18.07.18
Cine _ Estrenos

Crítica: El espanto, por Soledad Bianchi

(Argentina, 2018)

Guion y dirección: Pablo Aparo y Martín Benchimol. Intérpretes: Susana Dottori, Sergio Avedaño, Cristián Catena. Producción: Mayra Bottero. Duración: 67 minutos.

La cámara escolta a una vieja ambulancia en su transitar por una angosta ruta de tierra rodeada de pastizales. Sabemos que el recorrido es lejano, porque apreciamos la transición desde el amanecer hasta las primeras horas de la mañana. Su destino está del otro lado del puente de madera, aquel que separa el pueblito perdido de El Dorado del resto del mundo. Esta distancia que se manifiesta en la primera escena pone en evidencia el porqué de ciertos comportamientos de sus habitantes, que parecen sobrevivir por sus propios y esotéricos medios en lo remoto del territorio que los vio nacer. Por eso la ambulancia en este caso no significa una urgencia, sino la medicina tradicional abriéndose paso a las supersticiones de los lugareños, que no confían sino en sus propias curas y utilizan cintas, piolines, centímetros, palabras mágicas, sapitos y adrenalina. Mediante estos recursos, según ellos, pueden sanar todo tipo de dolencias, malestares, hasta enfermedades, pero lo que los habitantes hacedores de estos tratamientos basados en la fe y la buena voluntad no pueden curar es el espanto. Si uno sufre este mal, existe un último y al parecer único remedio: visitar en las afueras a Jorge, un señor de avanzada edad que trabaja en las plantaciones de zapallo, quien gracias a un método polémico (y hasta ilegal) puede librar a la persona de dicho padecimiento.

Por medio de entrevistas frontales a un selecto grupo de familias en sus propias moradas y su cotidianeidad, nos vamos poniendo al tanto de la curandería que practican a diario, algunas de ellas conocidas y habituales como la cura del mal de ojo o el empacho, con eje principal en la intriga que genera en el espectador la afección que da título a la película. Luego de esta primera parte de presentación de personajes, historias y dones naturales, pasamos a convivir con ellos en sus actividades diarias, hasta en sus festejos. De este modo, el documental va dando conocer la conciencia colectiva del pueblo aislado a partir de sus costumbres y creencias, pero también de su conservadurismo e irracionalidad frente a ciertos tópicos. A través de comentarios, teorías conspirativas, interpretaciones, chusmeríos, posturas y gestos, vamos a entender el perfil de cada uno, pero a la vez del conjunto, exponiendo formas de ser y de pensar –¿Propias de todo pueblo rural o únicamente del que nos ocupa?

En mis años de estudiante de cine, como práctica para la materia Dirección I, realizamos un ejercicio-cortometraje basado en el cuento Nunca más la veo del libro Las doradas manzanas del sol de Ray Bradbury, pretencioso quizás para el nivel de tiempo y producción que manejábamos. Pero el gran problema de su realización resultó ser la elección apresurada de la pareja de actores amateurs, de unos cincuenta años aproximadamente. Entre el acartonamiento que presentaban, que no recordaban el texto y la intensidad casi ridícula a la hora de actuar, creíamos que estaba todo perdido. Sin embargo, una vez frente a la computadora con el material, cambiamos el género y terminamos creando una comedia que causó bastante gracia en su proyección; casi un éxito podríamos decir. ¿Cómo? Con el mismo procedimiento que me trajo este recuerdo mientras veía El espanto: sacándole nuestras indicaciones audibles, dejando los silencios anteriores y posteriores a la “acción” en el que ellos se preparaban para comenzar a hablar, dejando que sus gestos y tosquedades le imprimieran la intensidad a los planos.

Pablo Aparo y Martín Benchimol, con su mirada distante, intentan generar este tipo de humor para darle un efecto adicional a las declaraciones de sus protagonistas. Ciertamente, las opiniones de ellos son verídicas, pero en el recorte uno termina juzgando su ignorancia. Esto genera un malestar porque el mismo espectador, tanto como los directores, comienza a mirarlos con superioridad, y ya no con la ternura o compresión aparente del comienzo. Las posturas homofóbicas, machistas o encubridoras nos hacen sospechar lo peor de este grupo humano que se maneja con gran soltura frente a la cámara, como si estuviera acostumbrado a convivir con ella. Por momentos el film parece un fake, lo cual sería satisfactorio, aunque pronto nos damos cuenta que es solo la realidad que eligieron los realizadores para mostrarnos. Si bien resulta técnicamente eficaz y la idea funciona, se genera una dicotomía porque por un lado queremos conocer a los personajes y por el otro nos molesta que sean humillados por su modo de vivir y ver las cosas. No existe una opinión contraria que salve al pueblo de su estancamiento en el siglo XIX; tan solo la nuestra, siempre ayudada por la elección que se nos sirve en pantalla.

 

 

© Soledad Bianchi, 2018 | @soleddub

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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Una respuesta a “Crítica: El espanto, por Soledad Bianchi”

  1. Gabriela dice:

    Gran comenterio excelente !!!

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