20.06.19
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Crítica: Toy Story 4, por Eduardo Elechiguerra

(Estados Unidos, 2019)

Dirección: Josh Cooley. Guion: Andrey Stanton, Stephany Folsom. Voces: Tom Hanks, Tim Allen, Annie Potts, Joan Cusack, Tony Hale. Música: Randy Newman. Producción: Mark Nielsen, Jonas Rivera. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 100 minutos.

Cualquier teoría (…) que sea consistente es incompleta

(Teorema de incompletitud, Kurt Gödel)

Hace ya veinticuatro años desde que Pixar revolucionó nuestra infancia mostrándonos la vida secreta de los juguetes. Con el paso de los años supo además revolucionar la manera en que vemos esa etapa de la vida que a veces idealizamos, otras añoramos y unas pocas conscientizamos las certezas más hondas que adquirimos de niños. Ahora, este jueves, nos brindan una cuarta entrega donde Buzz, Woody, Jessie y la banda se reencuentran con unas amigas del pasado y conocen nuevos amigos.

En cada parte de la saga, los realizadores se han turnado para explorar, desde distintos roles, las dinámicas internas de las aventuras y los aprendizajes de estos juguetes a medida que Andy y Molly crecían. Basta detallar los créditos de las películas anteriores para darse cuenta de que Lee Unkrich, por ejemplo, editó la primera, co-dirigió la segunda y dirigió la tercera. El mismo Cooley, quien se estrena como director de largometrajes con Toy Story 4, colaboró con el guión de Toy Story 3. O que el mismo Axel Geddes, editor de la cuarta, asistió la edición de Toy Story 2. Estos parecerían datos menores, pero permiten entender que el ensamblaje del humor, las sorpresas y los momentos de aprendizaje en las tres películas anteriores y ahora en esta cuarta, se dan tan fluidamente porque hay un conocimiento pleno de los procesos de cada personaje y de las historias.

En la primera parte, era el temor a la novedad (la llegada de Buzz) lo que comandaba la trama, la adaptación a los pequeños cambios. Que Lightyear fuese un astronauta nos sugería que lo semejante a otro mundo; en realidad no dejaba de pertenecer al propio mundo interior de Andy. En la segunda, los juegos se convertían no ya solo en interés para los niños, sino en tesoro para los adultos coleccionistas. ¿Vale más “jugar por un rato” o atesorar juguetes para hacer dinero de ello? Como si la alegría de vivir fuese alegría de jugar. En la tercera, la necesidad de un cierre nos daba un recorrido por aventuras intensas, el paso por el jardín de infancia (no todos los juguetes son para todas las edades) y la despedida emotiva pero sensata que todos necesitamos para crecer o para, por lo menos, pretender que lo hemos hecho.

Hago este breve recuento porque la cuarta parte no está exenta de una añoranza que se despliega como un fantasma. Andy es mencionado varias veces, pero el guión nunca abusa de ello. Andy es un ejemplo para motorizar los cambios de algunos personajes y, principalmente, de Woody. En esta ocasión, son tres centros los que movilizan la historia: la utilidad de la basura, escuchar la conciencia y conceder las herramientas de uno mismo a quien las pueda necesitar. Y como ocurría en las entregas anteriores, estos centros no se disponen como “mensajes” con los que nos martillan (probablemente la tercera fue la más torpe en este sentido aunque salía ilesa al final), sino como situaciones a trabajar con bastante agudeza.

La conversación entre Forky y Woody cuando se pierden lleva a otro nivel un tópico que la saga venía trabajando previamente: las fantasías lúdicas de los niños permiten incluso crear otro juguete. Y esta creación puede provenir de la misma basura. Los realizadores no se van por el camino del reciclaje, tan en boga y necesario hoy, pero lo bordean con suficiente profesionalismo como para que incluso un psicoterapeuta pueda ver una oportunidad tremenda de cómo hablar con los niños de ciertos temas. Y si atender a la basura es un asomo de depresión, la película no puede estar más alejada de lo clínico, pero le basta con sugerir su importancia a través de una emotiva canción de Randy Newman dedicada a ello.

Escribir sobre la voz de la conciencia y ceder ciertas herramientas propias delataría parte de la trama, pero lo cierto es que los guionistas logran darle otro giro a la maldad en esta entrega. Si antes Lotso y Stinky Pete terminaban a la fuerza en manos de algún personaje, en esta ocasión hay una toma de conciencia por parte del “malo” que renueva la perspectiva. Y de a ratos se siente cierta incompletitud en las escenas, a pesar de que el humor fluye tan bien como los instantes de acción. De todas maneras, la propia película nos está diciendo a fin de cuentas que a veces no está mal andar un tanto incompletos con tal de satisfacer a otros.

Finalmente, un paralelismo con la mitología griega agigantaría la impronta que tiene esta saga para algunas generaciones, pero pondría en su lugar la percepción contradictoria de que, entrega tras entrega, los juguetes parecen terriblemente humanos, y los humanos parecen quedar casi por completo en manos de las fantasías lúdicas. Como ocurre con la mitología, donde los dioses son más humanos que los propios hombres, en la saga esto ocurre por la percepción de la técnica. La animación de los juguetes posee más detalles fascinantes en sus facciones y movimientos que los personajes humanos. Pero en esta ocasión, se extiende a la manera en que los juguetes expresan que pertenecen a un niño. Dicen “tienes un niño” o “tengo una niña” como efectivamente dicen los progenitores cuando se refieren a sus hijos. Con agudeza la película está apelando aquí a los padres que hace más de veinte años vieron la primera Toy Story. Sin embargo, la película no confunde la potencia imaginativa de los juguetes y les concede a los padres su lugar en la historia. Si el papá de Andy estaba ausente en las tres películas anteriores; ahora, por ejemplo, Debbie y una niña perdida en la feria tienen padres que se preocupan por sus hijos y los ayudan a seguir con sus fantasías en compañía de los juguetes.

La manera como toda la saga ha trabajado hasta ahora el compañerismo da cuenta del papel preponderante de las relaciones francas como valores lejos de la pureza, pero ricos en detalles. El ejemplo perfecto es Gabby Gabby, pero también Forky y, en especial, Bo Beep. Refresca que un personaje femenino nos muestre los beneficios de la soltería como una manera de descubrir el mundo fuera de cuatro paredes. Incluso la resolución para ella parece desarrollarse, si no de forma novedosa, sí fuera de lo usual para una mujer que en entregas anteriores habíamos visto más como un personaje tradicional y pasivo. Toy Story 4 se las arregla para conmovernos, hacernos reír, entretenernos y pensarnos sin necesidad de hundirse por demasiado tiempo en las profundidades de alguna de esas impresiones.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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