07.11.18
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Crítica: Operación Overlord (Overlord), por Guido Pellegrini

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Julius Avery. Guion: Billy Ray, Mark L. Smith. Elenco: Jovan Adepo, Wyatt Russell, Mathilde Ollivier, Pilou Asbæk, John Magaro, Iain De Caestecker, Dominic Applewhite. Fotografía: Laurie Rosen, Fabian Wagner. Montaje: Matt Evans. Producción: J.J. Abrams, Jo Burn, Lindsey Weber. Distribuidora: UIP. Duración: 110 minutos.

El concepto se vende solo: una mezcla de película bélica y de terror, con nazis, mutantes y zombies. Y si encima los actores entienden la propuesta, el guión funciona como un reloj y la mano del director (el australiano Julius Avery) es firme, ¿qué puede salir mal? Casi nada y prácticamente todo.

Operación Overlord quiere ser un film de clase B, pero es un homenaje lavado y respetable. Incluso las escenas de gore podrían llevar un sello de calidad, por más espeluznantes que sean. No hay fisuras ni excesos. Y ni siquiera el alocado concepto es sorprendente, porque es un calco de lo que Wolfenstein, la emblemática franquicia de videojuegos, viene haciendo desde hace décadas.

De hecho, la construcción narrativa de Operación Overlord es como la de un videojuego. Adopta la misma lógica geográfica: la trama se desarrolla según la ubicación de los personajes y cómo atraviesan obstáculos para descubrir nuevos niveles de atrocidad.

Seguimos los pasos de un pelotón de paracaidistas durante la invasión de Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Su misión es entrar en territorio enemigo y destruir una torre de comunicación. Pero el camino -obviamente- resulta ser más sinuoso de lo que esperaban.

Quienes sobreviven la sangrienta apertura de la película son: Boyce, nuestro protagonista pacifista y afroamericano; Tibbet, el humorista del grupo; Chase, el fotógrafo; Rosenfeld, capturado ni bien pisa suelo francés; y Ford, el líder, dispuesto a ser tan despiadado como los nazis. Un típico pelotón cinematográfico, metáfora de la variedad étnica de Estados Unidos frente a la monotonía de la raza aria.

A medida que nos acercamos a la torre, lo bélico empieza a ceder terreno ante lo fantástico. Hay un laboratorio subterráneo y experimentos salvajes. Hay, claro, monstruos, algunos muertos vivientes y otros superhombres aterradores.

Todo ocurre de una manera tan irreprochable como predecible. Los alemanes son cerdos caricaturescos, la pueblerina francesa que ayuda al pelotón es joven y hermosa, el soldado miedoso se volverá valiente, el más moralmente comprometido deberá redimirse, el que no quiere a los niños se convertirá en una figura paterna para el hermanito de la francesa, y así.

Lo monstruoso y sangriento es lo mejor de Operación Overlord. Hay un gran manejo del clima y el ritmo. Lo que no hay es una sola toma memorable. Salvo la primera escena de guerra, con los paracaidistas en el avión antes de saltar, las demás están hechas con mucha profesionalidad y poco encanto. El diseño de arte es tan efectivo como trillado. El laboratorio reúne las mismas paredes de cemento, la misma estética medieval y la misma falta de higiene que ya se vieron en infinidades de películas de terror. Y Boyce y Ford (interpretados, con mucho carisma, por el británico Jovan Adepo y Wyatt Russell, el hijo de Kurt) pueden resultar interesantes, pero quienes los rodean son rejuntes de clichés.

Operación Overlord es divertida, emocionante y, sin embargo, profundamente mediocre. Para entender por qué, solo basta ver los títulos de inicio y de cierre. En ambos casos, hay una lograda parodia del cine de los años 40. Pero el film no continúa este juego cinéfilo, no hace nada con la estética vintage a la que hace referencia, aparentemente sin motivo. Es como si le faltara la inteligencia o la ambición para ser algo más que un tibio acercamiento comercial al más truculento y barato cine de género.

 

 

© Guido Pellegrini, 2018 | @beaucine

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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