07.12.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Colette: Liberación y deseo (Colette), por Fredy Friedlander

(Reino Unido, Estados Unidos, 2018)

Dirección: Wash Westmoreland. Guion: Richard Glatzer, Wash Westmoreland, Rebecca Lenkiewicz. Elenco: Keira Knightley, Dominic West, Fiona Shaw. Producción: Elisabeth Karlsen, Pamela Koffler, Michel Litvak, Christine Vachon, Gary Michael Walters, Stephen Wooley. Distribuidora: Diamond. Duración: 111 minutos.

Sidonie-Gabrielle Colette nació en 1873 en Francia (Saint-Sauveur, Bourgogne) y falleció cuando ya había superado los ochenta años de edad. Colette: Liberación y deseo es una típica biopic aunque en verdad solo cubre la primera mitad de su vida, dada la multiplicidad y la riqueza de los eventos que marcaron su existencia.

Sorprende que no haya sido la cinematografía francesa quien se ocupara de la vida de una de las más populares escritoras de dicha nacionalidad. Y en verdad, entre los escasos reparos que se le pueden hacer al film está el hecho de que se vea a la protagonista escribiendo en su idioma, aunque hablando en inglés.

Se puede entender la concesión al haber recaído el rol en la muy inglesa Keira Knightley. No es, por otra parte, la primera vez que ella debe interpretar a un personaje de otra época. Ya lo había hecho con figuras reales (La duquesaAna Karenina) y de ficción (Orgullo y prejuicioExpiación, deseo y pecado).

La Keira Knightley que ahora vemos en pantalla es una actriz que ha madurado, no tanto física como interpretativamente. Y es que el personaje real de la célebre escritora de las cuatro novelas con un mismo personaje (Claudine) desbordó por su carácter y personalidad en la primera mitad del siglo pasado, cuando aún la liberación de la mujer era fuertemente rechazada por las sociedades machistas de la época.

Su temprano casamiento con Willy  (un Dominic West virtualmente irreconocible tras su espesa barba) se produjo cuando ella todavía no conocía los detalles de la vida mundana y extraconyugal de su marido. Pero incluso más grave y difícil de soportar le resultaba tener que actuar de ghost writer en las novelas fuertemente autobiográficas que se publicaban bajo el nombre del esposo.

Cuando uno investiga la personalidad del que en verdad fue “más un empresario literario que un escritor”, en palabras de un amigo de la infortunada joven, descubre que era un personaje vil, algo suavizado en la versión fílmica que entrega el director Wash Westmoreland (codirector con Richard Glatzer de Siempre Alice, aquí coguionista).

Lo que en cambio parece ser fiel a la verdad es la actitud que Willy adoptó frente a la bisexualidad de su cónyuge. En realidad solo era celoso cuando algún hombre la merodeaba, pero en cambio toleraba -casi podría decirse que alentaba- los vínculos femeninos de Colette. Los personajes de Missy,  marquesa de Belboeuf, y de Georgie Raoul-Duval efectivamente existieron y las escenas lésbicas están filmadas sin ningún tipo de concesión, encontrándose entre los logros mayores de la obra.

Otro aspecto que sobresale es la reconstrucción de la vie parisienne en la primera década del siglo pasado, plena Belle Époque. El célebre y más que centenario Moulin Rouge luce al tono de  como seguramente se mostraban en dicha época los espectáculos de music hall, de los que la protagonista era adicta. El mimo Georges Wague efectivamente fue su coach, destacándose una escena en que ella representa una obra ambientada en el antiguo Egipto. La música fue compuesta por Thomas Ades y en la banda sonora se escucha una pieza de Erik Satie muy utilizada en el cine (“Gnosiennes N° 1”).

Menos interesantes resultan las secuencias en la casa de campo. Mientras vivía allí, Colette aún creía en la generosidad de su marido, quien se la pasaba con amantes. Pero como bien le advierte Missy cuando le dice que “Willy te da mucha libertad pero en verdad te pone una correa larga”, luego se confirmará que nada era lo que parecía.

El divorcio llevó varios años y de ello y muchas cuestiones más el espectador se entera por los títulos finales. Lo que no está en la película son los últimos cuarenta años de vida de la escritora, que decidió abandonar a Claudine y escribir La vagabunda, primera obra que lleva su firma y donde se describe su época de vaudeville. Seguramente se refirió en esa novela a la situación que vivió cuando en una representación teatral (que sí está en la película) protagonizó una escena subida de tono para la época. La misma terminó con un  público airado que la increpó con palabras como “degenerada” y “homosexual”.

Para quienes se interesen en detalles de los últimos años de Colette vale señalar que se casó dos veces más y que su obra más famosa, no mencionada, es Gigi, que tuvo una primera versión francesa en cine. Luego pasó al teatro con una actriz aún poco conocida que ella seleccionó (una tal Audrey Hepburn) para finalmente convertirse en un film ganador de nueve Oscars, dirigido por Vincente Minnelli con Leslie Caron y Louis Jourdan en 1958. Colette había muerto tres años antes…

 

 

 

© Fredy Friedlander, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.