08.01.19
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Crítica: Dragon Ball Super: Broly, por Pedro Seva

(Japón, 2018)

Dirección: Tatsuya Nagamine. Guion: Akira Toriyama. Elenco:  Sean Schemmel, Christopher Sabat, Vic Mignogna. Distribución: Fox. Duración: 100 minutos.

La piña legendaria

¿Qué es una buena piña? ¿Esa que destroza quijadas y desparrama dientes, o acaso es esa de carácter silencioso, de las que duelen menos por el impacto recibido que por el propio hecho de proferirlas?

Una buena piña debe valerlo todo. Es una cesura, un corte fortuitito con lo que se golpea, un “yo soy esto y no lo otro”, una buena piña es un acto político. Jamás voy a olvidar la piña perfecta que McLagen le lanza a Wayne en El hombre quieto, un K.O. instantáneo que deja al Duke tragando polvo irlandés. De todas formas, esta piña viene acompañada de otra, su gemela y predecesora, la piña que en su oscuro pasado Wayne le atinaba a un anónimo boxeador sobre el cuadrilátero, matándolo. El contraste entre estas piñas siempre me cautivó; mientras que la primera es una piña confinada al pasado, carente de sentido y destinatario concreto, la segunda es clave en la oposición raigal de la película: el materialismo monetario que Mclagen suele interpretar en los films de Ford (v.g. El informante) versus el idealismo acérrimo del Wayne fordiano.

En la sucesión de estos estados (en El hombre quieto, puestos en escena mediante estos diversos tipos de piñas) se encuentra todo el ideario fordiano, aunque nos falta identificar un tercer estado, último y superador. Del hacer carente de sentido y enmarcado en el pasado (la susodicha piña profesional en el ring, el caballero del sur confinado al limbo de las apuestas en La diligencia o la misión perdida de Siete mujeres) se parte a una disputa privada. Aquí entra en escena la pelea entre el idealismo usualmente interpretado por Wayne(1), contra el materialismo más férreo (monetario, legal y político -según el film-). En Ford, estas visiones de mundo chocan, se enfrentan y marcan el devenir de acciones y personajes, por eso, hay piñas. Pero una vez que este estado dual/individual, privado, se resuelve, se arriba a un estado superior. Ya las piñas no se dirigen a la nada, ni mucho menos a un opuesto ideológico, en cambio, se tornan un asunto ético-social, global y plenamente fundacional.

El inciso fundamental es: para que haya piñas, primero debe haber sentido. Esa piña del pasado, recordada a medias y puramente mortífera, debe ser dejada de lado (y no por nada invitan al autoexilio de Wayne a esa Irlanda irreal), mientras que esa serie de piñas encontradas, finales y vueltas asunto local y enraizadas en el juego (ya no en el deporte) es la que elije Ford para curar el sinsentido originario de la piña por la piña, y de la eventual piña como asunto privado e individual. En Ford siempre hay algo que se une para dejar fuera otra cosa, lo paradójico es que lo que aquí se deja afuera es una modalidad del mismo proceder. Las piñas que dividen acaban por unir, convertidas en un juego legendario entre cuñados y ciudadanos.

Si una buena piña se amprara contra el sinsentido y transforma un gancho mortífero en un apretón de manos, ¿Qué sería una mala piña?

Concurso de belleza

Una mala piña no vale nada, puede ser un único golpe endiablado como el que le atinaba Wayne a ese don nadie, o una sarta de cachetadas perpetuas, como la mayoría de golpes que vemos en Dragon Ball Super: Broly. Hay razones para las piñas: el padre de uno destierra al hijo del otro, uno quiere ser el mejor luchador de todos, etc. Pero estas razones son más excusas que otra cosa. Las peleas, siendo el plato fuerte de esta película, son terriblemente ordinarias, no porque estén mal coreografiadas o animadas, el problema reside en que cada piña vale menos que su inmediata antecesora. Los luchadores no evidencian un cambio en su trayecto, en su devenir, por lo que sus piñas e intenciones se desdibujan con el correr de los minutos. Y lo que es peor, las mínimas variaciones que sí atestiguamos están confinadas a propósitos únicamente cosméticos.

Las piñas lanzadas no cambian a los personajes ni a las relaciones entre estos, en cambio, el único tipo de variación que aquí observamos es a través de diferentes tinturas de cabello, la aplicación de aritos especiales y la utilización de coreografías específicamente ensayadas, ¡Un verdadero concurso de belleza!

De todas formas, la película funcionaría si estos aditamentos sirviesen para algo, si al cambiar el pelo color rubio a negro descubriéramos algo diferente (mal que bien con este simple cambio opera Vértigo), pero las peleas permanecen inmutables. Uno adquiere una nueva tintura, golpea a otro varias veces, se rompe un poco el escenario de batalla (para esta película se eligió el polo norte) hasta que se aparece una nueva variación cosmética (que supuestamente le daría mayor poder al otro luchador), para volver a intercambiar una nueva ristra de indiscernibles golpes, y así sucesivamente.

A pesar de todo, el mundo retratado tiene un carisma particular que resulta difícil dejar de lado. Ese despliegue cosmético, tan vacuo como excesivo, logra un valor icónico innegable, y hay un par de momentos memorables. Por ejemplo, cuando nos enteramos de que uno de los protagonistas desea las esferas que cumplen cualquier tipo de deseo imaginable y este personaje, para las risas de la platea, las busca únicamente con fines rejuvenecedores. Luego nos dirigimos al cuartel de los malos y se nos cuenta para qué el más malo de todos quiere las susodichas esferas, ¿Para ser inmortal? ¿Para ser el más poderoso? No, nada de eso. Él las desea para volverse cinco centímetros más alto. Qué son estos ridículos y jocosos deseos rejuvenecedores y propios de la apariencia, sino sendos cambios cosméticos, simétricos a los que componen la totalidad de la película.

Qué bocanada de aire fresco que son estos ingeniosos chistes, pero lo que más me maravilla es que estas humoradas se basan plenamente en el contraste más primigenio, en la capacidad para ironizar sobre lo que se ha hecho hasta ese punto. Aquí, las meras repeticiones cosméticas que caracterizaban para su detrimento a esta saga/serie/película son curadas con la sana perspectiva que da la ironía, al fin y al cabo, la capacidad de reírse de lo que se ha hecho hasta ese punto. Qué lástima que este despliegue resulte tan exiguo, y que las batallas intrascendentes sean la norma, porque ese pasaje de la mera cosmética a la cosmética ironizada hace entrever el espíritu fordiano de El hombre quieto en su pasaje de la piña vacía a la piña privada e individual, y culminando en la legendaria piña fundacional. En el trayecto entre estas reside algo más, ya no son solo piñas, sino mucho más. Y por unos breves momentos, esos chistes cosméticos hicieron del film otra cosa. Algo mayor y superior.

 

 

© Pedro Seva, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(1) Compárese la idealización irreal, cual turista mental, de Wayne para con la Irlanda de El hombre quieto, con el paraíso perdido de la casa matriz en el comienzo de Más corazón que odio. Siguiendo con este film, tal vez se pueda ver con otra luz al icónico plano final, a aquella salida ulterior, que demuestra que ese paraíso recobrado, tan arduo de procurar, es tan artificial y decadente como el anterior.

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