09.07.19
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Crítica: Viaje al cuarto de una madre, por Eduardo Elechiguerra

(España, 2018)

Guion y dirección: Celia Rico Clavellino. Elenco: Lola Dueñas, Anna Castillo, Pedro Casablanc, Noemí Hopper, Marisol Membrillo. Producción: Josep Amorós, Ibon Cormenzana. Distribución: Mirada. Duración: 94 minutos.

Viaje al cuarto de una madre está liderado por personajes que no hablan de lo que les duele en el alma. La maestría de Celia Rico Clavellino, guionista y directora premiada en el Festival de San Sebastián por esta obra, consiste en trazar un proceso de luto con suma delicadeza, pero sin amputar las emociones de la madre ni de la hija.

En este sentido, el catálogo de objetos que suplen estos silencios van a convertirse en los símbolos necesarios para siquiera esbozar una recuperación frente al dolor. Alguien ha muerto, pero no nos enteramos de esto ni por llantos estridentes, mucho menos por escenas melodramáticas donde el personaje se desnude emocionalmente. No, se trata más bien de pistas que en manos de Lola Dueñas y Anna Castillo permiten entender, de una vez por todas, cómo hacemos con la ausencia de quien nos hace falta.

A partir de la omisión, la película permite que cada una de las protagonistas viva un luto diferente. Mientras que Leonor (Castillo) ‘huye’ de casa, Estrella (Dueñas) se queda. Y esto dispara distintos aprendizajes en ambas, o por lo menos, aprender a convivir con la ausencia. Rico pareciera sugerirnos que el luto no implica hablar de él. A fin de cuentas, es frente a la muerte donde mejor se evidencia que las palabras fallan. La sugerencia es que, si se mantiene cierta distancia frente al dolor, pero no se es indiferente, a algo se puede llegar.

Rico, también productora del film, llega a esto a través de un uso constante, aunque no absoluto, de los planos medios. La directora nunca recurre al llanto fácil y los primeros planos escasean pero son certeros. Si la película nos conmueve, no es porque veamos llorar a los personajes, sino porque su emocionalidad está manifiesta en lo omitido. De esta manera, las pertenencias presentes en el entorno de madre e hija tienen un valor fundamental en la película. Un celular nuevo será el dispositivo que entable una alianza entre la soledad de Estrella y su hija alejada geográficamente. Es aquí cuando entra el efecto humorístico que nos hacía falta, pero no como una compensación, sino como un puente al llanto. La madre se obsesiona levemente con las facilidades del teléfono. Esto nos permite momentos de verdadera ternura y complicidad, como un breve y simple mensaje por parte de su hija cuando hay una fecha especial.

Una escena clave para captar la propuesta del film es cuando Estrella intenta obtener el nuevo celular. La decisión del personaje de hacerse pasar por la persona fallecida nos brinda, a un mismo tiempo, una razón para reírnos e inquietarnos. A través de las sutilezas de Dueñas, Rico nos sugiere con la mezcla precisa de amargura y humor que, frente a quien muere, también toca adquirir ciertos gestos de la persona fallecida, sea para intenciones puntuales o para sobrellevar la carga. Prueba de ello es que tal escena da pie a otros momentos que están entre los más valiosos de la película.

Pero no es sólo la telecomunicación la que se manifiesta aquí como otro camino para esbozar el vínculo entre madre e hija. Desde los zapatos que Estrella le regala a Leonor, como una pista de independencia sin discursos ampulosos; hasta el vestuario que la madre le cose al grupo de bailarines; Rico está entramando un mapa de confidencias. Y este se manifiesta entre silencios, objetos que se rompen y cosas que se entregan como un sacrificio sumamente acallado que hablará por lo que los personajes no son capaces de decir.

La realizadora, quien ya había trabajado en dos guiones antes de embarcarse en este, no plantea respuestas fáciles con su ópera prima y los caminos que toma son sorpresivos, mas no lo hace con gratuidad. La decisión de Leonor de irse a Londres se modifica de una forma un tanto errática, como ocurre con los planes en la realidad efectiva. Y Dueñas no hace de la madre una mujer que castra las decisiones de su hija. Además, en la mirada cándida de la actriz, las preocupaciones de Estrella se diluyen con sonrisas leves, como si se tratara de una bondad frágil, un tanto abandonada, que lucha contra la resignación.

Para terminar, es necesario detenerse en el trayecto emprendido por la película desde el plano inicial hasta el final. Así entendemos que el camino entre uno y otro estrecha el vínculo entre madre e hija. Pero la herramienta para llegar desde la horizontalidad interrumpida en la primera imagen hasta la calidez corporal de la última, es la distancia comedida entre estar derrumbadas y sentirse rodeadas por un abrazo. En el último plano, no vemos los rostros, pero el “¿lista?” maternal que antecede tal acercamiento provoca dos procesos. Por un lado, es un indicio de que toda despedida implica una serie de procesos irresueltos y siempre latentes como una posibilidad de cambio. Por el otro, nos recuerda siquiera por un segundo a la pintura “Los amantes”, de René Magritte; donde, si bien lo retratado ahí es un beso, en ambas obras la identidad de los rostros se suspende y se acentúa, (demasiado) brevemente, la fuerza de lo emocional.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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