31.07.19
Cine _ Estrenos

Crítica: La casa de Wannsee, por Fredy Friedlander

(Argentina, 2019)

Guion y dirección: Poli Martinez Kaplan.

El título del segundo largometraje  de Poli Martínez Kaplun (Lea y Mira dejan su huella) puede remitir equivocadamente a una casa en las cercanías de Berlín (y del famoso estudio Babelsberg), a orillas del lago Wannsee. Allí, en palabras de la propia realizadora, “se reunieron unos quince jerarcas nazis para decretar la solución final de los judíos”. En una corta escena al final de su documental se la muestra a ella visitando tan sombrío (aunque bello) edificio.

Pero la casa del título es otra: la que era propiedad de Otto Lipmann, bisabuelo de Otto e importante filósofo y psicólogo, al que se lo ve en una antigua foto del año 1883, tomada con una de las primeras cámaras fotográficas comerciales. Según se indica, Otto tenía allí un importante Instituto de su especialidad (psicología laboral), habiendo fallecido en 1933. Fue un año trágico en Alemania y en esa misma época, su abuela Emily emigró.

En el inicio del film, la directora asiste al Bar Mitzvah de Nicolás y expresa cierta sorpresa ya que la iniciativa de dicha celebración no fue de la familia, sino de su propio hijo. Ello explica que gran parte del metraje esté dedicado a reportear a las  hermanas, incluyendo la madre, por tener posturas mayormente alejadas de la tradición hebraica.

Las tres mujeres tuvieron una educación donde “la religión no era lo más importante, al punto que ni sabían lo que era un rabino”. Más aún, luego de emigrar Emily a Egipto (Alejandría), donde nacieron la madre de Poli (Helen) y sus dos hermanas (y tías) Katrin e Irene, arribaron a Argentina en 1949 con documentos en donde figuraban con religión protestante (una ley argentina de 1938, se indica, dificultaba el ingreso de judíos). Estudiaron en un colegio donde la religión preponderante era la anglicana, lo que las llevó a “hacer la confirmación”. Si bien hubo, debido a cuestiones económicas, un retorno de gran parte de la familia por un tiempo a Europa (Ginebra) en 1962, Helen no viajó y se casó con un hombre argentino de origen español.

Al mediar el film comienza a tomar protagonismo la casa del título ya que la familia de Poli fue prácticamente obligada a venderla y emigrar, siendo adquirida por un nazi que nunca la pagó. Finalizada la Guerra y dividida Berlín, la mansión quedó del lado de Alemania Oriental, lo que impidió el reclamo de su devolución. Al caer el Muro, iniciaron las gestiones para su recuperación pero sin éxito por muchos años. Fue Helen, con escaso apoyo de sus hermanas, quien finalmente logró que fuera restituida a los legítimos herederos.

Un dato importante es que deciden finalmente venderla y quien la adquiere es Norbert, primo de un amigo de Helen. Prototipo de muchos alemanes (no judíos) de posguerra, nos sorprende gratamente al hablar ante cámara afirmando que “los judíos formaban una parte imprescindible de la vida cultural y económica de Alemania”, agregando que “fue una catástrofe que la parte judía del país dejara de existir”. Además de vivir en “la casa de Wannsee”, Norbert expone en ella (como si fuera un museo, y en señal de respeto) fotos de Lipmann y otros objetos del Instituto de Psicología que allí funcionaba.

Pero quizás lo más sabroso de la película tenga que ver con el tema de la identidad judía de Poli y su familia. Hay un momento muy interesante filmado en Madrid, donde reside la tía Irene, quien se confiesa católica, creyente y comenta lo contenta que la puso la primera comunión de su nieto Sebastián. Es curioso el contraste con la ceremonia religiosa del nieto de su hermana Helen.
Esta última, también presente en la reunión en España, sostiene que la recuperación de la casa les permitió “cerrar un círculo y obtener un reconocimiento por parte de Alemania de todo lo que habían perdido”. Se trata de una afirmación que para algunos puede sonar controvertida, como también la diferente visión de ambas hermanas sobre si sus antecesores decidieron abandonar o tuvieron que huir de Alemania. En lo que sí ambas coinciden es que Emily era muy rígida y “prusiana”, y que se sentía muy alemana. Pero discrepan nuevamente en la forma en que sentía o no su origen judío, un debate que La casa de Wannsee plantea con inteligencia.

calificacion_4

 

 

© Fredy Friedlander, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.