09.08.19
Cine _ Estrenos

Crítica: El llanto, por Eduardo Elechiguerra

(Argentina, 2018)

Dirección: Hernán Fernández. Guion: Franco Scappatura, Hernán Fernández. Elenco: Sonia Ortiz, Favia Acosta, Yanina Fernández. Producción: Hernán Fernández. Duración: 72 minutos.

El contraste en varios niveles de El llanto hace palpable la soledad de sus personajes. Por un lado, los planos varían entre abiertos (planos americanos o generales, en espacios al aire libre) donde están los protagonistas cada uno por su cuenta, y cerrados (primeros planos o medios, en interiores), en los que Sonia está acompañada pero usualmente en silencio. Los planos de ella suelen ser en interiores, pero una vez que se da a conocer la noticia de su embarazo, su personaje está más en espacios abiertos o semi abiertos (cerca de umbrales o de ventanas). Y el movimiento inicial de cámara que se presentaba con Elías,quien asumimospor detalles que es el padre de la criatura, desaparece por lo menos durante gran parte de la película.

Después están los diálogos tan escasos. La falta palpable aunque no absoluta de palabras magnifica los sonidos del entorno. El agua que cae del grifo, el canto de los pájaros, el ruido de las actividades cotidianas, el eco de lo que pareciera pasar desapercibido: todo esto contrasta con las contadas líneas dichas y semejantes a secretos que, por un lado, no deberíamos estar escuchando y, por otro, dan pistas de cómo entender el silencio de los personajes.

El dispositivo de la carta y las llamadas entre Elías y Sonia dejan en evidencia cierto forcejeo con lo orgánico de la película. Esta se compone por 42 planos que carecen de movimiento casi todos, de no ser por el trayecto recurrente que hacen en la camioneta las dos mujeres junto con Sonia en el proceso, o el primer plano que es un travelling que se aproxima hacia los espectadores, hacia el centro de la historia. Ahora, si la prolongación dilatada de gran parte de los planos se enfoca en descubrir sentidos más poéticos en la rutina de la protagonista, los dispositivos de la carta y las llamadas telefónicas irrumpen como algo externo y ambiguo.

Elías le manda una carta a Sonia después de anunciado el embarazo. Ella se resiste a leerla inicialmente, pero ya venimos siguiendo si bien no el trayecto completo desde las manos de Juan a las de Sonia; notamos la presencia de la misiva en varias escenas hasta que llega a sus manos. El objeto genera un suspenso que no será resuelto como esperamos. No sabremos qué dice la carta, sino el efecto que tiene en la embarazada. Esta decisión arriesga el interés y obliga a que el sentido de esta ambigüedad esté en la reacción de Sonia y en lo que está contenido en el plano donde transcurre la lectura de la misiva. Un plano medio a la luz de la vela nos permite ver el llanto de la protagonista y, a sus espaldas, una cortina se agita con persistencia. Si estamos de acuerdo con que todo en la imagen significa, es fácil concluir que la cortina es la inquietud de Sonia, su fragilidad. O por lo menos, esto es lo que representa. Pero, ¿qué hacemos si ignoramos las líneas que contienen esas hojas?

Las cartas representadas en el cine son un elemento fascinante porque expanden la voz del remitente y acentúan, a través de planos medios o primeros planos, la personalidad de quien escribe y, un poco, de quienes leen. Desde el Hollywood clásico con La carta de William Wyler y Carta de una desconocida de Max Ophüls, hasta la carta de Marta a Tomas en Los comulgantes, o la de Carol en la película homónima de Todd Haynes; por mencionar unos poquísimos casos, las cartas han funcionado como dispositivos donde la voz (con frecuencia en off) finalmente se desahoga. Entonces, ¿qué nos queda de una correspondencia de la que los espectadores sabemos su existencia, pero no lo que contiene?

La manera de Hernán Fernández para resolver esto es clave y es el mayor logro de la película junto con la fotografía de Constanza Sandoval. El plano que le sigue a la lectura de la carta es un árbol frágil agitándose junto a las cenizas de un fuego ya apagado. Y la toma siguiente es Sonia en un plano medio, ya de día, dispuesta a leer en voz alta unas líneas. 

Creemos, casi quisiéramos asegurar, que lo que ella leerá son las palabras de Elías. Lo que lee, en cambio, es un pasaje de la Biblia sobre las dificultades frente a aguas profundas. Aunque la postura religiosa de la película sea difusa (¿por qué Sonia acude a estas clases de religión?), esto no impide que el interés se haya desplazado de lo que había en la carta a lo que Sonia hará con lo leído.

Así, el llanto de ella ante la misiva y el de Elías en la última escena son ambiguos en su causa, pero claros en expresar una distancia duramente palpable entre ambos. Silencio, parsimonia y tristeza son las constantes de la historia para alcanzar un sentido ulterior que nunca es evidente, como tampoco lo es la vida.

 

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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