04.11.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Midsommar. El terror no espera la noche (Midsommar), por Daniel Nuñez

(Estados unidos, 2019)

Guion y dirección: Ari Aster. Elenco: Jack Reynor, Florence Pugh, Will Pouter. Música: Freeez. Distribuidora: BF Distribution. Duración: 147  minutos.

Midsommar: El enemigo está acá 

Cuando era pibe vi por primera vez una de Tarkovsky, ya de más grande y entrando a los 20 una de Bergman. Pasando los 25 varias de Von Trier, y algunas de Aronofsky. A la par mi naturaleza curiosa por directores más clásicos como Cameron, McTiernan, Carpenter o De Palma me permitían yuxtaponer las formas que marcaban (marcan) las distancias entre lo moderno y lo clásico. Era en esos años de formación, noches interminables de película tras película y mucho café, que me veía en medio de una encrucijada sobre la apreciación y la valoración que podía tener del primer grupo al que hice mención. Pasaron los años y ya llegando a los treinta entendí que, sin ir más lejos, las películas de todos estos directores modernosos eran lo “anticine” y ellos, inevitablemente, eran algo peor, mucho peor. Eran el Enemigo.  

Al enemigo (como me gusta denominar a esta sarta de chantas “sofisticados”) se lo puede reconocer por lo siguiente: buscan la trascendencia desde la temática, es decir, creen que su cine debe explorar temas “importantes” que solo los intelectuales puedan entender o apreciar aun cuando desde la puesta en escena carecen de forma e ideas. Esos temas son recurrentemente alegóricos, por lo que la visión del mundo de estos directores es absoluta, y no habilitan una libre interpretación del espectador. Es LA visión del director por sobre el cine. Lo anticine menosprecia las herramientas cinematográficas y niega a este arte como entretenimiento. Lo vuelven tediosamente discursivo, solemne, malvado en sus intenciones contra el espectador común. Mucho de eso y tal vez más tiene Midsommar del insufrible Ari Aster, uno nuevo que se suma a la lista. Con todos los síntomas de lo anticine, Midsommar deja en claro que, desde el vamos, este tipo de películas aun encuentra un público. Pero eso es otra historia. 

Hace años, Aster nos chantó Hereditary, una porquería ingesta sobre cultos a lo desconocido que ya advertía al espectador sobre el germen cinematográfico de su director. Un film sin forma, bizarro en el peor sentido, solemne y simbolista, apenas disfrutable por el hermoso cabezazo que le da la pibita protagonista a un poste de luz que la deja decapitada en el asiento trasero de un auto. Nada más. Bah, Toni Collette salvaba un poco las papas. Volviendo a lo que nos compete, Midsommar dobla la apuesta: película doblemente zonza, solemne, sin forma, larga hasta el hartazgo, sintomática con los tiempos que corren e inevitablemente inútil. 

La cosa va más o menos así: una pareja se interna en una pacífica comunidad en el medio del bosque, alejados de la ciudad y de los traumas que intenta sobrellevar la protagonista. Una vez allí parece que todo va bien, aun cuando los residentes se muestran un tanto extraños. Ella intenta olvidar las viejas cicatrices y él, despreocupado, comienza a seducir a una joven. Paulatinamente los habitantes de la comunidad mostrarán sus hábitos y con ello, la idea de que lo “monstruoso” subyace en lo más profundo de nosotros. Aunque no lo crean, esta es la trama de Aullidos (1981) de Joe Dante, y también la de Midsommar. Tan peligrosamente similares son que Aster parece haber afanado olímpicamente el argumento de aquel clásico ochentoso sobre licantropía. Las distancias están marcadas en el tono arty, con travellings híper simétricos a lo Wes Anderson y sobrecarga de símbolos esotéricos y otrora representaciones del mal que huelen a chamuyo de tartamudo. Eso de cine tiene poco. Tanto Midsommar como Hereditary intentan ser relatos oscuros, perturbadores y sórdidos, como si quisieran emanar una hediondez fatal, tener el tufillo de aquellos relatos de la década del setenta con el auge del cine de terror moderno y las nuevas formas que había adquirido para narrar historias. El olor a colonia Paco deviene fragancia de Chanel n5. Todo muy correctito, muy delicado. 

Midsommar además se regodea en un sadismo que nada tiene que envidiar a otros vendehumo como Gaspar Noé. Ese sadismo, que incluye cabezas destrozadas con mazos (¿Qué cazzo le pasa a Aster con las cabezas cercenadas o que estallan contra algún objeto contundente?), gente prendida fuego y lo que es peor, gestos en primer plano que reivindican el goce por salvajadas innecesarias que están más para el shock del espectador impresionable que para la  lectura o la reflexión. Azarosa en todo sentido, abyecta hasta los huesos y peligrosamente confusa; hay momentos tan viles que provocan en el espectador la vergüenza instantánea. 

Frente a la escena donde un grupo de mujeres hace una ridícula catarsis antes de quemar viva a la pareja de la protagonista (el tipo, por cierto, disfrazado de oso), nos preguntamos si Aster tuvo una infancia difícil o se golpeó la cabeza de chiquito. Ese subrayado alegórico dice: el hombre-bestia debe arder, debe morir. Todo filmado de manera grave, muy seria. En ese momento rogué para que el flaco zafara de la situación y, metido en ese disfraz de oso, agarrase un hacha, y al carajo con la loca protagonista y sus amigos enfermitos. Por desgracia la irresponsabilidad no es el fuerte de esta película. Qué lástima. 

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© Daniel Nuñez, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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5 respuestas a “Crítica: Midsommar. El terror no espera la noche (Midsommar), por Daniel Nuñez”

  1. Matías dice:

    No creo que el autor haya dado en el punto de la película. Creo incluso que no la llega a comprender cabalmente. Y esto no sucede por una supuesta complejidad propia del film, sino por los prejuicios que fijan la mirada y priorizan axiomas antes que la contemplación. De este modo el artículo está plagado de aseveraciones que no se explican, sino que el texto todo el tiempo las presupone. Por lo tanto, esta crítica es una gran petición de principios. Un gran ejemplo de esto último es la siguiente oración “(…) niega a este arte como entretenimiento. Lo vuelven tediosamente discursivo (…)”. Asume, no explica, que el cine es un arte que debe entretener. De todas formas, de aquí se desprende que si no entretiene no es arte cinematográfico y por lo tanto la palabra “arte” queda supeditada a la palabra “entretenimiento”. Y esta contradicción hiere de muerte todo el artículo que parte de sentencias pretendidamente objetivas (‘esto es el cine, aquello es el anti-cine’, etc.) porque queda a merced, no de las reglas del arte, sino de la experiencia subjetiva del entretenimiento. Finalmente, la distinción entre “moderno y clásico” tampoco es explicada, pero asume que son “más clásicos” Cameron, McTiernan, Carpenter y De Palma; dando a entender que Tarkovsky y/o Bergman son “modernos” o tal vez ‘menos clásicos’. ¿Cuál es el punto a partir del cual se diferencian ambas concepciones? ¿Qué entiende el autor por “moderno” y “clásico”? Por ejemplo, para cierta corriente crítica la diferencia se encuentra en la relevancia de la trama. En lo clásico ésta sería la apoyatura fundamental para el despliegue del lenguaje cinematográfico; a diferencia de lo moderno en donde la trama es más una excusa y queda relegada a un segundo plano. Sin embargo, las paredes que separan lo moderno y lo clásico son permeables; haciendo de John Ford, por ejemplo, un autor que en sus films contienen ambos mundos (y dependiendo de qué película más de uno que del otro). En fin, espero sepan comprender que este breve texto es solo una crítica constructiva. Saludos.

  2. Matías dice:

    No creo que el autor haya dado en el punto de la película. Creo incluso que no la llega a comprender cabalmente. Y esto no sucede por una supuesta complejidad propia del film, sino por los prejuicios que fijan la mirada y priorizan axiomas antes que la contemplación. De este modo el artículo está plagado de aseveraciones que no se explican, sino que el texto todo el tiempo las presupone. Por lo tanto, esta crítica es una gran petición de principios. Un gran ejemplo de esto último es la siguiente oración “(…) niega a este arte como entretenimiento. Lo vuelven tediosamente discursivo (…)”. Asume, no explica, que el cine es un arte que debe entretener. De todas formas, de aquí se desprende que si no entretiene no es arte cinematográfico y por lo tanto la palabra “arte” queda supeditada a la palabra “entretenimiento”. Y esta contradicción hiere de muerte todo el artículo que parte de sentencias pretendidamente objetivas (‘esto es el cine, aquello es el anti-cine’, etc.) porque queda a merced, no de las reglas del arte, sino de la experiencia subjetiva del entretenimiento. Finalmente, la distinción entre “moderno y clásico” tampoco es explicada, pero asume que son “más clásicos” Cameron, McTiernan, Carpenter y De Palma; dando a entender que Tarkovsky y/o Bergman son “modernos” o tal vez ‘menos clásicos’. ¿Cuál es el punto a partir del cual se diferencian ambas concepciones? ¿Qué entiende el autor por “moderno” y “clásico”? Por ejemplo, para cierta corriente crítica la diferencia se encuentra en la relevancia de la trama. En lo clásico ésta sería la apoyatura fundamental para el despliegue del lenguaje cinematográfico; a diferencia de lo moderno en donde la trama es más una excusa y queda relegada a un segundo plano. Sin embargo, las paredes que separan lo moderno y lo clásico son permeables; haciendo de John Ford, por ejemplo, un autor que en sus films contienen ambos mundos (y dependiendo de qué película más de uno que del otro).

  3. Iván dice:

    Demasiada bilis querido Daniel, que triste es ser critico de cine por favor!

  4. Lucio dice:

    Que persona irrespetuosa para con cineastas históricos como Tarkovsky y Bergman, quienes dejaron una huella inmensa en la historia del cine, tanto por su forma de hacer cine como por los temas complejos que tocaban. Deberías ver un poco más del cine que decís que es anticine, ver a Lynch, a Buñuel, a Renoir, Godard, etc.
    Con que facilidad criticas a grandes autores que van contra el cine convencional y comercial que no busca más que la repetición de fórmulas que generan un rédito económico.
    Deberías dejar de faltar el respeto a grandes autores que en su época y ahora marcaron un momento impresionante para el cine, y dejar de criticar sentado en tu casa, sin valorar a personas que se la pasaron toda su vida haciendo películas

  5. Ignacio Pedro Olguin dice:

    El propósito del cine no es entretener o divertir, la cinematografía es un medio que soporta incontables mensajes e intenciones. Que ciertos autores clásicos de hace 50 años, provenientes además de otro contexto cultural y tecnológico, te parezcan un embole o muy atados a su tiempo, no significa que sean “anticine”. Quizás tú noción de lo que es realmente el cine sea medio limitada.

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