28.09.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Lucky, por Soledad Bianchi

(Estados Unidos, 2017)

Dirección: John Carroll Lynch. Guion: Logan Sparks y Drago Sumonja. Elenco: Harry Dean Stanton, David Lynch, Ron Livingston, Ed Begley, Tom Skerritt, Barry Shabaka Henley, James Darren, Beth Grant, Yvonne Huff, Hugo Armstrong. Producción: Logan Sparks, Drago Sumonja, John H. Lang, Richard Kahan, Adam Hendricks, Greg Gilreath, Ira Steven Behr, Danielle Renfrew Behrens. Distribuidora: Maco Cine. Duración: 88 minutos.

Existen dos formas sustanciales de analizar Lucky: desde su intención cinematográfica/argumental y desde su certeza biográfica. Ambas son orgánicas entre sí, ya que podemos deducir que en este camino del héroe Lucky paulatinamente se convierte en Harry Dean Stanton. En principio, el personaje es una caracterización de ciertos hábitos del actor, logrando también transmitir  a medida que transcurre la película parte de su carrera y de su personalidad,  hasta que transciende del todo su performance para dejar una huella indeleble con la mirada final que vaticina una pronta despedida. La clave de esta evolución es el desarrollo de su pensamiento a través de la inquietud que se traslada desde el personaje hasta su ser, en el inevitable enfrentamiento con el fin de la existencia, cuando solo queda encontrar la iluminación para estar preparado, aún más para un ateo que carece de la promesa de un culto que lo reconforte y que debe encontrar su propio desahogo espiritual. Sin embargo, no es una película triste ni sensiblera sino todo lo contrario; es una historia que ahonda en la búsqueda de sentido de la vida, que emociona, pero con una sonrisa.

Lucky es un ser nonagenario que resiste las vicisitudes del tiempo dentro de un estático desierto adornado por enormes cactus. Para esto ejecuta una rutina que parece ser la misma desde hace décadas, aunque sea opuesta a su supervivencia según las normas generales de salubridad: apenas sale el sol enciende un cigarrillo. Pese a su cuerpo endeble, donde la piel carece de cualquier tipo de tensión, se ejercita con repeticiones que incluyen girar sobre su propio eje con las manos estiradas, demostrando una vitalidad notable (tanto para el personaje como para el actor). Su dieta se basa en un vaso de leche con un fondo de café que saca de la heladera; en ella solo hay dos envases de cartón del mismo producto y el mismo vaso que vuelve llenar para el próximo día, como si esto fuera un aliciente de que la mañana siguiente lo encontrará de la misma forma. Un plano detalle hace énfasis en el display de la cafetera que tintinea en las 12:00 sin marcar hora, porque la medición del tiempo podría decantar su paso.

Antes de salir a la calle, toma el sombrero de cowboy raído que deja su marca exacta en el almohadón de la silla donde reposa cuando no lo tiene puesto, demostrándose la cantidad de años que fue repetida esta rutina. Abre la puerta, generando un recorte en contraluz que enceguece estilo John Wayne (pero al revés) y que muestra a su figura atravesando ese místico umbral. En ese momento deja de sonar la ranchera mexicana que nos interpelaba acerca de la nostalgia y la fugacidad del tiempo y aparece en plano medio Lucky, antes retratado sólo de forma fragmentada, prendiendo otro cigarrillo con esa particularidad de quemar un poquito más la base. El tratamiento sonoro deja lo musical para hace notar la cantidad de vida que lo rodea entre insectos y pájaros. Luego, una armónica como música incidental, interpretada por el mismo Stanton y también leiv motiv de los paseos, lo acompaña a transitar el desierto por las áridas callejuelas que lo llevan a continuar su vida diaria. Los crucigramas, las pequeñas charlas con la misma gente, retornar al hogar a mirar programas de preguntas y respuestas y seguir con los crucigramas componen su vida diurna. La noche lo encuentra en el bar tomando un Bloody María (con tequila, demostrando una vez más su simpatía por el país vecino), donde al parecer ese apio es lo único sólido que podría llegar a consumir, aunque lo deja intacto.

Repetir todos los días el mismo rito de alguna forma lo protege, como si esto lo volviese eterno, aunque el conjunto de instantes que es la existencia puede dejarlo afuera del juego en un segundo, por más dedicación que ponga en no cambiar sus quehaceres. Como es inevitable, ciertas premisas modifican su rigidez, y de esta forma va a concebir la posibilidad real de que su salud implacable no alcance para desafiar las leyes de la permanencia humana. Allí es cuando el juego filosófico se abre y lleva al personaje a desviarse de su vida regida por una rutina autoimpuesta, animándose primero a pensar para luego hablar y actuar en consecuencia. El catalizador del cambio será el desplome repentino que sufre al mirar hipnotizado aquel reloj tintineando, cuando cae al piso sin perder la conciencia sino todo lo contrario, entendiendo que se no se puede escapar del tiempo.

Ese derrumbe corporal recuerda al de Travis en París Texas, así como sus largas caminatas por el desierto. El de Wim Wenders fue el primer protagónico de Stanton, el papel que lo llevó a la fama y cuyo silencio de la primera mitad plasmó toda una gestualidad que trasciende lo actoral. Esa actitud ante la cámara es una característica del actor que hace notar en su mirada la presencia de un mundo; incluso más en esta película, su segundo protagónico en una ficción, donde dicho mundo es el propio. Porque Lucky no es solo una película que habla de la vejez, del temor a la muerte, del existencialismo, sino que es una oda a su protagonista Harry Dean Stanton, personificando sus últimos días de vida desde la profundidad de su ser actor.

Es imposible no cruzar la información con el documental de Sophie Huber dedicado a Danton, Partly Fiction (2012), con el que comparte más de un concepto. El documental hace énfasis en ese terreno que él nunca llegó a desarrollar que es la música, allí interpreta muchas canciones desde su voz o con la armónica, con una coda emocionante donde canta un tema irlandés que probablemente tenga que ver con lo que su madre le cantaba a él, porque esto es lo único que podemos deducir de su infancia además de que es oriundo de Kentucky, información que comparte con el personaje de esta ficción. En Partly Fiction se comunica a través de la música, en Lucky a través de la actuación. En ambas reconocemos aquella foto que lo muestra con uniforme cuando combatió desde la cocina en la Segunda Guerra Mundial, o pequeñas referencias como su calidad de fumador y bebedor. Que nunca se casó, que ya no tiene familia, que es un ser silencioso. Hasta hace oídos sordos a la misma frase: “La amistad es esencial para el alma”. En el documental fuerza a que se la repitan varias veces como si no la escuchase, en la ficción asegura que el alma no existe, casi como si los guionistas se hubieran basado en estas particularidades para trazar la historia, aunque sabemos que Logan Sparks, quien escribió junto a Drago Sumonja el guión, fue asistente del mismo Stanton y por lo tanto tuvo un acercamiento esencial para desarrollar al personaje.

Por el lado de la dirección, John Carroll Lynch realiza una película que se basa en conversaciones, pero que hace destellar en la mirada de Stanton una profundidad que va más allá de los diálogos. Paradójicamente es un actor conocido por sus roles secundarios y que vivió de cerca a varios maestros (los Cohen, Eastwood,  Scorsese), y hasta se dio el lujo no solo de dirigir a su amigo personal David Lynch sino también de crear un momento lyncheano: justo en la mitad de la película y en la instancia de transformación más culminante del personaje, el misterio atraviesa la pantalla mediante una pesadilla áurica donde aquel se zambulle, como un animarse a transitar lo desconocido, aunque luego Lucky se despierte de madrugada y vuelva a acomodar sus pertenencias desparramadas para que el próximo día lo encuentre de la misma manera que siempre, amén de que nada volverá  a ser lo mismo. Cuando se vuelve a acostar, el director lo toma desde un ángulo contrapicado elevándose en diagonal, cercano a Dios podría decirse, dejándolo en posición fetal, aunque lo cierto es que no hay Dios para Lucky. Ello nos da a suponer que estamos ante una marca enunciativa del propio J.C. Lynch, quien redime a su personaje con una mirada católica.

La información que tenemos de la vida de Lucky, más allá de su participación en la guerra, es totalmente escueta. No sabemos su nombre real ni qué hizo. Así podemos pensar en un personaje que, desde una estadía en este mundo que se presenta trivial, se va desenvolviendo en los conceptos existenciales de gran profundidad del verdadero Stanton. No solo comparten personaje y persona los mismos datos, sino que los guionistas dieron lugar a esta exaltación para que ante la inminencia de su deceso podamos llegar a comprender no solamente su vejez sino también su forma de vivir y ver las cosas.

Como un epílogo de su carrera, Lucky viene a reforzar aquel rol que Wim Wenders le propuso. Una gran despedida para Stanton, quien muere antes de estrenada la película en Estados Unidos en septiembre de 2017. Más allá de este contratiempo podemos decir que fue alguien con suerte, recibiendo a los 90 años el papel de su vida. Un verdadero beligerante del tiempo, convertido en protagonista certero y en persona(je) inolvidable.

 

 

© Soledad Bianchi, 2018 | @soleddub

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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