05.01.20
Cine _ Estrenos _ Internacionales _ Series

Crítica: Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía (Netflix), por Hernán Schell

Defectos generales, virtudes accidentales

Dentro de ese libro imprescindible llamado ¿Qué es el cine? de André Bazin existe un artículo magistral llamado “El cine y la exploración”. Allí el autor se explaya, entre otras cosas, sobre un documental llamado Kon-Tiki. Bazin habla de la filmación de una exploración hecha por un grupo de científicos que buscaban probar una tesis histórica navegando con un barco en medio del océano. Esta exploración había sido filmada y luego proyectada en los cines. Bazin se expresa durante un par de párrafos describiendo todos los defectos formales y técnicos del film. Describe con una precisión admirable sus imágenes temblequeantes, su carencia total de criterio a la hora de filmar y sus nulas ideas estéticas. Todo esto atribuido, claro, al propio carácter amateur de las personas que filmaban. De esta manera, cuando los tripulantes están ante una situación de peligro que consiste, por ejemplo, en el posible ataque de un tiburón, esta imagen, por razones de desconocimiento estético aunque también –y sobre todo- de supervivencia personal, apenas si puede verse. Sin embargo, cuando uno cree que Bazin va a destrozar por completo el documental, el crítico da una vuelta de timón a su argumentación y dice:

Y sin embargo… Kon-Tiki es admirable y sobrecogedor. ¿Por qué? porque su realización se identifica plenamente con la acción que relata de manera tan imperfecta; porque no es, en sí misma, más que un aspecto de la aventura. Esas imágenes borrosas y temblorosas son como la memoria objetiva de los actores del drama. Ese tiburón-ballena entrevisto en los reflejos del agua, ¿nos interesa por la rareza del animal o del espectáculo –no se le ve apenas-, o porque la imagen se ha tomado en el mismo instante en que un capricho del monstruo podía aniquilar la embarcación y enviar la cámara y al operador a siete u ocho mil metros de profundidad?

La respuesta es fácil: no se trata de fotografiar un tiburón, sino el peligro.

Pensé muchas veces en esta reflexión de Bazin mientras veía el documental de Alberto Nisman. Sí, claro, esta serie de seis capítulos no está hecha por un aficionado, ni tampoco es el tipo de documental que hicieron aquellos heroicos científicos. Pero tiene algo en común con esta película: se trata de documentales que han llegado a ciertas virtudes más por accidente que por una búsqueda genuina, y en ambos casos esa virtud se manifiesta de forma borrosa (en el caso de Kon-Tiki lo “borroso” es visual, en el caso de Nisman lo “borroso” podría denominarse como conceptual).

La película de Nisman gira, por supuesto, en torno a la muerte del fiscal y las repercusiones políticas que tuvo para nuestro país. De paso, habla de otras cuestiones inevitables como la relación de los servicios de inteligencia con la política argentina, las idas y vueltas judiciales del horroroso atentado a la AMIA y el mundo periodístico.

El documental tiene estéticamente todos los defectos que pueden atribuírsele a cualquier programa periodístico de medio pelo. Carece de toda originalidad visual (las imágenes de Buenos Aires son siempre las mismas), posee una música omnisciente y molesta hecha para resaltar misterio cada cinco segundos e incluso reconstrucciones dramáticas totalmente innecesarias. Por otro lado, el documental está durante un buen tramo hablando de víctimas de la AMIA, momento que no parece tener otro objetivo más que decir lo obvio (la tristeza que produjo este hecho en los familiares de las víctimas) y que se desvía del caso puntual que quiere retratar con el objetivo de otorgarle al documental un toque de sentimentalismo amarillista.

No obstante, este no es el mayor de los problemas. Si bien el documental dura seis horas, la sensación que da es que hay demasiadas cosas que quedaron afuera o que apenas se abordaron. Las operaciones de difamación que sufrió la figura de Nisman post-mortem apenas si se mencionan al pasar, y preguntas tales como la ausencia total de custodios al momento en que Nisman muere (algo que podría ser producto de la inoperancia o la complicidad, dos factores tan graves como llamativos), o el ahondamiento en el hecho de que la computadora supuestamente se haya usado luego de muerto el fiscal, brillan por su ausencia.

No obstante esto, hay otra cuestión que también llama y mucho la atención del documental: la casi total falta de repregunta por parte del entrevistador. Este hecho es particularmente molesto durante el film. Nisman se basa mayormente en testimonios de testigos, especialistas y sospechosos. La falta de una voz en off explicativa hace que estas declaraciones se vuelvan especialmente relevantes.  Para decirlo de una manera más clara: en Nisman no hay un narrador que nos introduzca a los hechos objetivos del asunto: en su gran mayoría, lo que sabemos es a partir de testimonios tan diferentes entre sí como los de Laura Alonso, Luis Moreno Ocampo, la fiscal Fein y Oscar Parrilli.

De todos modos, hay que decir que este hecho parece totalmente adrede: al no haber una voz en off que tenga la palabra última sobre las cosas, lo que sobrevive es la confusión y las contradicciones, así como la idea de retratar un mundo que el propio documental no entiende demasiado. El problema es que el propio periodista que entrevista no parece hacer otra cosa la mayor parte del tiempo que exponer eso sin manifestar su propia confusión mediante repreguntas. Cuando un familiar de la víctima de la AMIA dice que “Nisman nos mintió mucho”, no existe por parte del periodista ningún interés (o por lo menos ninguno que haya expuesto ante cámara) en profundizar; pero tampoco existe casi ninguna repregunta a Parrilli, Lagomarsino o la propia fiscal Fein. De hecho, a Fein se le dedican escenas enteras donde puede explicar la ética de su oficio y la importancia de la justicia. Son momentos raros, porque ubican a Fein en un lugar de sabiduría que atenta contra el espíritu ambiguo que la película le da a sus entrevistados más importantes (a los que es imposible creerles del todo, y a algunos hasta creerles algo). En tanto Lagormarsino y Bogado pueden explayarse en varias cuestiones sospechosas (como la existencia de una cuenta conjunta que el ingeniero informático compartía con Nisman, o la vaguedad con la que Bogado explica su oficio), sin que esto derive en que el periodista quiera ahondar. Es un problema grande este porque le quita dinamismo e interés al documental, al cual quizás se sigue con mayor interés más por las características extracinematográficas del caso que por la exposición de los hechos en sí. Con todo, en medio de estas falencias  hay algo que se destaca: la figura de Jaime Stiuso.

Indudablemente, durante todo el documental el mayor atractivo reside en la posibilidad de encontrar al espía y autoridad de la SIDE hablando ante cámara. Su presencia parece salida de una película de Hitchcock: es uno de esos villanos amables y sumamente lúcidos, que dice más de lo que revela en buena medida porque tiene una habilidad para hablar mucho sin terminar de explicar absolutamente nada.

A diferencia de los villanos de Hitchcock, claro, Stiuso no es un personaje de ficción, por lo que su figura despierta sobre todo perturbación, y hasta miedo. Stiuso es también y por lejos la persona a la que más repreguntas se le realizan en el documental (un raro momento de lucidez por parte del entrevistador), y los momentos más potentes de la serie están ahí donde uno puede ver a Stiuso sonriendo con frialdad, contestando con evasivas o expresando cuestiones insólitas como poner la excusa de un celular en vibrador para explicar el motivo por el cual no le atendía los llamados a Nisman al momento en que este intentaba contactarlo poco tiempo antes de su muerte. En su figura quizás se concentre todo lo que el documental quiere expresar: la perturbación frente a personas que sencillamente viven en un mundo de poderes y redes a los que la justicia no puede alcanzar y que manejan una información inaccesible y clave para el poder político.

Los oscuros testimonios de Stiuso son, acá, el equivalente al tiburón-ballena tomado en Kon-Tiki; una figura que vale por el solo peligro que representa, por eso que se insinúa antes que por lo que se muestra, y una figura a la que el documental llegó quizás más por estar en el territorio debido que por su propia inteligencia. Así y todo, como sucede con Kon-Tiki, tal vez estos momentos sean inolvidables en un producto que de otra manera resultaría descartable. A veces la cámara puede darle a quien la maneja ese raro privilegio de entregarle trascendencia cuando quizás no la merecía. En todo caso uno, como espectador, está agradecido, incluso cuando lo que la cámara le dio no sea precisamente de lo más agradable.

 

 

@ Hernán Schell, 2020 | @hernanschell

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.