31.07.19
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Crítica: Vigilia en agosto, por Carla Leonardi

(Argentina, 2019)

Guion y dirección: Luis María Mercado. Elenco: Rita Pauls, María Fiorentino, Eva Bianco, Michel Noher, Fanny Cittadini, Maximiliano Bini, Adriana De la Vega Viale, Cokó Albarracín. Distribuidora: Cinetren. Duración: 77 minutos.

El ritual del casamiento como experiencia inquietante:

El plano general de una planta agrícola en un amanecer neblinoso de agosto nos sitúa en un pueblo de provincia de la pampa argentina. Allí una joven se encuentra en vísperas del esperado casamiento. La película abre con la charla prematrimonial del párroco ante las parejas en vías de casamiento, entre las que se encuentra Magda (Rita Pauls), alegre e ilusionada, y Marcelo (Maximiliano Bini), apodado “El gringo”. En medio del discurso del cura, que señala la correspondencia entre el hombre y la mujer y la sacralidad de dicho lazo; un estruendo proveniente de afuera, mientras unos niños espían hacia el interior de la iglesia por la ventana, aparece como primer señal extraña e incómoda. En este comienzo de Vigilia en agosto (2019), opera prima del realizador oriundo de Córdoba Luis María Mercado, ya resulta interesante el uso del sonido en su carácter inquietante (recurso al que apela frecuentemente el género de terror), irrumpiendo para hacer estallar y poner en cuestión la imagen idealizada del casamiento. Se trata de un drama intimista, que es abordado empleando ciertos elementos del thriller psicológico.

Para Magda, El gringo aparece como un buen partido. Es un joven de buena posición económica, patrón de la agropecuaria. Se presenta con la imagen del buen marido que la provee de una casa moderna construida de cero y con todo lo necesario, del hombre deseable de estirpe extranjera terrateniente y del buen patrón, que alcanza a sus empleados a la planta en la parte trasera de su camioneta. Poco a poco, en medio de despedidas de soltera, preparativos de catering y pruebas del vestido y del maquillaje, comienzan a suceder en el pueblo diversos acontecimientos extraños: accidentes, explosiones, cortes de luz. La hermosa realidad comienza a zozobrar, a adquirir un tono pesadillesco para Magda; pues poco a poco va descubriendo quién es realmente su futuro marido.

La película se construye para el espectador a partir del personaje de Magda, a quien le va llegando fragmentariamente la información a partir de sus reacciones (ya que el director realiza un interesante uso del fuera de campo para algunos de los extraños sucesos) y de los restos visuales y auditivos que logra captar entre hendijas de puertas parcialmente abiertas y murmuraciones a su alrededor. Se atisba junto a la protagonista que El gringo no es un jefe honesto y macanudo, sino un capitalista explotador de la fuerza de trabajo de sus empleados. Tampoco resulta ser un hombre devotamente entregado a ella en el amor.

La atmósfera de pueblo chico, infierno grande está capturada en ese coro de parientes mujeres y amigas que pulula alrededor de Magda con sus cotilleos y chismes, donde en general siempre se habla de manera descalificatoria respecto de las mujeres en desgracia del pueblo, bastante lejos de la sororidad. Y también en los elementos que dan cuenta de la cultura patriarcal. La mujer está destinada al hombre, a ser su esposa y por tanto a complacerle y servirle. De esto da cuenta tanto el discurso del cura como la escena en que Magda busca a su novio en el galpón de la planta. Él la toma por sorpresa y por detrás, buscando ser complacido en sus apetitos en una situación que linda con lo obsceno (ya que el portón se encuentra abierto), a pesar de ser disuadido por ella. También aparece lo patriarcal en el discurso de la madre (María Fiorentino), quien ante un llamado telefónico con la posibilidad de que Magda tome un cargo como suplente en la escuela, le señala su no conveniencia, ya que si trabaja no va a poder sostener sus deberes como esposa y ama de casa. Y sin duda, principalmente, en el discurso social que sostiene la disparidad por la cual al hombre le está permitido ser libre en su sexualidad como algo natural que hay que tolerar como ejercicio de su virilidad; mientras que la mujer debe quedar confinada a la quietud del hogar, so pena de ser cuestionada y carne de cañón del escarnio social.

A medida que se va resquebrajando el ideal romántico del matrimonio, comienzan a surgir las vacilaciones en Magda respecto de asumir el destino de esposa de El gringo. Se da un conflicto para ella entre el Ideal familiar y la realidad que descubre. Magda continua ofertando su cuerpo a cada uno de los rituales, y a la vez ese mismo cuerpo comienza a dar señales del deseo que no puede nombrar ni poner en acto. La escena de prueba del vestido es clave en este punto. Magda se encierra en el encorsetado vestido de esposa, pero lo tolera poco y pide rápidamente que se lo quiten.

Del mismo modo, los planos cerrados sobre la protagonista dan cuenta de la dualidad entre lo que calla y lo que muestra y actua. El “no” que no puede enunciar para que se detenga la boda es hablado simbólicamente por su cuerpo: vómitos, fiebre, corte accidental de un dedo al cocinar, delirios febriles; que son interpretados por la cultura local desde el pensamiento mágico y esotérico como empacho, mal de ojo y posesión demoníaca. Nadie quiere escuchar ese mensaje que viene del más allá, del inconsciente, y la comunidad toda se une en rituales para que nada arruine la maravillosa boda de Magda. ¿Despertará Magda de su ensueño color de rosa?

En Vigilia en Agosto es digno destacar la interpretación de Rita Pauls. La actriz dota a su Magda de los matices adecuados para encarnar un personaje de gran complejidad psicológica, pero a la vez con la contención necesaria para acompañar los recursos formales que emplea el director; discretos pero efectivos en la línea de poner en cuestión el tradicional rol de la mujer en una sociedad que se funda en relaciones de poder.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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