09.06.18
Cine _ Estrenos

Crítica: El enemigo interior (Beyond the mountains and hills), por Horacio Bernades

(Israel/Alem./Bélgica, 2016)

Dirección y guion: Eran Kolirin. Fotografía: Shai Goldman. Elenco: AlonPdut, Mili Shet, ShiriNadavNaor, Noam Imber, Yoav Rotman, Ala Dakka. Distribuidora: Mont Blanc. Duración: 92 minutos.

De Eran Kolirin (Holon, 1973) conocimos unos años atrás su ópera prima, La visita de la banda (2007), que convertía el conflicto árabe-israelí en comedia amable y ligeramente absurda, a partir del extravío de la banda de la policía egipcia en el semidesértico interior de Israel. El enemigo interior, que se conoció en inglés como Más allá de las montañas y colinas (ignoramos si es traducción literal del original; si algún lector sabe hebreo estaremos agradecidísimos de que nos lo informe) es la tercera película de Kolirin y fue parte, dos años atrás, de la sección de Cannes Un Certain Regard. Es una película desconcertante y despareja, en la que Kolirin parece tener más claro el cómo que el qué. O sea: el tono y el estilo tienden a ser homogéneos, no sin ciertas rupturas que habría que ver si funcionan o no, mientras que aquello que la película narra parece siempre un poco forzado. Como si a los personajes se les impusieran rumbos que surgen más del guion que de ellos mismos.

El título en castellano no está mal, aunque está mal. Nos explicamos: está bien, en función de lo que sucede en la película, jugar con la idea política de enemigo interno y la idea psicológica que la misma construcción connota. Lo que está mal es lo de enemigo interior, ya que en términos políticos la expresión que se usa es enemigo interno. La película tiene como protagonista a una familia, y esto no suele ser bueno: casi siempre, cuando se elige a una familia entera como protagonista, es para “hablar” de “la” familia (la familia burguesa, la familia tipo, la familia israelí o la que sea). La frase anterior contiene dos semáforos rojos en términos de relato: lo de “hablar” y lo de “la” familia. Narrativamente, querer hablar de algo suele expresar una voluntad de asertividad, de sermoneo, de opinión, que ahoga todo amago de vida propia por parte de la ficción. Hablar, por su parte, de “la” familia, es creer que hay una sola. Una suerte de familia media, o tipo. Lo cual es no solo falso sino poco interesante: lo interesante es cada familia, no todas las familias. Ya lo dijo Tolstoi en Anna Karenina: “Todas las familias dichosas se parecen; las infelices lo son cada una a su manera”. Y el cine, la literatura o el modo narrativo que fuera, difícilmente hablen de familias dichosas.

David Greenbaum se retira del ejército con el grado de teniente coronel. Tiene menos de 50 años. ¿Tan jóvenes se retiran los militares israelíes? Tema a investigar. La cuestión es que se retira y, como les pasa a los jugadores de fútbol “en la mitad del camino de la vida”, como decía el Dante, se encuentra con que no tiene nada (aunque los jugadores tienen algo que él no: mucha plata). Se ve obligado a empezar desde cero, asistiendo a cursos de venta donde un instructor tan enfático como pastor evangelista lo trata poco menos que de cobarde. Sí, David es el militar menos agresivo del mundo, hasta el punto que cuesta entender cómo a un tipo de tan poca autoridad se le ocurrió elegir ese oficio. Su mujer, Rina, es una señora muy bonita, profesora de literatura en un colegio secundario, a la que los alumnos varones consideran una MILF (Mother I’d Like to Fuck, sigla popular en la cultura anglo). En lugar de reaccionar contra esa etiqueta, Rina decidirá, como diría Serrat, arrojarse de lleno en sus brazos. David y Rina tienen dos hijxs. El varón, Omri, se ve que mucho no le interesaba al director, que lo deja prácticamente fuera de campo. Otra es la cuestión con la chica, Yifat, a la que Kolirin va a usar como vehículo para poder hablar del tema eterno, la relación entre árabes e israelíes.

Ésa es la parte más tirada de los pelos de El enemigo interior. Yifat participa de marchas políticas con sus compañeros del cole. Kolirin evita explicitar a favor y en contra de qué están Yifat y sus amigos. Andando por la calle de noche, Yifat se cruza con un muchacho árabe, casi treintañero, sentado en el cordón de la vereda. La llama y ella va. La toma de la mano y ella lo deja. La invita a ir con él en busca de unos amigos que estarían presuntamente por allí cerca, en un descampado, y ella duda. Yifat debe ser la única chica sobre la tierra que en una situación así duda, sin decirle a su interlocutor “no, gracias” e irse a paso firme. Al final lo dice, pero más adelante tendrá ocasión de intimar con otro muchacho árabe que también anda cerca de la treintena y además le entrega un bolso para alcanzarle a un amigo. Yifat lo toma y lo lleva. Todos estamos esperando la explosión, y Kolirin juega con esa expectativa para decirnos aleccionadoramente: “¿Vieron que no todos los árabes son terroristas?” Sin embargo, al final, ¿era o no era? Lo que Kolirin quiere sugerir es justamente eso. Puede ser o no ser, no hay manera de saberlo porque la verdad nunca es simple. Entonces, más vale no tener prejuicios, porque te podés equivocar.

Todo bien con respecto a la conclusión. El problema es que la mini-historia que conduce a ella no es creíble, y en cine importan más las historias que las conclusiones. Tampoco es muy creíble la aventura de Rina con un alumno, que no termina bien. No está claro por qué lo hace, la actuación de Shiri Nadav Naor no permite adivinar sus motivos. Para no hablar de cuando el teniente coronel es humillado por su instructor de ventas, aguantándosela lo más pancho. Lo que sí está claro es el estilo que Kolirin le imprime a la película. Una narración fragmentaria, con mucha elipsis y sustracción de información como forma de expresar las lagunas en las vidas de los Greenbaum, enfrentando al espectador con la dificultad de conocer. Hay algunos momentos inexplicablemente raros, como cuando David y Yifat se quedan parados, mudos, de noche, frente al edificio donde viven, como congelados. Y de pronto llega Rina y los tres salen corriendo hacia la entrada. La secuencia de introducción, por su parte, es una de esas en las que el director maneja a sus criaturas como un titiritero a sus títeres. Aquí también la rigidez de la coreografía hace pensar en las marcas sobre el piso en las que cada actor habrá estado obligado a pararse, para calzar dentro de la disciplinada figura visual que el realizador quería armar.

Un poco así se siente también el espectador.

 

 

© Horacio Bernades, 2018 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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