04.11.19
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Crítica: La vida en común, por Carla Leonardi

(Argentina, 2019)

Guion, dirección: Ezequiel Yanco. Elenco: Uriel Alcaraz, Isaías Barroso, Ángel Baigorria, Brian Llambia, Rodrigo Alcaraz, Jeremías Barroso, Luana Baigorria, Yuliana Alcaraz, Mabel Baigorria. Producción: Pablo Chernov, Ezequiel Yanco. Duración: 70 minutos.

La metamorfosis de la pubertad, hoy:

La voz en off de un púber ranquel, que encarna al narrador, toma la voz y el lugar del puma que acecha a la comunidad. Este comienzo ya hace referencia a la figura del conjunto humano cuyos lazos se unen en función de  ideales y tareas comunes, y al puma como aquello excluido del grupo y ligado a lo salvaje en tanto no se rige por una finalidad o razón alguna que pueda explicar sus reacciones, más que su instinto de supervivencia. Este comienzo del segundo largometraje del director argentino Ezequiel Yanco, que tuvo su paso por la ultima edición del Bafici, es de una gran carga simbólica y está abierto a varias lecturas posibles a la luz del contexto en el cual se sitúa. 

La película se construye en la mixtura entre la ficción y el documental observacional de tipo antropológico respecto de la vida actual de un grupo de varones púberes de Pueblo Nación Ranquel. Se trata de un asentamiento de veinticuatro viviendas modernas, que evoca el estilo de tiendas aborígenes, construido por el el gobierno de San Luis y al cual se trasladaron las poblaciones ranqueles de la zona.

La cámara acompaña entonces a estos jóvenes descendientes del pueblo originario Ranquel (dejando a los adultos en fuera de campo), que se mueven en la contradicción y la ambivalencia entre lo ancestral (aprenden el idioma nativo, tienen una relación con la naturaleza) y lo contemporáneo (las viviendas de material, el aprendizaje del inglés, las motos, los celulares, el reggaeton, las computadoras con videos que explican sus mitos en youtube). De esta manera el director da cuenta de la modificación de las costumbres originarias  que se transmitían oralmente de generación en generación a la luz de la penetración de la tecnología moderna, adquiriendo de esta manera una significación desplazada y diferente de la original.

En particular el director se detiene en la caza en tanto rito tradicional de pasaje hacia la adolescencia, lo cual permite situar la película en el género de coming of age. Los varones más grandes, seguidos por sus perros, se unen en la tarea en común de dar caza al puma que merodea los alrededores. Pero Uriel tiene otra posición, puede leer más allá de lo evidente, puede ponerse en el lugar del otro diferente y decide mantenerse al margen.

El acto de caza cobra otra dimensión si se lo lee con el prisma del cuadro “La vuelta del malón” de Angel Della Valle, cuya reproducción en la escuela destaca para nosotros el director (que remite a la sangrienta Campaña del Desierto de la cual este pueblo fue víctima); o si se lo ve desde el presente, adulterado por  el dominio de la cultura moderna occidental. La caza del puma, perpetrada hoy en camioneta con armas de fuego y viralizada en la redes, queda despojada de su aura y misticismo en tanto rito de pasaje para devenir cacería cruel, invirtiéndose la idea de la animalidad.

Uriel dice que su amigo Isaías quería unirse a los más grandes en la cacería del puma porque le gustaba Luana. La cacería cobra entonces valor de hazaña, de pavoneo o alarde mediante el cual impresionar a una mujer. Al mismo tiempo, no se puede dejar de mencionar que el puma, en tanto animal que no responde a la domesticación del amo, es apto para representar lo femenino como aquello que siempre se escapa a los criterios de dominación y explicación por la vía racional. La resonancia a la banda, a la cofradía de amigos como modo de envalentonarse para encarar a una mujer, cobra toda su dimensión. En esta línea, no sumarse al grupo puede ser leído como cobardía o mariconada.

También nos cuenta Uriel que el cacique se fugó una noche de la comunidad en un camión donde cargaba diversos objetos, animales y mucho dinero robado. Este hecho ya sitúa la caída del padre y de los ideales tradicionales como ordenador de la comunidad. También menciona la referencia a la leyenda de Nazareno Cruz, cuya maldita metamorfosis se cumple al negarse a renunciar a su amor por una mujer. La tensión entre el capitalismo y los valores espirituales ancestrales es evidente en las fotogramas mismos. Y en última instancia, lo que está en juego entonces en la contraposición entre la manada de chicos y Uriel; esas dos maneras diferentes de entender la masculinidad. Por un lado una virilidad basada en la fuerza bruta y en el dominio de lo otro femenino, reduciéndolo a un objeto momificado; por el otro una perspectiva que encuentra su potencia en tanto capaz de aceptar el límite y que está ligada a la posibilidad de entregarse al amor por una mujer.

Ezequiel Yanco logra amalgamar de manera prolija la belleza del paisaje, la contundencia simbólica de las imágenes y la sensibilidad de la mirada del protagonista. La vida en común se construye entonces como una alegoría interesante que evoca el estilo de las leyendas originarias y permite pensar los diversos modos de transitar la metamorfosis de la pubertad en la época contemporánea.

 

 

© Carla Leonardi, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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