27.11.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Dolemite is My Name (Netflix), por Aldo Montaño

(Estados Unidos, 2019)

Dirección: Craig Brewer. Guion: Scott Alexander, Larry Karaszewski. Elenco: Eddie Murphy, Keegan Michael-Key, Mike Epps, Craig Robinson, Snoop Dogg. Producción: John Davis, John Fox, Eddie Murphy. Duración: 117 minutos.

Hay una cosa que me viene pasando con algunas películas. Les percibo cierto tipo de consciencia; parecen pensadas a partir de lo que se puede decir sobre ellas, a partir de cómo pueden ser vendidas. Dolemite Is My Name es un buen ejemplo. Es una película que por un lado marca una suerte de regreso para Eddie Murphy, un actor tan querido como alejado de sus días de gloria, con una carrera que venía en fade out (su último protagónico es de hace tres años en una película ignota). Acá lo podemos ver en gran forma actoral y el papel de Rudy Ray Moore parece tallado a su medida: un comediante negro que durante los setentas encuentra en el cine una herramienta para desplegar su histrionismo con desenfado explícito. 

Moore aspira a convertirse en un artista y divertir a los suyos. En un momento decide recolectar las historias de diferentes homeless para adaptarlas a un show propio. Esos tipos de la calle son juglares urbanos que saben cómo entretener a la gente con historias que mezclan sexo y humor. Gracias a esas performances Moore se hace una carrera, edita discos, hasta que se mete en el cine y crea a Dolemite, un proxeneta experto en kung fu que se convertirá en ícono del blaxpoitation.

Cuando Eddie Murphy se mueve, baila y ríe apretando los dientes parece indestructible. Es imposible no comprar de inmediato, realmente se agradece verlo en pantalla. Pero su presencia es la única virtud de esta película, y termina dejando en evidencia la flaqueza de todo lo que lo rodea. Todo resulta un poco hueco, vacío, como uno de esos decorados baratos de las películas que pretende homenajear.

Netflix encargó el guión de esta película a Scott Alexander y Larry Karaszewski, los mismos que escribieron Ed Wood. La comparación entre el director de Plan 9 y Rudy Ray Moore queda servida: trazar el paralelo entre dos hombres que hicieron películas “malas” que terminaron siendo de culto. Ese es el tipo de consciencia de la que hablaba al principio de esta nota. Da la sensación de que los productores crean, con ciertas decisiones, una recepción premeditada de la película. Por ejemplo, en esta parte de la nota habría que comparar a Ed Wood con Dolemite. No es que sea algo malo, es la manera en la que se venden ciertas producciones, pero a veces se nota mucho. Esto me hace recordar algo que Diego Trerotola escribió en Twitter hace pocos días: “La crítica no es una guía de consumo, es una forma de escritura”.

Si a Dolemite le miramos más allá de sus argumentos de venta, no queda mucho para rescatar. Su ambientación de época, hablando estrictamente del trabajo con las imágenes, se reduce a pasar todo por un filtro sepia. Esa es la manera en la que la película hace referencia a que es de otro tiempo y la verdad es un recurso tan barato, más cuando los setentas se han representado tan bien mediante colores brillantes y luces, que resulta molesto y no hace más que demostrar una desidia importante.

Un momento especialmente torpe en la película es cuando, antes de un gran estreno, Dolemite pasa a buscar a Lady Reed, una actriz XXL que descubrió en un bar. Ella, mientras le toma la mano, le agradece a Dolemite por la oportunidad que le dió porque nunca había visto antes un cuerpo como el suyo en el cine. El diálogo queda subrayado, con demasiado énfasis, como si hubiera un cartel enorme indicando “acá hay corrección política”.

El personaje interpretado por Eddie Murphy es muy carismático pero cuando se mete en el mundo del cine el único mérito que podemos reconocerle es su entusiasmo. Siempre se topa con alguien que conduce su camino y le dice qué es lo mejor que puede hacer. Primero cuando se encuentra con un guionista que, como si fuera el profesor de un taller de escritura, le sugiere que hable sobre lo que realmente conoce. No hace falta que invente mundos, sus experiencias con gangsters y prostitutas son un material suficientemente rico para ser explorado. Después está Lady Reed, quien le dice que debe hacer sus películas confiando en su sentido del humor. En este aspecto la película es muy honesta y no fuerza mostrar a Moore como un hombre apasionado por el cine. Para él, el cine solo era un intrumento para su fin, y en eso la película es muy honesta. La escena del final representa muy bien esta idea: cuando Dolemite prefiere entretener a las personas que esperan afuera en vez de ingresar a la sala, de alguna manera queda claro que Moore no pertenece al cine, pertenece a su gente.

 

 

© Aldo Montaño, 2019 | @aldomontagno

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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