01.10.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Porno para principiantes, por José Tripodero

(Uruguay, 2018)

Dirección: Carlos Ameglio. Guion: Leonel D’Agostino, Carlos Ameglio, Bruno Cancio. Elenco: Martín Piroyansky, Nicolás Furtado, Carolina Manica, Daniel Araoz, Nuria Fló. Fotografía: Diego Rosenblatt. Producción: Mariana Secco, Ignacio Rey. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 92 minutos.

El porno y la comedia en busca de una reescritura posible

En la cartelera de cine actual es una rareza que aparezca una comedia de presupuesto medio (sin importar su procedencia), más si se trata de una que pretende ser salvaje como Porno para principiantes, que es sin dudas deudora de la Nueva Comedia Americana, fenómeno cercano en términos temporales pero que parece a la vez lejano al no presentarse grandes recambios en el género, y por supuesto por su merma en la cantidad de producciones. La nueva película de Carlos Ameglio tiene una premisa digna de la NCA. En Montevideo durante la década de los 80, Víctor (Martín Piroyansky) un joven aspirante a director de cine, decide aceptar el encargo de dirigir una película porno, por un lado como una última posibilidad de realizar su sueño de ser cineasta y por el otro para competir contra su futuro suegro (un importante banquero), quien pretende pagar absolutamente todos los gastos de su inminente casamiento. Aníbal (Nicolás Furtado), encargado de un videoclub, es su sidekick en esta aventura nostálgica sobre un escenario efervescente del VHS, en el que la pornografía tuvo su auge, tanto en la producción de películas como en la aparición del concepto de “estrella porno”. La influencia más importante de la NCA en PPP es la de Pineapple Express (2008), en la estructura de buddy movie sobre dos personajes opuestos unidos por una misma causa pero también en los diálogos, como cuando Aníbal alienta a Víctor para aceptar el trabajo: “No vas a querer ser un empleaducho que trabaja 10 horas”, cuando el primero hace exactamente eso en el videoclub, lo que es una resignificación del personaje de James Franco en PE: “Me gustaría tener un trabajo en el que fume porro todo el día”. La filiación con el cine de comedia salvaje está más en los diálogos que en las acciones, es decir el límite para lo que se dice está borrado pero no así para lo que se muestra, porque las situaciones vinculadas al mundo del porno están fuera de cuadro, aunque también tienen un sentido dramático para dilatar situaciones.

Uno de los grandes aciertos de PPP es presentar la importancia de la figura de la actriz porno, aquí desde la presencia de la brasileña Carolina Manica en la interpretación de Ashley Cummings, quien desata el verdadero conflicto de la película. Víctor se enamora de ella y la película corre peligro de no hacerse; es ahí que entra el villano, Boris (Daniel Araoz), un inescrupuloso empresario ávido de convertirse en el primer productor pornográfico de Uruguay. El malo de una comedia marca los tiempos del relato y la presencia en ausencia de Boris define la dinámica de los personajes. El otro gran mérito es poder contar una película detrás de la película que se nos cruza en fotogramas y diálogos. Esa historia que acontece en segundo plano es nada menos que La novia de Frankestein (Bride Of Frankestein, 1935) del enorme James Whale. El propio Víctor se impulsa a sí mismo cuando reescribe el pésimo guión de Boris, al pensar en una reescritura porno de esa obra clásica de los monstruos de Universal. No es casual que el porno, el terror y la comedia estén hermanados, de alguna manera por esa mirada de desprecio que existe desde diferentes espacios sobre tales modelos para contar historias. En ese envión de grandeza, el de plegarse a la reescritura de una historia clásica (aunque más no sea en clave paródica), PPP pierde el salvajismo para dejarle el lugar a una mirada algo conservadora sobre la pornografía, debido a la idealización y al enamoramiento de Víctor, quien cree que tratar a Ashley como una actriz porno es denigrarla. También en ese desplazamiento moral es que la película olvida a Aníbal como compañero de aventuras; tan solo un regreso en el final justifica su presencia pero el in crescendo de la relación, que se había moldeado en la primera mitad de la historia, se diluye lentamente.

PPP no es solo una comedia de fórmula sino que también es una película preocupada por ciertos aspectos del lenguaje que este género suele despreciar. La fotografía y la música, lejos de tener ese tono neutro que acompaña las situaciones, presentan una propuesta estética de época en el uso de los colores y de los sintetizadores. En la actuación de Furtado (quizás el que mejor entendió el tono de la película) hay otra referencia cinéfila, que es la construcción de un personaje de una belleza hegemónica pero torpe e ido de la realidad, bien al estilo de Brad Pitt en Quémese después de leerse (Burn After Reading, 2008) de los  hermanos Coen. El esfuerzo de pensar en una comedia más audaz, de época y con cierta reminiscencia al mundo del VHS (sin una nostalgia forzada que es muy común en los últimos años) hace que a obras de este tipo se las pueda considerar dentro de un marco posible, porque las producciones locales de género deberían tener un lugar más espacioso en la agenda cinematográfica, y así desterrar de una vez por todas esa idea nefasta sobre la comedia nacional en la que pueden existir solo dos tipos de películas: las de viejos que van a trabajar de bañeros a la Costa Argentina y las de Marcos Carnevale protagonizadas por Adrián Suar.

 

 

© José Tripodero, 2019 | @jtripodero

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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