09.08.19
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Crítica: Las reinas del crimen (The Kitchen), por Carla Leonardi

(Estados Unidos, 2019)

Guion y dirección: Andrea Berloff. Elenco: Melissa MacCarthy, Tiffany Haddish, Elisabeth Moss. Producción: Michael De Luca, Marcus Viscidi. Distibución: Warner Bros. Duración: 102 minutos.

Las nuevas patronas:

Hell’s Kitchen, Nueva York, 1978. La escena nocturna inicial nos presenta a las protagonistas: Kathy (Melisa Mc Carthy), Claire (Elisabeth Moss) y Ruby (Tiffany Haddish). Las tres son mujeres de gangsters de origen irlandés que dominan y controlan las calles de ese bajofondo neoyorquino. Este es el comienzo de Las reinas del crimen (The Kitchen, 2019), opera prima de la realizadora estadounidense Andrea Berloff basada en el comic homónimo de DC/Vertigo.

Cuando los tres hombres se disponen a dar un golpe en una licorería son detenidos por el FBI y sentenciados a tres años de prisión. El barrio pasa a estar controlado por el Pequeño Jackie y la suegra de Ruby, vieja matrona que denigra a su nuera debido a su origen racial. Sin estudios ni oficios, pues las tres ocupaban el papel tradicional de secundar y servir a sus hombres y su familia; las tres mujeres no tienen medios para insertarse en el mercado laboral. Deben subsistir con las migajas de dinero que reciben (por pertenecer al clan irlandés) de quien ahora comanda el territorio. Ante esta situación, las mujeres deciden hacerse cargo de los negocios gansteriles de sus hombres. Es así que, convenciendo a algunos miembros de la banda criminal, se abocan a resolver los distintos problemas de los comerciantes y a brindarles protección frente a los delicuentes comunes, a cambio de dinero. Por supuesto, no sin sobornar también a la policía local. Los negocios van bien (incluso con más éxito que cuando se ocupaban sus parejas) y el dinero fluye. A la cabecera de la mesa de reuniones en la taberna Owen, el Pequeño Jackie es desplazado por ellas. La criminalidad se vuelve una forma de recuperar la dignidad, luego de soportar años y años de humillaciones, especialmente en los casos de Claire y Ruby. Incluso llegan a expandir los negocios hasta el barrio judío en Brooklyn.

En un territorio sin ley, ahora gobernado por mujeres, la violencia y la opresión recibidas retornan de manera mucho más virulenta. Claire es rescatada por Gabriel  (Domhnall Gleeson) cuando un hombre intenta violarla. Gabriel es un trastornado en quien encuentra protección y amor. Instruida por él se vuelve experta en empuñar un arma y en deshacerse de los cadáveres. Se venga así a punta de pistola de los hombres que la acosaban en las calles y que la golpearon abusando de su buena voluntad. Ruby se vuelve capaz de asesinar a su suegra y vender información sobre los gangsters irlandeses a un investigador de color del FBI con tal de abrirse paso en el poder y llevar a su raza a una mejor situación social. Cuando sus parejas salen de prisión, estas mujeres deciden no volver a su vieja vida. Se resisten a dejar el poder en la pandilla y tampoco aceptan hacerles un lugar, compartir la toma de decisiones con ellos. Desplazados los hombres, se produce la guerra en las calles y deben pagar por protección y por las cabezas de sus parejas al capo mafia de Brooklyn, el italiano Coretti (Bill Camp). La sangre vuelve a correr por las calles de Hell’s Kitchen y el imperio que las protagonistas habían construido parece derrumbarse como un castillo de naipes, hasta el punto de surgir la desconfianza entre ellas.

Queda claro que la intención de la directora es realizar una versión del género de gangsters, tradicionalmente protagonizado por hombres, desde una lectura en clave feminista. Tanto la reconstrucción de época como la estética del neo-noir dan cuenta del ambiente sórdido, nauseabundo y corrupto que se respira en esas calles infernales, acompañados por un elenco acertado en el que destacan las actrices protagonistas. El guión, si bien atractivo, patina al adoptar el tono realista en vez de conservar el espíritu de comic, con lo cual el mensaje se desliza hacia la guerra de los sexos.

Los personajes quedan reducidos a estereotipos sin matices: mujeres víctimas, hombres desalmados, y la lucha feminista queda degradada a un mero pase de manos. Según la película, las mujeres quieren lo mismo que los hombres y reproducen la misma estructura social de lógica masculina fundada en el control, el dominio territorial y un poder de tipo verticalista. Estas mujeres, que antes eran patronas del hogar con un poder reducido a la administración de los recursos que proveía el macho y al cuidado de los hijos, se convierten en “las nuevas patronas”. Son mujeres independientes que ya no precisan a sus hombres, que destruyen los lazos amorosos con ellos (o que reducen el vínculo a un mero fin utilitario) y que se vuelven tan despiadadas como ellos o peor, al punto de pedir sus cabezas. En ningún momento estas mujeres dudan de su decisiones ni se cuestionan las consecuencias de sus actos. Las reinas del crimen han ocupado la cúpula de Hell’s Kitchen pero se han alejado de lo que especifica a lo femenino, que es una lógica descentralizada y plural, precisamente por no ordenarse en el falocentrismo. Las intenciones de la directora son buenas y funcionan en tanto film de entretenimiento, pero su espíritu subversivo queda limitado a un mero gesto al no aprovechar en profundidad lo que la causa feminista podría aportar, renovando las convenciones del género y proponiendo un nuevo modo de lazo social.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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