10.06.18
Cine _ Estrenos

Crítica: El Motoarrebatador, por José Luis De Lorenzo

(Argentina, 2018)

Guión y dirección: Agustín Toscano. Elenco: Sergio Prina, Liliana Juarez, Leon Zelarayan, Daniel Elías, Camila Plaate,Pilar Benitez Vivart, Mirella Pascual. Producción: Georgina Baisch, Natacha Cervi, Santiago López, Hernán Musaluppi, Diego Robino, Cecilia Salim. Distribuidora: Cine Tren. Duración: 93 minutos.

La balada pertenece a un género musical que está asociado a la poesía. La balada romántica, en tanto, es aquella basada en un hecho específico, y puede incluir la variante de estar compuesta solo por acordes, sin letra. Desde el surgimiento de bandas de rock ’n’ roll vinculadas a comunidades de surfers o motoqueros (guerreros en el agua o en las rutas), se suele combinar la balada con un acorde  particular característico y altisonante que cambia radicalmente su estructura original; este es fácilmente reconocible y muy frecuente en las escenas de motos en el cine.

El Motoarrebatador comienza con una escena que incluye una balada, una moto y la imagen de un motoquero (luego sabremos que se llama Miguel; no lo denominaremos motochorro sino arrebatador, ya veremos el motivo). La moto es el caballo de batalla para salir a ganarse el mango y arrebatar. Presentados el vehículo y su conductor, el film continúa mostrándonos al secuaz (personaje que luego tendrá incidencia en una escena clave). Juntos, marcan a una señora que va a un cajero automático durante esas horas muertas y calurosas de la tarde tucumana, locación que por su periferia se asemeja a la de un pueblo fantasmal de western de antaño. Tras el arrebato, la cartera queda aferrada a la señora, hecho que produce un arrastre del cuerpo por varios metros, dejándolo inconsciente y tendido sobre la vereda.

A pocos días de esto, el arrebatador, por alguna razón no desarrollada pero que bien podría inferirse sobre la idea de una imagen materna que no está presente en la historia (o vaya uno a saber por qué), regresa al lugar, se dirige a una guardia de hospital y pregunta por la mujer; él sabe su nombre ya que tiene las pertenencias. Mientras que la víctima pasó a un estado inconsciente, el victimario pasará a un estado opuesto.

¿Por qué motoarrebatador en vez de motochorro? Luego del incidente inicial, la temática criminal desaparece, Miguel no vuelve a delinquir salvo en una escena que refleja la situación generalizada de western en el territorio tucumano. Miguel no roba sino que arrebata una identidad que no es la suya, y todo el relato gira alrededor de dicho aspecto; afuera quedan la moto, el robo y todo lo demás. Es el vínculo entre el arrebatador y la mujer lo que toma fuerza en la trama y cambia por completo el destino al que se dirigía el film.

Agustín Toscano, el director, ya había codirigido Los dueños, que fue gratamente recibida en Cannes. Su talento es indiscutible y su búsqueda continúa, afianzando conocimiento y experiencia al contar una historia pequeña y minimalista en su Tucumán natal.

Miguel y la señora, al igual que en una balada, se funden como el acorde y letra que definimos. Por momentos, sin siquiera darnos cuenta (ilusos nosotros y conscientes ellos todo el tiempo). Ninguno de los dos, en el final, resulta ser quien pensábamos que era.

 

 

© Jose Luis De Lorenzo, 2018 | @josedelo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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