22.01.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Un continente incendiándose, por Eduardo Elechiguerra

(Argentina, 2017).

Guion y dirección: Miguel Zeballos. Producción: Soledad Laici, Juane Paoletta. Música: Lola Linares. Fotografía: Luis Miras Vegas. Duración: 72 minutos.

Caminé tanto que empecé a caminar por el aire

Pasan varios minutos de Un continente incendiándose para que escuchemos la voz de algún ser humano. Y cuando ocurre, no es ni siquiera una palabra, sino una suerte de llamado matinal que pareciera dispuesto a despertarnos del letargo frente a la expectativa de que las palabras guíen la imagen.

Sería fácil decir que el documental se sitúa en la Patagonia y rastrea la vida de Mercedes Muñoz, una mujer solitaria que cuida su rancho y los animales que viven ahí. Pero esto no basta. La crudeza palpable en el retrato del día a día de esta mujer nos permite sentir que el director está apelando a la soledad de sus días y que, a partir de esta ausencia, conocemos algunas de sus experiencias pasadas.

En ese sentido, no es gratuito que lo primero que escuchemos sea esa suerte de llamado que hace ella misma (¿a los animales, a la naturaleza desolada?). El canto será uno de los motores de la película como una manera de buscarle un ritmo a la soledad. Y Zeballos emprende por su cuenta una búsqueda poética entre la escasa narración y ciertos fragmentos del entorno que está filmando.

Lo curioso es que este esbozo de poética no resulte distante. Más bien le brinda intimidad al documental, haciendo tan cercana la figura de la mujer que esta parece un pasado remoto personificado en una abuela. Por momentos, la película alca mlnza tanta ternura que esta mujer podría ser un familiar cercano del realizador. Y ternura acá no quiere decir empalagarnos por lo emotivo, sino una conciencia del dolor que nos brinde una alegría fugaz. Como reflexiona la escritora Victoria de Stefano en sus diarios: “La ternura es un amor con dolor, con temor; temor ante lo que pueda sucederle a los que amamos. En la ternura rogamos por la inocencia, por todo lo que ella tiene de incauto y desprevenido”. ¿No son estas impresiones las que nos dejan la mirada de Mercedes?

Como si se tratara de una elegía del porvenir incierto, la música de Lola Linares acompaña los pasajes donde están presentes las reflexiones sobre el cine o lo vital. Es posible que esta sea la decisión más tradicional en la película, lo que le brinda un ritmo fragmentario pero poco amalgamado. Dentro de la historia y fuera de ella, la música se convierte en un soporte ocasional para que las imágenes encuentren un asidero.

Y aún en el vasto silencio terrenal y las contadas veces que Mercedes canta, el documental crea un vínculo con ella, con lo que conocemos de ella y lo que ignoramos. En medio de la rutina totalmente ajena a lo citadino (miramos con pudorosa atención cómo despluma una gallina degollada), los traspiés de la película en cuanto al ritmo la convierten en una experiencia similar a detallar una piedra: en apariencia indescifrable, hay rasgos que nos permiten, ya no entenderla, sino palpar qué la hace térrea e imperfecta.

 

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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