27.08.18
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Crítica: El Justiciero 2 (The Equalizer 2), por Ángel Faretta

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Antoine Fuqua. Guion: Richard Wenk. Elenco: Denzel Washington, Pedro Pascal, Ashton Sanders, Bill Pullman, Mellisa Leo. Producción: Todd Black, Jason Blumenthal, Tony Eldridge, Antoine Fuqua, Mace Neufeld, Alex Siskin, Michael Sloan, Steve Tisch, Denzel Washington. Distribuidora: UIP. Duración: 121 minutos.

 

EL EMBOSCADO Y LOS NIHILISTAS

“Un emboscado es pues, quien posee una relación originaria con la libertad; vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo”.

Ernst Jünger, “La emboscadura”.

 

El justiciero 2 pone en escena, más allá de ciertos y a veces varios balbuceos expresivos -escenas estiradas, montaje algo histérico que busca alertar al espectador de lo que ya es obvio-, aquello que Ernst Jünger -entre otros autores- denomina “la extrema posibilidad de enfrentamiento con el nihilismo”. A esta figura de oposición, que el mismo autor parangona a un último titán, la denomina el “anarca” o el “emboscado”. El “anarca” es quien se vale por sí mismo y que no representa más autoridad que aquella que se expresa en sus acciones y decisiones. No es una figura indiferente ni independiente. Pero sí aquella que elige cuáles son sus causas. Digamos que su elección y acción es constante. Vive para decidir y para enfrentar al nihilismo.

Aquí McCall (Denzel Washington) vive una suerte de vida entre ermitaña y monacal, con un trabajo anónimo en un servicio de remise. Con algunos de los pasajeros decide involucrarse. Otros le sirven para observar, oír ciertas confesiones ocasionales que hacen hablando para sí, o para ese “otro sí”, que se ha vuelto el teléfono celular.

Su anterior pertenencia a agencias de seguridad estatales, le da el plus de haber estado en el otro lado. Donde su sapiencia particular se ha perfeccionado en un profesionalismo al servicio del Estado. Ahora lo vemos como una suerte de secreto samurái urbano: las referencias que su director, Antoine Fuqua, hace al film ya clásico de Jean-Pierre Melville son más que evidentes, son bienvenidas en este mundo donde la autoconciencia estética es otra herramienta de lucha contra el nihilismo.

Pero aquí la ritualidad diaria o particular, la vida en la esfera privada de McCall no es mostrada con tanto detalle como en el film de Melville. A lo sumo son observaciones de una suerte de conservación de cierta privacidad que puede llamarse también “individualismo” frente al creciente desocultamiento de todo anterior retiro en la esfera privada. O esto, al menos, fue lo que se hizo creer como preparación para el nihilismo que se aprestaba a llegar a su extrema manifestación; cosa en la que estamos hace ya tiempo.

La proyección que el director hace de McCall como una figura angélica apocalíptica se ve por momentos hábilmente puesta en escena, cuando su director no se ve urgido por razones ajenas a la misma puesta, como los vicios ya constitutivos del film otrora conocido como thriller. El centrarse o concentrarse en la acción física. Si bien ésta, desde las primeras articulaciones míticas del héroe, no son más que traducciones corporales de sentimientos subjetivos para que sean comprendidas universalmente en la horizontalidad corporal, en algunos de estos films, que indudablemente pertenecen a la cada vez más acotada territorialidad llamada cine, decaen en la desmarcación del género, o, como preferimos llamarlo, “estado de transparencia”, para arrojarse a una mera aceleración de las acciones físicas de manera autárquica.

Cosa que también afea o disminuye los films de otro director contemporáneo como Jaume Collet Serra, en obras que ya hemos comentado aquí, como El pasajero (The Commuter).

Una pena porque en cuanto a puesta en escena a Fuqua se lo ve hábil en simetrías que llevan al símbolo sin más y plácidamente, aunque el sentido buscado sea terriblemente dramático o hasta sentimental. El uso de la alianza matrimonial del héroe; el regreso a su territorialidad particular en medio de una tormenta marítima donde se dirimirá la batalla final; el derrame de la harina con la cual su esposa amasaba el pan; un muro tachonado de grafitti y garabatos que hace pendant con la intención de todo film que se precie de llegar a una representación ahora extraída del palimpsesto de manchas y signos arbitrarios que se multiplican en las paredes de toda gran ciudad.

Como asegura alguien en este film -que no podemos develar para no arruinar el goce de su contenido-, ya no hay bien ni mal, solo afortunados y desafortunados. Este pragmatismo extremo es el que retira la última máscara de mundo que se exhibió como igualitario y se desnuda frente a la decisión insoslayable de amigo-enemigo.

 

 

© Ángel Faretta, 2018

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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