10.06.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Matar a Jesús, por Eduardo Elechiguerra

(Colombia/Argentina, 2017)

Dirección: Laura Mora Ortega. Guión: Laura Mora Ortega y Alonso Torres. Elenco: Natasha Jaramillo, Giovanny Rodríguez. Producción: Juan Pablo García, Alex Zito, Diego F. Ramírez, Ignacio Rey y Maja Zimmermann. Fotografía: James L. Brown. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 95 minutos.

Matar a Jesús es un testigo que no sabe cómo hacer frente a la violencia que acabó con la vida del padre de Paula, la protagonista. La falta de dramatismo en esta observación podría ser un factor en contra de la película, pero amplifica la incapacidad del ser humano ante la violencia descarnada que impera, en este caso, en Colombia. La impotencia de Paula se permea en nosotros como espectadores que no estamos exentos de situaciones semejantes, al menos quienes venimos de países como Venezuela, Argentina o Brasil donde los barrios, villas o favelas pueden limitar con las zonas más pudientes de la ciudad.

Esta incapacidad se convierte en un arma de doble filo. Por un lado, es un retrato sin excesos del intento que hace Paula por vengar la muerte de su padre. Se reencuentra con Jesús, el asesino, y si bien el guión juguetea con la posibilidad de que se enamoren, no cae en esta trivialidad sino que más bien ella no deja de mostrarse tímida y rara, como él mismo reconoce. En verdad, la venganza la supera, como una máscara que no le cabe a un actor por su fisonomía.

Pero por otro lado, ¿qué tiene que decir el filme sobre la violencia? Sin duda no busca magnificarla, mucho menos caricaturizarla, como tiende a hacer mucho cine con mejores o peores resultados. En cambio, asoma un debate moral sin ganas de aleccionar, sino con mucha precisión.

Al comienzo parece, no obstante, que el guión va a indagar en las tres miradas que quedan huérfanas frente a la muerte del padre: la viuda, el hijo mayor y Paula, la menor. Pero después de algunos roces donde vemos que los dos primeros han quedado entumecidos tras la muerte, el guión se decanta por la búsqueda que emprende Paula, quizá motivada por ese lema que parecía repetir su padre en las clases impartidas en la universidad donde él enseñaba: “no dejen dormir la inquietud”.

Es posible que la sentencia final del filme diga: la violencia nos incapacita a casi todos. A las víctimas directas, a las indirectas y al victimario. Los menos preocupados en toda la situación parecieran ser los detectives y policías involucrados en el caso, pero a ellos solo les echa una pasada como si se tratara de una trámite burocrático. Al final, como en el plano de una Paula ínfima que lanza la pistola frente a la ciudad que la observa incólume, todos quedamos empequeñecidos ante la incertidumbre de quien sufre la inseguridad descontrolada en una urbe donde todos intentan sobrevivir, pero nadie sabe cómo.

Hay un detalle, menor en perspectiva pero visible, que molesta. El amigo de Paula, que incluso parece ser amigo de la familia ya que se refiere a un próximo encuentro con el padre de ella para ver el partido, desaparece después de una única escena al comienzo. Ciertamente pierde relevancia después de lo que ocurre. Sin embargo, siendo uno de los pocos que declara haber dejado la marihuana, pareciera que el filme desecha, por error o frontalmente, la posibilidad de corregir los excesos por los que pasan muchas sociedades latinoamericanas en la actualidad y de los que esta historia no está exenta. Y esto es escrito sin ánimos de pacatería; tan solo indica un desenvolvimiento posible de placeres sin necesidad de exacerbación,

La obra participó en varios festivales como en el de Huelva y el de Zúrich, y ganó en el de Chicago, el de San Sebastián, el de La Habana y el del Cairo.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2018 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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