objetivo de hacerlas rimar, tengan las referencias alteradas y los sentidos cambiados en su versión subtitulada al castellano.

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© José Tripodero, 2020 | @jtripodero

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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