07.12.18
Cine _ Estrenos

Crítica: La balada de Buster Scruggs (Netflix), por Jaime Pena

(Estados Unidos, 2018)

Guion y dirección: Ethan y Joel Coen. Elenco: Tim Blake Nelson, Willie Watson, Clancy Brown, Liam Neeson, Tom Waits, James Franco, Zoe Kazan. Producción: Ethan y Joel Coen, Megan Ellison, Sue Naegle. Duración: 133 minutos.

DEAD MEN

La nueva película de José Luis Cuerda, Tiempo después, una suerte de secuela o actualización de Amanece que no es poco, una de las pocas y verdaderas películas de culto de la historia del cine español, dibuja una peculiar distopía ambientada, año arriba, año abajo, en 9177. Ese mundo futuro divide la sociedad en dos universos antagónicos, a un lado los desempleados, que viven en el bosque, y al otro, digámoslo así, la gente con empleo, que vive en un edificio perfectamente reconocible, el madrileño Torres Blancas. Un pequeño detalle: el edificio no se ubica en ninguna ciudad, sino sobre una de las mesas de Monument Valley. Desde el interior del edificio todas las ventanas dan a este espacio emblemático del western y del cine de John Ford, por más que la película de Cuerda no guarde relación alguna ni con uno ni con otro.

Pero esta descontextualización, mitad guiño cinéfilo, mitad parodia, se agradece, sobre todo si la comparamos con la segunda reaparición de Monument Valley en el cine de 2018, ahora sí en un western, La balada de Buster Scruggs, la película que Joel y Ethan Coen han dirigido para Netflix. En realidad no se trata de “un” western, sino de “el” western, el segundo western de su filmografía tras True Grit (2010), y por eso mismo nada mejor que arrancar su película con el paisaje más inequívoco del género. Por él se acerca a caballo y cantando, acompañado de su guitarra, el personaje del título, Buster Scruggs (Tim Blake Nelson), una imagen que tiene algo de impostura, algo parecido a eso que el David Bowie de la época de Young Americans denominaba plastic soul, que en este caso sería un plastic western al borde de la autoparodia, aunque no sé si inconsciente o premeditada. Lo cierto es que en los colores del paisaje y en la propia figura del jinete (su traje reluciente, su guitarra, todos los atributos de un disfraz) hay algo de un hiperrealismo digital que delata su falsedad, empezando por el polvo o el humo, que siempre parece un efecto digital y no algo real. Da la impresión de que el jinete y el paisaje no comparten la misma dimensión (como si estuviésemos ante un croma) o, lo que vendría a ser lo mismo, el personaje y el género, una disociación que se podría hacer extensiva a toda una película que parece mirar el western por encima del hombro, proponiendo una suerte de metawestern en el que confluirían sus grandes temas y sus estereotipos. Pero no estamos ante una nueva How the West Was Won (1962), sino más bien en el universo de un Silver Kane o Marcial Lafuente Estefanía.

Aunque escrita íntegramente por Joel y Ethan Coen (si bien dos episodios están inspirados en relatos previos de Jack London y Stewart Edward White), La balada de Buster Scruggs se presenta como la adaptación de un libro de relatos, La balada de Buster Scruggs y otras historias del Viejo Oeste (o, en lugar del Viejo Oeste, “The American Frontier” en el original). Las páginas de este libro bellamente ilustrado se abren y vamos saltando los capítulos, seis en la película, muchos más en este libro apócrifo, haciendo especial hincapié en las frases iniciales y finales de cada relato, subrayando su dimensión literaria, pero también pretendiendo imbricarse en una tradición… Como la imagen de Monument Valley, los Coen parecen empeñados en recalcar este trasfondo para darle legitimidad a su propuesta. Sin embargo, como todo su cine, La balada de Buster Scruggs parte de una reinterpretación manierista y posmoderna del género que, en esta ocasión, condicionada por la duración de los episodios, convierte sus situaciones en viñetas grotescas supeditas al efecto final, un giro sorprendente o una resolución paradójica (la inesperada muerte del baladista-pistolero, el doble ahorcamiento, la reinterpretación de Freaks, el cazador cazado y enterrado junto al filón de oro).

A este mero efecto quedan reducidas la mayoría de las historias, presididas, eso sí, por un aire mortuorio, como si se tratase de un desfile de hombres muertos. En todo caso, estamos muy lejos del tono fantasmal del Dead Man de Jim Jarmusch, una película que entendía perfectamente que cualquier reinterpretación contemporánea del género habría de venir por la invocación de sus propios espectros; y digo contemporánea por más que de aquella película hayan pasado ya más de veinte años. Hay algo de esto en el último episodio de la película de los Coen, “Los restos mortales”, el menos supeditado al giro final, quizás porque es una mera prolongación de los anteriores, algo así como su epílogo o su moraleja, con el traslado de un cadáver en diligencia. El episodio se construye a partir del diálogo entre sus distintos ocupantes, caracterizados por sus nacionalidades (el Inglés, el Irlandés, el Francés y los dos americanos), dando, con su virtuosismo retórico un tanto teatral y el poder evocador de la balada que canta Brendan Gleeson, una última nota que parece querer contradecir el tono de farsa de las historias anteriores.

En La balada de Buster Scruggs el Oeste (o la Frontera Americana) se configura con unos pocos elementos: un banco en medio de la nada, un salón en medio de la nada, un hotel en medio de una nada que recuerda la de un cementerio… El único episodio que escapa a este minimalismo conceptual, también el más largo y, con gran diferencia, el mejor de todos ellos,  es el penúltimo, “La mujer desconcertada” (“The Gal Who Got Rattled”), la de la caravana de colonos que se dirige a Oregon, que protagonizan Zoe Kazan y Bill Heck. El propio tema y la presencia de Kazan nos retrotraen de inmediato a Meek’s Cutoff (Kelly Reichardt, 2010). Por esta vez podemos disfrutar de un inteligente uso del paisaje y no de un mero trasfondo escenográfico, aunque de nuevo volvamos a estar condicionados por el giro final, antes una marca autoral que una necesidad inherente a la propia historia; en cualquier caso, este final y la frase del libro que los Coen “rescatan”, más que cerrar la historia, la abren a nuevos horizontes, en particular a los del personaje de Heck. Esta otra película sugerida es mucho mejor que la que nos cuentan los Coen y este episodio no hace más que subrayar sus limitaciones: los mejores momentos de La balada de Buster Scruggs son aquellos que remiten a otras películas y, muy particularmente, a la muy superior propuesta de Reichardt. Y si ya tenemos Meek’s Cutoff, ¿para qué queremos a Buster Scruggs?

 

 

© Jaime Pena, 2018 | @jj_pena

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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