30.08.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Piazzolla, los años del tiburón, por Marina Locatelli

(Argentina, 2018)

Guion y dirección: Daniel Rosenfeld. Producción: Françoise Gazio, Daniel Rosenfeld. Duración: 90 minutos.

En busca del alma

Si la vida de cualquier hombre es compleja, entreverada, llena de pequeños logros y reveses, coloreada por pinceladas eclécticas de anécdotas más o menos interesantes, la vida de Astor Piazzolla es particularmente rica, tanto en lo personal como en su producción artística, atiborrada de datos curiosos y de experiencias únicas. Es por ello que se constituye en un material de partida ideal para el cine.

En su crítica sobre El ciudadano, Borges apuntaba que el tema de la película era “la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto”. Salvando las distancias lógicas entre Welles y el director de Cornelia frente al espejo (2012) y entre, allí, una ficción y, aquí, un documental, esta definición de Borges bien puede aplicarse a Piazzolla, los años del tiburón, una suerte de biografía familiar que se propone mostrar distintas facetas del músico y así, de alguna manera, bucear en su alma.

La referencia a Borges en esta crítica del film sobre Piazzolla no es caprichosa; va de suyo. Más allá, por un lado, de tratarse de dos personalidades que marcaron de manera decisiva la cultura argentina del siglo pasado y cuyas influencias aún pueden rastrearse a nivel internacional y, por el otro, de la colaboración entre ambos que supuso la grabación del disco El tango, Diego Fischerman y Abel Gilbert señalan en su libro Piazzolla, el mal entendido: “Ambos generaron estilos únicos e irrepetibles (aunque imitables) a partir de enciclopedias parciales y lecturas sesgadas”.

De estas referencias diversas, heterogéneas, que forjaron el particular estilo Piazzolla, se ocupa el documental de Rosenfeld, apelando para ello, principalmente, a una fuente directa, gracias a acceder al archivo privado del compositor. Rosenfeld, un intruso respetuoso, hurga en las memorias familiares para extraer de ellas todo dato significativo y así ir ensamblando tan multifacética personalidad: su Mar del Plata natal, la infancia en Nueva York, sus peleas callejeras, la primera conexión azarosa con el bandoneón, el encuentro con Gardel, Troilo, el tango y los burdeles, la relación con Alberto Ginastera, la afición por la pesca, el perfeccionamiento en Paris, Borges, la tensa relación con sus críticos, la fama internacional y la modesta supervivencia nacional.

Las voces de esta película son las voces de una familia: Piazzolla y sus hijos. Porque es el mismo protagonista quien retrata sus vivencias y sus creaciones mediante fragmentos visuales (en súper 8) o auditivos de grabaciones caseras, presentaciones en teatros, conciertos, notas en revistas y en programas de televisión locales e internacionales pero, sobre todo, a través de las grabaciones de la serie de entrevistas efectuada por su hija y biógrafa, Diana. El único testimonio realizado expresamente para el documental fue el de su hijo, Daniel, quien además posibilitó la apertura de todo este anecdotario.

Suele ocurrir en muchas biografías (filmadas y de otros tipos) sobre alguna personalidad del arte que se prioriza la vida privada en detrimento de la obra del artista en cuestión. Parece a veces como si las producciones artísticas fueran algo externo al individuo que se está retratando, como si no fueran la carne misma del creador. Este no es el caso. Aquí la música, las composiciones de Piazzolla, su “Adiós Nonino” o su María de Buenos Aires tienen igual o mayor importancia que los datos biográficos. Es que de otra manera sería imposible empezar a entender la complejidad del bandoneonista. En su música, en sus composiciones pero, sobre todo, en sus interpretaciones, en la forma tan única de sentir y tocar el bandoneón es donde radica el mayor acierto de este film: logra transmitir la potencia y la exuberancia de una relación apasionada, la del músico y su instrumento.

Apenas comienza el relato se escucha contar a  Piazzolla que mientras pueda seguir pescando tiburones seguirá tocando el bandoneón, pues una cosa y la otra requieren de él el mismo esfuerzo físico. La fisicidad, lo corpóreo, lo que está a flor de piel y lo táctil se plasman, desde el principio, en la narración como lo hacían en la obra y en la vida misma del compositor. En todo caso, protagonista y documental parecen decir que el alma (y aquí también la genialidad que trae aparejada) no es algo etéreo, es algo que se busca sudando.

 

 

© Marina Locatelli, 2018

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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