30.06.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Jeannette, la infancia de Juana de Arco, por Roger Koza

(Francia, 2017)

Guion y dirección: Bruno Dumont. Elenco: Lise Leplat Prudhomme, Jeanne Voisin, Lucile Gauthier, Victoria Lefebvre, Aline Charles, Elise Charles. Producción: Jean Bréhat, Rachid Bouchareb, Muriel Merlin. Distribuidora: Maco Cine. Duración: 105 minutos.

Bailarina en la luminosidad

Se han hecho muchas películas sobre la mítica guerrera que creyó comunicarse con Dios leyendo signos que solamente pueden leer los místicos. Sus coetáneos eclesiásticos, desconfiados y quizás envidiosos, se inclinaron a interpretar esa comunicación como una intromisión del Maligno. Todos sabemos el desenlace: la vida de Juana de Arco terminó el 30 de mayo de 1431. Los últimos minutos son una leyenda y han sido recreados con el rigor del caso. El fuego disipa la carne y el cuerpo conoce velozmente su destino irreversible de ceniza. La platónica prisión física no es entonces el fin; la vida está en otra parte. Así lo sugirieron Dreyer y Bresson; supieron arribar a ese instante de vileza humana y esperanza celestial, y demostraron que hay una simpatía misteriosa entre el cine y el cristianismo.

Posiblemente, no muy lejos en el tiempo, Bruno Dumont tendrá que tomar decisiones similares a las de esas dos figuras que debe sentir cercanas. Él también habrá de pensar cómo filmar la carne ardiendo de una adolescente que quiso ofrendarle toda la gloria a la pretérita monarquía francesa sintiendo que la guiaba el Altísimo. El cineasta ha anunciado que seguirá con el personaje, que ya no será un musical y que ahora sí se ocupará de la historia más conocida. De todos modos, ¿qué ocurre antes de que Jeannette sea Juana de Arco?

Dumont eligió la infancia y la primera adolescencia para esta aproximación a la vida de Juana. No es difícil conjeturar que la infancia en el siglo XV no es la misma que la de nuestro tiempo, como tampoco la experiencia de la fe. ¿Cómo sortear entonces la incapacidad de asir una experiencia demasiado inconmensurable? El procedimiento elegido para hacerlo es tan insólito como eficaz: escenificar la infancia de la santa en clave musical.

Se dirá que no es la primera vez que esta aproximación tiene lugar. Al hijo del carpintero se lo vio cantar y bailar en una película típica de los ’70; aquel musical, en vez de reenviar al espectador al tiempo de Poncio Pilatos, más bien incorporaba la iconografía cristiana a una estética pop enteramente en consonancia con el tiempo de producción del film. Lo que sucede en el film de Dumont es lo opuesto. Los acordes de Igorrr, que tienen algo de heavy metal y también de una primitiva electrónica, y las coreografías de los personajes, que bien pueden remitir a un acto escolar de un secundario en Argentina, son tan de nuestro tiempo que en el paisaje elegido y el drama teológico representado intensifican por contraste la rareza de todo lo que sucede. En la tensión e incompatibilidad entre la virginidad del paisaje y la inconmensurabilidad de las dudas de Jeanette, el film conquista su objetivo: imaginar los momentos preparatorios y el tiempo en el que se erigen una vocación y una misión (o, visto desde hoy, un delirio que solamente un orden simbólico distante puede validar como aceptable).

Dividida en dos períodos en la vida de Juana de Arco, infancia y primera adolescencia, Jeannette, la infancia de Juana de Arco, que arranca narrativamente en 1425, no es otra cosa que la presentación continua de las cavilaciones precoces de una niña que entiende que Dios la ha llamado a cumplir un papel en el devenir del reino al que pertenece. La perplejidad no le es indiferente, y tampoco lo es el deseo de corroborar lo que cree entender que es su rol en el plan divino y terrenal. He aquí el conflicto central: los signos celestiales están, pero quizás no son suficientes. En efecto, la niña busca ser confirmada y esclarecida. Los soliloquios y los diálogos se musicalizan, y así ponen en movimiento la batalla interior del personaje. El movimiento de las coreografías exterioriza los movimientos del espíritu, del mismo modo que la dialéctica de los picados y contrapicados permanentes en el registro materializa un ida y vuelta entre el cielo y la tierra.

Que Dumont haya elegido una pieza teatral publicada en 1897 por Charles Péguy no es una casualidad. Le Mystère de la charité de Jeanne d’Arc pertenece a un tiempo en el que ese escritor no había dado aún el salto de fe; todavía era un socialista, no un hombre de letras identificado con el cristianismo. Dumont no es ni socialista ni creyente, pero, como sucedía entonces con ese escritor aún no tiznado por la fe, le interesa la experiencia religiosa —lo cual se puede constatar desde su primera película—, casi como si entendiera que solamente en el cine se puede creer sin superstición. La fe es quizás una experiencia (cinematográfica) verosímil en la medida en que esté ligada al cine, porque existe una ilusión por la que la cámara cinematográfica puede organizar y reconocer una dimensión sagrada que anida en lo ordinario de la materia. Es por eso que el paisaje juega un rol decisivo en sus películas, y también la luz del norte de Francia. La naturaleza de la luz en Jeannette, la infancia de Juana de Arco no responde a una casualidad metereológica, sino a una poética consciente en la que el sol es partícipe directo de la puesta en escena.

Esta es la segunda película de Dumont en la que prescinde de la crueldad característica de su estética. A medida que el cineasta se decidió por la aventura del cine y confió en la libertad, sus películas fueron complejizándose sin dejar de ser inclasificables. Después de La vida de Jesús y La humanidad, nadie hubiera podido imaginar que Dumont haría comedias y ahora también un musical. ¿Cuándo hará un western y una de ciencia ficción?

 

 

© Roger Koza, 2018 | @rogerkoza

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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