25.10.18
Cine _ Estrenos

Crítica: Transit, por Fernando Ganzo

(Alemania, Francia, 2018)

Guion y dirección: Christian Petzold, basada en la novela de Anna Seghers. Elenco: Franz Rogowski, Paula Beer, Godehard Giese, Lilien Batman, Maryam Zaree. Producción: Antonin Dedet, Florian Koerner von Gustorf. Distribución: Mirada Distribution. Duración: 101 minutos.

Salir de casa en pantuflas

El espectador que se tope con una sinopsis de Transit preguntándose si irá o no a ver la nueva película de Christian Petzold (Phoenix, Yella, Barbara), seguramente corra el riesgo de asustarse ante esa palabra maldita: “dispositivo”. Porque, en efecto, en Transit hay uno, y muy visible. Éste consiste en que la historia relatada por Anna Seghers en su libro homónimo de 1944 sobre los deportados de paso en Marsella, huyendo del nazismo, en tránsito permanente de país en país, Petzold decidió filmarla en decorados reales, actuales, y sin el menor interés por cualquier tipo de recreación histórica. Pero no queda ninguna duda: los personajes principales lucen ropas posiblemente de época o incluso atemporales, y en sus diálogos queda absolutamente claro que viven en la Marsella de los años 40. Y lo hacen con tal desenvoltura que es un poco como ver a alguien que salió a la calle en pantuflas por error, pero que sigue haciendo su vida como si no pasara nada. Eso es lo primero que debería calmar a ese lector impaciente leyendo la sinopsis: ver a Georg (Franz Rogowski) huyendo de París hasta Marsella suplantando casi sin querer la identidad de un escritor muerto, huyendo de la policía francesa “actual”, tomando coches y taxis actuales, no implica nada de un gesto artificial. Puesto que hay en todo esto algo de teatral (volveremos a ello), podemos decir que estamos en las antípodas de Dogville: si en la película de Lars Von Trier, la desaparición del decorado no hacía sino volverlo presente en permanencia, aquí, la no manipulación del mismo tiende a hacerlo desvanecerse, volverlo realmente extraño y terrible en su fría indiferencia. Gracias a esa naturalidad, se añade algo de tensión constante en cada secuencia, en cada plano, siempre en equilibrio y sin red de seguridad entre la performance, la ficción literaria, el juego teatral y la ilusión cinematográfica. Sentimos el pulso de un cineasta que está constantemente rodando en situación de peligro (y es que ir por la calle en pantuflas tiene su riesgo). Y cuando a esa tensión se va sumando de forma paulatina la del guion, novelesca, romántica, trágica, Petzold obtiene algo así como un maridaje narrativamente perfecto e, incluso, nuevo.

Siguiente reflexión para nuestro querido lector, quizá ya algo más dispuesto a salir de casa para ir a ver la película: al desembarazarse de las necesidades plásticas y estéticas de la coherencia histórica (decorados, vestuario, atrezzo) y de la dictadura de lo “verosímil”, Petzold logra algo paradójico, y es que la ocupación y las vidas de estos personajes en fuga permanente nos parecen todavía más terribles puesto que no se representan bajo la sombra terrible del universo estético nazi, convertido hoy casi en un fetiche cinematográfico. Hay algo en cierto modo Tourneriano: al hacer desaparecer al monstruo y sus disfraces, este se introduce casi en las fisuras de los planos.

Sobre todo porque hay en realidad un segundo “dispositivo”. Y es que, de forma inopinada, una voz en off empieza a acompañar de tanto en cuanto la historia desde el punto de vista de un personaje al que apenas vemos en la película (el tabernero del Mont Ventoux, bar donde los personajes pasan las horas muertas), logrando que la historia nos parezca contada en un tiempo indeterminado, impregnada a base de contarla en los muros y las calles de la ciudad de Marsella, casi como si estuviéramos viendo una historia de fantasmas del pasado (y que el personaje femenino no esté interpretado por la sempiterna musa del director, Nina Hoss, sino por una Paula Beer que parece estar disfrazada de ella, ser su espectro tan joven como mortuorio, vuelve esta sensación todavía más fuerte). Si este juego tiene algo de teatral, decíamos, es que también lo tiene de brechtiano, por cómo nos interpela de forma directa cada vez que vemos ese mar Mediterráneo contemporáneo, testigo mudo, tanto dentro como fuera del film, de la tragedia de decenas de miles de personas “inexistentes”. En un momento de la película, la policía deporta en un hotel a una sin papeles, ante la mirada pasmada de todos aquellos que no se atreven a ayudar, pero no dejan de contemplar. Y cuándo la voz en off explica que la razón de esa inmovilidad no es otra que la vergüenza, es imposible que no la sintamos nosotros también, de forma íntima.

 

 

@ Fernando Ganzo, 2018 | @GanzoFernando

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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