23.02.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Wiñaypacha, por Eduardo Elechiguerra

(Perú, 2017)

Guion, dirección y fotografía: Óscar Catacora. Elenco: Vicente Catacora, Rosa Nina. Producción: Tito Catacora. Distribuidora: Zeta. Duración: 86 minutos.

¿Qué rol cumple el ser humano en medio de la naturaleza? Éste podría ser el punto de partida de la película de Óscar Catacora. Y las respuestas no son fáciles. Cuenta las vicisitudes por las que pasan Wiilka (Antonio Catacora) y Phaxsi (Rosa Nina), una pareja de ancianos que vive en el nevado Allincapac, arraigados a sus costumbres y creencias a pesar del abandono de su hijo.

Cuesta no tener en mente Tokyo Story (1953) de Yasujiro Ozu viendo Wiñaypacha, pre-seleccionada como la candidata de Perú para el Óscar 2019. No es solamente que el realizador opte por planos estáticos, como solía hacer el director japonés a medida que afinaba más su estilo. Tampoco que muchas escenas estén filmadas a la altura del tatami como también lo hacía Ozu. Aquí, concretamente, los conflictos que enfrenta la tradición representada por los padres se acentúan con resultados demoledores. Ni siquiera hay hijos que llamen a sus progenitores. Solo advertimos la referencia al hijo que quiso desentenderse de la cultura y, por momentos, la esperanza de que regrese a visitarlos. Apenas están los animales de la granja que, además, van desapareciendo a medida que transcurre la historia. Y finalmente la presencia de la naturaleza aquí es muchísimo más palpable e inhóspita. La obra de Catacora lleva al extremo el contraste entre tradición y modernidad. Aquí los personajes dependen de su propia fuerza y sus costumbres para sobrevivir.

Mientras más se intenta retratar las costumbres de esta pareja de ancianos, más la naturaleza se encargará de doblegar su presencia en un paisaje salvaje. Y la impresión que dejan las circunstancias es mayor precisamente porque el director opta por una cámara observadora y quieta. Como si en la quietud de la mirada se escondiera también lo perturbable de la naturaleza profunda. Hay lluvias torrenciales, hay predadores, hay enfermedades. Y, en medio de todo, la fidelidad y compañía de la pareja que nunca es enternecida ni almibarada. Hay un compromiso en su dinámica que parece casi dado por sentado, pero es tan firme como los embates naturales sin importar que los de ellos son gestos más pequeños.

Aquí la naturaleza tampoco es el motor benevolente y pacifista que tanto se nos vende. Son condiciones a las cuales hay que adaptarse, acomodarse dentro de lo posible, o perecer. Hay una sensación opresiva a lo largo de la película que se traduce en la presencia constante de  montañas y picos, y en detalles que la pareja de ancianos toman como mensajes a los cuales deben estar atentos. El canto de un pájaro es el llanto de un dios que anuncia una tragedia. La caída de una escultura es el fin de una vida. Estos momentos dan cuenta de las creencias todavía presentes como certezas en medio de la naturaleza, como si hubiera que decodificarla, no para domarla, sino para incluirse en ella. Decodificar es resignarse a un lenguaje inabarcable.

A fin de cuentas, estamos ante una tragedia donde son los elementos naturales los que ejercen el cambio en el destino de los protagonistas. Resulta significativo que solo una vez podamos ver de cerca los rostro de estos ancianos; ello ocurre mientras ingieren coca. El resto del tiempo los vemos en planos más amplios, como si se nos sugiriera que ellos pertenecen a un entorno y este compone su identidad más profunda, de la cual son indivisibles.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

Share on Facebook14Tweet about this on Twitter0Google+0Pin on Pinterest0

© A SALA LLENA.