07.12.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Lazzaro Felice (Netflix), por Ángel Faretta

(Italia, Suiza, Francia, Alemania, 2018)

Guion y dirección: Alice Rohrwacher. Elenco: Adriano Tardiolo, Agnese Graziani, Luca Chikovani, Alba Rohrwacher. Producción: Carlo Cresto-Dina, Gregory Gajos, Pierre-Francois Piet, Tiziana Soudani, Michael Weber. Duración: 125 minutos.

ROCCO SIN HERMANOS

 

“La perfecta alegría excluye el sentimiento mismo de la alegría,

porque en el alma colmada por el objeto ningún rincón queda libre para decir ‘yo’ ”.

Simone Weil, “Cuadernos” (V).

 

“Las dos grandes pasiones del italiano son la Iglesia Católica y el Partido Comunista”. Así se decía no hace tanto tiempo atrás, en la propia Italia, para caracterizar cierta genealogía central del espíritu y la cultura de ese país. Además era común también repetir que solamente en Italia se había logrado construir una cultura marxista. Esta que abarca no solo el campo de la estética -música, teatro, poesía, cine- sino cultura en el sentido de una práctica cotidiana, con gestos, modos, tics inclusive, claramente identificables.

El que, por otro lado, el militante comunista fuera también un católico y practicante, no era para nada fuera de lugar. Así puede verse en el largo y prolijo documental sobre las exequias de Enrico Berlinguer, uno de los más grandes políticos del siglo pasado, cómo la gente pasa frente al féretro haciendo con la mano derecha la señal de la cruz y, con el brazo izquierdo en alto, el puño cerrado.

Claro, esto hasta que se disolviera el PC y que el catolicismo entrara en una de sus más grandes crisis, no de representación, pero sí de aceptación de esa representación, crisis desde luego no solo italiana. Pero aquí se desequilibraban, como decimos, ambos ejes. Puesto que el comunismo al disolverse, y el catolicismo al entrar en crisis, dejaron al hombre y la mujer “común”, pero sobre todo a los artistas e intelectuales en general, buscando un punto de apoyo, que en lo posible tomara del dueto anímico-espiritual anterior aquello que se pudiera rescatar de los restos del doble naufragio.

Sobre todo el cine, donde en buena medida este doble vínculo se estableciera por décadas con la mayor claridad, no exento, en sus mejores logros, de la necesaria ambigüedad para no caer en el panfleto político-espiritual, mostró esta doble o, mejor dicho, bifronte crisis.

Esto dio lugar también a una serie de lamentosas obras donde se preguntaba qué había pasado, y por qué nos habíamos amado tanto, pero el capitalismo salió triunfante. Otros, y a veces en el mismo film, buscaban cómo proseguir su fe, o lo que restaba de ella, mediante incursiones en el imaginario y hasta legendario católico, así como si el fiel, o el mismo sacerdote pudieran tener frente a la frialdad de los hechos, alguna función todavía que cumplir.

Para no abundar en tanto detalle, que es mejor tratar en otro lugar, se recurrió más allá de estas desesperadas, cuanto por lo general mediocres obras industrialmente melancólicas, a diferentes estrategias tanto diegéticas como épicas para afrontar un mundo siempre tan complejo como el italiano. Ningún país -al menos occidental- tiene tanto pasado sobre sus espaldas. Cierto que un pasado, diríamos en buena parte todavía en acto. Más allá de los museos o de las visitas guiadas.

Parte de ese pasado a cuestas y a desbrozar crítica y analíticamente, lo constituye el dueto neorrealismo-decadentismo. Advirtiendo siempre que este último concepto no debe ser imaginado como derrumbe, ruina y demás. Pero sea como sea, el enfrentar el mundo real, mediante una reproducción fotográfica de ciertas condiciones sociales, o incursionar en subjetividades particulares mediante la posesión de una cultura en manos de una figura ejemplar, siguen siendo todavía hoy dos posturas que se tienen o se mantienen al alcance de la mano.

Tomemos las figuras ejemplares de Pavese y Pasolini. Ambos con formaciones y conformaciones católicas y comunistas de consuno. Ambos buscando en la poesía, la novela, el ensayo y hasta el panfleto a veces, sostener esta doble ética. Pero, sobre todo, ambos teniendo, se quiera aceptar o no, un plus -¿o minus?- antimoderno. La mirada tanto mítica como legendaria del “paese”, ese término italiano cuya mejor traducción es nuestro “pago”, que implica desde un dialecto hasta una gastronomía, una cultura muy relacionada con lo sagrado casi en estado puro y que, por cierto, PPP calificara -siguiendo un poco a Eliade- como “paleo cristianismo”.

Mientras que el comunismo italiano se sabía por un lado necesariamente partidario de cierta modernidad por su relación con el marxismo originario; pero por el otro, siempre atento a la peculiaridad territorial, dialectal, de la población agraria. Ser “contadino” allí, no es tan solo trabajar en el campo y en tareas rurales. Por más que se trate incluso de un propietario de la tierra. Ser “contadino” es una cualidad hondante de una condición humana pero y también -y sobre todo- sagrada.

A partir de la revolución tardo burguesa, conocida como “milagro”, representada con cierta ingenuidad en La Dolce Vita, el artista e intelectual italiano se puso sin más frente a ese fenómeno. En este film de Fellini, se recordará cómo el padre de origen contadino del protagonista sufre un patatús entre afectivo y cardíaco cuando su hijo pretende introducirlo en el mundo nocturno y caótico de la via Veneto. Y ni hablar de la venganza cruel y grotesca que Marcello practica sobre una muchacha de origen contadino que se ha vuelto una pobre buscona de tediosas orgías seudo paganas.

Estas figuras matrices se han unido en esta última generación, con un pie biológico ya en este siglo, con el intento de reconfigurar esta dualidad contradictoria en una amalgama estilística. Este tanteo que busca eludir tanto el treno nostalgioso como el cualquiercosismo experimental, ha encontrado su meta en este film de Alicia Rohrwacher rodado a comienzos de este año llamado Lazzaro Felice. Lázaro feliz. O también Un Lázaro feliz.

Este film ocupa con felicidad varios frentes estilístico-diegéticos. Antes que nada, el ajuste de cuentas con la vetusta continuidad neorrealista ya agotada; aunque todavía las mandolinas se oyen ocasionalmente. Este ajuste de cuentas lleva a su autora a evitar en forma paralela el frenesí reaccionario conocido como “pos modernismo”.

¿Qué hacer entonces? Recurrir a la autoconciencia mediante el epos fantástico. Así se tiene como punto de ficción primera a este topos llamado “Inviolata”, que vive fuera del tiempo real, cuyos habitantes son sometidos a la esclavitud más crasa, y parte de los cuales son llevados a la Italia de nuestros días. Así, cuando se habita en esta última, la explotación sigue siendo la misma y de la cultura contadina anterior, si bien reducida a la reducción vital más crasa, se pasa a la promiscuidad de los extramuros de la gran ciudad. Nada ha cambiado. Más aún, lo poco que se tenía anteriormente, que era lo sagrado, se diluye en el espejo deformante de la concentración citadina-capitalista. Se tiene como opción el robo, el hurto y la estafa. El mismo hacinamiento. De la choza se ha pasado a habitar, también promiscuamente, una bombona de acero desechada por la gran industria y dejada como “ruina” en un suburbio.

Y así como los explotados habitantes del paese de “Inviolata” se han transmutado en marginales y sobreviven fuera de la ley, el hijo de la antigua dueña y explotadora de aquel lugar -y que carga con un título nobiliario-, ahora es otro deshecho, y su última atadura con su propio pasado cultural es la burla ocasional, el vivir a la deriva y directamente el delirio y la mitomanía.

De manera al parecer paradójica, pero no tanto si se conocen los recorridos históricos, la vieja aristocracia y el pueblo se encuentran en el mismo margen, frente al anonimato burgués capitalista.

Pero el eje y nexo entre estos dos mundos es este Lazzaro, un pariente o retoño de tantas criaturas de ficción, desde el idiota de Dostoievski al Forrest Gump de Robert Zemeckis, y que ha tenido un antepasado cercano en otra obra maestra del cine italiano reciente, Preferisco il Rumore del Mare (2000) de Mimmo Calopresti. Lo diferencia que este Lazzaro es una criatura lunar, así como también esa suerte de santo o figura mesiánica que parece fuera del tiempo. O que vive un tiempo propio donde la sacralidad que emana o, mejor dicho, en la que está sumergido, parece sorprender y hasta chocar a todos aquellos que lo rodean.

No por nada este nuevo avatar del “Fol” o del “Loco” de tarot, recorre tanto ese mundo arcaico como este contemporáneo sin cambiar un ápice. Así el perro que muerde el trasero del arcano cero del tarot, es aquí reconfigurado en un lobo extraído de la hagiografía de San Francisco de Asís y que tendrá la función de nexo totémico con este Lazzaro redivivo, o que padece el sueño de la razón.

La autora del film, utiliza el gambito fantástico ya clásico desde “Otra vuelta de tuerca” de James, hasta “El sur” de Borges, de proponer una doble lectura. En este caso a partir de una caída desde una colina de Lazzaro y su posible despertar y volver al mundo diez años después; o quizás se trata de un sueño, como una utopía al revés, o en todo caso como el fin de la utopía del progreso.

El film de Alicia Rohrwacher admite tanto una lectura cristiana o paleo cristiana, como de un marxismo desencantado, pero aún dialéctico.

Algo muy a destacar de este film y que por ello y entre otras cosas, lo vuelve una obra maestra, es cómo su autora ha sabido esquivar casi al límite -situándose en lo que podría denominarse la banquina expresiva-, la caída en la alegoría. La fábula, que de eso se trata si la pensamos mediante la taxonomía literaria, es sostenida firmemente a lo largo de toda su puesta en escena, mediante diferentes recursos que eluden tanto la moraleja como las abstracciones personificadas de la alegoría.

Para dar un solo ejemplo. El relato tomado de la hagiografía franciscana sobre el santo y el lobo, y que se narra en off antes y durante la caída de Lazzaro y la aparición del animal que parece o despertarlo o acunarlo en su agonía, es finalmente rematado por el plano en continuidad de otro personaje que lo está narrando in situ. Precisamente esa traslación espacio- temporal es como la marca estilística o etymon espiritual del propio film en marcha.

Finalmente y para no extender demasiado este texto, el film de Alicia Rohrwacher se inscribe en la más pura autoconciencia. El periplo que recorre el film puede verse tanto como la historia del cine italiano de pos guerra, así como la propia historia política italiana de ese mismo período. Es, podría decirse, un De Sica, pulido de miserabilismo, o un Ermano Olmi sin tanta seguridad fideísta. El relato en off ya mencionado, no por nada remata en “Cammina, cammina…

Con los baches y ya cráteres lunares que se tienen sobre el conocimiento del cine italiano de las últimas dos o tres décadas, y que antes fuera el preferido de las distribuidoras independientes, y teniendo en cuenta eso -que tal vez los servicios de netflix puedan, como en esta caso, mejorar-, este film de Alicia Rohrwacher es una obra maestra. Un film que junto a algunas obras de Pupi Avati (1), los primeros de Francesca Archibugi (2), el ya citado de Mimmo Calopresti, y la reciente (2015) Montedoro de Antonello Faretta, aparecen como los posibles, aunque convergentes caminos del cine italiano.

 

 

© Ángel Faretta, 2018

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Nota bene. Como he sugerido más arriba estas apreciaciones se basan en los films italianos que he podido ver, tanto en estrenos comerciales, ciclos ocasionales, sitios de internet, y ahora netflix, y demás…

1: “La casa delle finestre che rideno” (1976). “Regalo di Natale” (1988)

2: “Mignon è partita (1988)”.”Verso sera” (1990).

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Una respuesta a “Crítica: Lazzaro Felice (Netflix), por Ángel Faretta”

  1. gabriel dice:

    Excelente artículo, maestro. El film en cuestión es un milagro de belleza, y de serena riqueza imaginativa. Muy agradecido (como desde hace tiempo), por las pautas que nos comparte generosamente para aprehenderlo en su complejidad.

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