05.06.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Cuando dejes de quererme, por Carla Leonardi

(España, Argentina, 2019)

Dirección: Igor Legarreta. Guion: Javier Echániz, Asier Guerricachebarría, Ion Iriarte. Elenco: Flor Torrente, Miki Esparbé, Eduardo Banco, Joaquín Climent, Eduardo Blanco. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 102 minutos.

El (des)amor al padre:

En la Buenos Aires del presente, Laura despierta en medio de la noche, sentada en una silla en un hospital. Su padrastro ha muerto, y antes de dejarle su abrigo a una religiosa para los más necesitados, encuentra en el bolsillo una carta de él dirigida a ella. La lectura de la carta, con la voz en off del padrastro diciéndole que tiene que contarle algo cuanto antes, relacionado con la llamada que recibió desde España en el año 2002, construye la película como un gran flashback. En ese entonces, su tío materno Martín (Kandido Uranga) le anunció que habían encontrado el cadáver de su padre biológico en un bosque en las cercanías de Durango (País Vasco), enterrado y con un balazo en la cabeza. Este es el comienzo de Cuando dejes de quererme (2018), ópera prima del realizador español, Igor Legarreta. A partir de ahí el espectador será testigo de la investigación que tanto Laura Careaga (Flor Torrente) como su padrastro Fredo (Eduardo Blanco), emprendieron para dar cuenta de las circunstancias del asesinato de Félix Careaga (Eneko Sagardoy), hasta la revelación final, nuevamente en el presente, con el cierre de la carta.

La madre de Laura falleció hace 5 años. Lo versión sobre su padre que tuvo durante toda su vida fue que había abandonado a su madre y a ella cuando tenía 3 años y que estaba desaparecido. La aparición de su cadáver, treinta y tres años después, puede cambiar la versión que Laura tenía de él y muy especialmente cuando sepa que su padre había contratado un seguro de vida (cuya beneficiaria pasa a ser ella), prueba de que sabía que iba a morir pronto. ¿Quien mató a Félix Careaga? Félix fue asesinado en el año 1968, época de guerra civil entre las fuerzas del General Franco y la guerrilla separatista. A la vez, salen a la luz pasiones amorosas ocultas. Cada miembro del entorno familiar deviene sospechoso a medida que se desnuden esos secretos del pasado que estaban enterrados.

La costumbre vasca de usar amuletos contra el mal, el paisaje vasco cubierto de neblina, la atmósfera de pueblo chico en el que todos se conocen y la arquitectura gótica del convento siembran un aura misteriosa e inquietante, adecuada para el tono del clásico policial de enigma. La puesta en escena identifica a Laura con un tapado color rojo, situándola en el lugar de quien padece las distintas revelaciones, lo cual llega a su clímax dramático en la escena de la lluvia, cuando el pasado le devuelva la imagen de un padre poco amable y frágil en cuanto a sus principios éticos y morales. La recreación de las distintas hipótesis, yendo más atrás en el tiempo hacia los años 60, es apropiada en lo que hace al vestuario, las locaciones y el tratamiento del color, dando cuenta de lo añejo, nostálgico y oscuro de aquellos años.

La trama policial mantiene el suspenso a partir de la intriga y sus reveses, donde el acierto es no terminar de revelar totalmente la incógnita hasta llegado el final, aunque por momentos, con tantas idas y venidas, puede llegar a marear al espectador. Aquí funciona con acierto la escena en clave paródica donde Fredo, jugando al detective, realiza el esquema de los sospechosos en el pizarrón ordenando la información y las teorías al momento. Los pasajes de humor son aportados también por Fredo cuando oficia de casamentero en el romance entre Laura y el agente de seguros (Miki Esparbé), porque lee sus destinos cruzados entre Buenos Aires y Durango como una predestinación. Esta trama solo funciona al servicio de matizar los momentos de tensión, sin aportar mucho más.

El policial de enigma es aquí un modo de acercarse a la cuestión del enigma; no del asesinato del padre sino de su goce. Esta linea narrativa es el corazón de la película y la más interesante. En apariencia, Fredo sería quien sostuvo el rol del padre para Laura, mientras que Félix habría sido un padre cobarde que la ha abandonado, pero como siempre, las apariencias engañan. Por otra parte, también se sitúa el conflicto de Fredo para ubicarse en tanto padre a la sombra de un muerto, que resucita y que podría coagularse en una imagen idealizada. Pero el padre siempre falla, y no se trata en absoluto de que sea perfecto en tanto imagen, sino que lo que importa al final es que haya estado a la altura de su función. Eso, a fin de cuentas, es lo que lo hace merecedor del respeto y el amor de un hijo.

Más allá de algunas frases hechas y subrayados innecesarios en el tramo final y lo desparejo de las interpretaciones del elenco, donde se destaca Eduardo Blanco; el telón de fondo de la guerra civil española y la puesta en escena ominosa son adecuadas para enmarcar este policial de enigma que indaga en los actos heroicos o abyectos a los que un padre puede estar dispuesto por amor, así como en las complejidades de la relación paterno-filial.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

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