30.08.19
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Crítica: The Perfection (Netflix), por Joaquín Chazarreta

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Richard Shepard. Guion: Eric C. Charmelo, Richard Shepard, Nicole Snyder. Elenco: Allison Williams, Logan Browning, Steven Weber, Alaina Huffman, Glynis Davies, Molly Grace. Producción: Bill Block, Dan Clarke, Stacey Reiss, Richard Shepard. Duración: 90 minutos.

Una de las primeras secuencias de The Perfection, película que no tuvo estreno comercial en nuestro país, nos muestra a sus protagonistas interpretando un dueto de violonchelos en un evento de elite. Mientras tocan juntas por primera vez, una inusitada conexión se produce entre ellas; un vínculo que trasciende la armonía sonora de sus instrumentos y que se adentra en el territorio de lo amoroso y carnal, algo que el film narra con elegancia, apoyándose en el audio del concierto y montando, en paralelo, imágenes de las jóvenes saliendo del lugar, bailando en un boliche y, finalmente, teniendo sexo. El crescendo visual y musical de la secuencia alcanza su clímax, pertinentemente, con el grito orgásmico de una de ellas. Naturalmente, frente a este magistral montaje paralelo, uno se aventura a asumir que la película mantendrá la precisión y consistencia exhibidas en él durante el resto de su metraje. Sin embargo, la audacia narrativa manifiesta en la edición, puesta de cámara (split-focus depalmiano incluido) y dirección de actores de la citada secuencia brilla por su ausencia en la mayor parte de The Perfection.

Por el contrario, lo que en un comienzo parecía presentarse como un inteligente drama psicológico, anclado en un personaje con ambiciones similares a las del protagonista de Whiplash, se transforma rápidamente en un rape-revenge pretencioso, superficial y plagado de innecesarios subrayados. Uno de los principales contribuyentes de dicha caracterización probablemente sea la serie de flashbacks pésimamente ejecutados, y los consecuentes giros argumentales que se desprenden de ellos. Con el fin de proveernos nueva información sobre los personajes y mostrarnos lo sucedido desde un nuevo punto de vista, el director Richard Shepard apela —varias veces— a un recurso de una mediocridad tal que haría sonrojar hasta a M. Night Shyamalan: regresar sobre las escenas como si alguien se hubiese sentado por accidente sobre el control remoto del VHS, oprimiendo así el botón de “rebobinar”. Es decir, como si su ocultamiento y manipulación de la información no fuesen suficientemente objetables (en lugar de dosificar los saberes con la intención de generar un mínimo de suspenso, simplemente los vomita a la manera de uno de los personajes), Shepard apela además a un tipo de flashback que no sólo, de tan berreta, ha caído en desuso, sino que además elude por completo el efecto sorpresa pretendido.

Lo curioso es que, mientras que el realizador toma estas cuestionables decisiones, atentando contra los propios méritos de la película, The Perfection no carece de ellos. Las actuaciones de sus protagonistas son, sin dudas, uno de sus puntos más altos (particularmente la de Allison Williams, quien pareciera estar alimentando su carrera en cine únicamente a base de papeles de mujer de apariencia normal, pero con una latente psicopatía). Por otra parte, en la estructura de cuatro actos del film podemos encontrar dos que son sumamente destacables: el primero, que con una economía extraordinaria logra sorprender y entusiasmar al espectador por aquello que vendrá; y el último acto, en el que The Perfection recupera su potencia inicial y abraza su lado más trash, ofreciendo buenas dosis de gore. Tristemente, de los dos actos comprendidos entre ambos no se puede decir mucho a favor. De hecho, es en el primero de ellos que podemos identificar el momento en el que el relato se corre de su eje, haciendo que los conflictos de los personajes se suspendan momentáneamente en pos de un desvío narrativo (“Detour” es, precisamente, el nombre del capítulo) que no hace más que desproveer a la trama de todo interés y redirigir nuestra atención hacia una historia que, pese a su presentación críptica, resulta convencional y poco inspirada. Para colmo, cuando todo parece indicar que los flashbacks y “rebobinados” llegaron a su fin, Shepard persiste en su afán por seguir sacando conejos de la galera; siendo los conejos datos del pasado de los personajes que buscan afectar dramáticamente el presente de la narración (y fallan en el intento), y la galera siendo una narración vaciada de cualquier tipo de atractivo, fluidez y ritmo (una carencia sumamente irónica, tratándose de una película tan focalizada en lo musical).

Para concluir, cabe decir que uno de los giros argumentales del relato (no se preocupen, son tantos que uno solo no va a spoilearles nada) es que las protagonistas, si erraban aunque sea una nota durante uno de sus conciertos, eran torturadas y abusadas sexualmente como castigo. Afortunadamente para Shepard, él no corre la misma suerte, ya que, como director de esta orquesta, las notas que falló son —siendo generosos— más de una.

 

 

@ Joaquín Chazarreta, 2019 | @JMChazarreta

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