09.01.19
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Crítica: Máquinas mortales (Mortal Engines), por Alejandro Turdó

(Nueva Zelanda, Estados Unidos, 2018)

Director: Christian River. Guion: Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson. Elenco: Hugo Weaving, Hera Hilmar, Robert Sheelan, Leila George, Stephen Lang. Producción: Deborah Forte, Peter Jackson, Amanda Walker, Fran Walsh, Zane Weiner.  Distribuidora: UIP. Duración: 128 minutos

Peter Jackson en modo steampunk.

Cuando todo parecía indicar que las transposiciones de novelas del universo young adult a la pantalla cinematográfica habían entrado en declive, llega Máquinas mortales para refregarnos en la cara que todavía queda combustible en el tanque de los grandes estudios para seguir exprimiendo piezas literarias mainstream, apuntadas al grupo demográfico que mayoritariamente llena las salas comerciales (léase: jóvenes y adolescentes).

Máquinas mortales nos presenta un futuro distópico, en el cual nuestro planeta fue arrasado luego de un cataclismo bélico conocido como “La guerra de los sesenta minutos”. A raíz de esto, las ciudades se volvieron urbes móviles operando bajo el concepto llamado “darwinismo municipal”, según el cual estas metrópolis capturan y consumen otras ciudades más pequeñas para alimentar su propio motor y continuar en movimiento. Hugo Weaving (Matrix, El Señor de los Anillos, V de Venganza) interpreta a Thaddeus Valentine, reconocido arqueólogo y cientifico de Londres, la mayor y más implacable ciudad móvil. Detrás de una fachada filantrópica, Valentine tiene planes de utilizar una poderosa tecnología del pasado para conquistar otros dominios y subyugar a los asentamientos fijos que están en contra del movimiento traccionista. Aparentemente la única capaz de detenerlo es Hester Shaw (Hera Hilmar), una joven que busca vengar la muerte de su madre a manos del propio Valentine al tiempo que intentará detener su avanzada devastadora. Tom (Robert Sheehan) es un joven londinense de la clase baja que también sigue la pista de esta conspiración y se une a Hester en la lucha.

Peter Jackson compró los derechos de la saga literaria de Philip Reeve hace algunos años y la producción pasó varias temporadas en el llamado development hell, hasta que el propio Jackson se sumó como productor y colaboró también desde el guión. El director Christian Rivers es un hombre del riñón del neozelandés, quien previamente trabajo haciendo storyboards y efectos especiales en las sagas de El Señor de los Anillos y El Hobbit.

Probablemente el mayor problema de Máquinas mortales sea lo mucho que nos recuerda a otras películas apocalípticas y distópicas que hemos visto en el pasado, con Mad Max: Furia en el camino (2015) de George Miller y El increíble castillo vagabundo (2014) de Hayao Miyazaki, las cuales presentaban personajes con mayor profundidad que generaban más interés sobre aquello que sucedía en el relato. En esta ocasión ningún personaje parece capaz de huir al claustro de la bidimensionalidad, llevando a cabo cada acción de acuerdo a lo que determina el tropo de todas y cada una de las historias que conforman este subgénero: el chico pobre y peleador de clase baja, la chica ruda pero con compasión, la chica de clase alta con consciencia social, el líder despiadado, el aliado excéntrico, etc.

Las escenas avanzan saltando de una secuencia frenética a la siguiente sin respiro, a puro vértigo y desparpajo en clave CGI. Todo es contado a través de los diálogos de sus personajes, nunca desde las acciones, cuestión que torna sumamente predecible cualquier giro argumental que la trama crea estar escondiendo al espectador. Es por eso que el conflicto principal carece de asombro y emotividad a tal punto que, irónicamente, la subtrama con el único personaje no viviente implica el pasaje más atractivo de todo el film: un robot termina dando la interpretación más humana de todo el relato. Weaving no desentona en su rol de personaje con dos caras y muestra un trabajo tan aceptable como siempre, mientras que los más jóvenes del reparto componen una suerte de juego de fichas intercambiables. No es un detalle menor que el personaje de Hester tenga una cicatriz en su rostro cuando en el libro la desfiguración es mucho más severa e impresionante, mostrando a las claras las intenciones estéticas y el target ATP de la película.

Con una analogía muy básica sobre los peligros de los conflictos bélicos a gran escala y las consecuencias para el planeta en el que vivimos (¿Y una crítica revisionista sobre la Inglaterra colonizadora de otros siglos?), Máquinas mortales es un film que deslumbra desde lo visual tomando al steampunk como guía estética para dar forma a su mundo, pero perdiendo el rumbo al momento de dar profundidad a una historia carente de originalidad y frescura sin personajes cautivantes.

 

 

© Alejandro Turdó, 2019 | @AleTurdo

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